22.4 C
Pereira
viernes, agosto 19, 2022

La madre casa

“Para quien sabe escuchar la casa del pasado, ¿no es acaso una geometría de ecos?”, Gaston Bachelard

 

Conrado Alzate Valencia

Las tres madres que todos tenemos en esta dimensión son: la Madre Tierra, la madre biológica y la madre casa o simplemente la casa. La casa es un gran útero que nos acoge con amor y nos alimenta con su sangre misteriosa. El paso implacable de los años puede destruir la casa, pero sus hilos umbilicales continúan activos, atándonos al influjo poderoso de los recuerdos. La casa es un nido abrazador, que en todo momento nos protege de los dientes famélicos y hostiles del exterior.

En la poética del espacio, el fenomenólogo y soñador de casas Gaston Bachelard, describe con bellas imágenes la maternidad de la casa”: “La casa se estrechó contra mí como una loba, y por momentos sentía su aroma descender maternalmente hasta mi corazón. Aquella noche fue verdaderamente mi madre”.

Y apoyado en la poesía, Bachelard analiza con lucidez la fortaleza de las moradas en el corazón de la tempestad: “Hablando de la maternidad de la casa en nuestro libro, La tierra y los ensueños de reposo, habíamos citado estos dos versos enormes de Milosz en que se unen las imágenes de la Madre y de la casa: Yo digo madre mía, y pienso en ti, ¡oh Casa! / Casa de los bellos y oscuros estíos de mi infancia”.    

Es más, para Bachelard y los bardos que le sirven para sustentar sus revelaciones literarias, la casa es humana, es un ser que respira y se expande para que la podamos habitar: “La casa adquiere las energías físicas y morales de un cuerpo humano”. Asimismo: “La casa es, más aún que el paisaje, un estado del alma”, señala el filósofo y poeta francés.

Por otra parte, la casa le da vida a los objetos que moran en ella y los pone a nuestro servicio. Por eso la cama, los muebles, la biblioteca, las cortinas, el espejo y los objetos de la cocina son dóciles con nosotros, derraman la leche luminosa de su ternura, sus ojos siempre brillan con nuestra presencia.

Para César Vallejo, el poeta más humano y visceral de América, la casa no tiene ningún valor sino la habita el hombre y sus acciones: “Las casas nuevas están más muertas que las viejas, porque sus muros son de piedra o de acero, pero no de hombres. Una casa viene al mundo, no cuando la acaban de edificar, sino cuando empiezan a habitarla. Una casa vive únicamente de hombres, como una tumba. De aquí esa irresistible semejanza que hay entre una casa y una tumba. Sólo que la casa se nutre de la vida del hombre, mientras que la tumba se nutre de la muerte del hombre. Por eso la primera está de pie, mientras que la segunda está tendida”.   

Y para Miguel Hernández: “Todas las casas son ojos / que resplandecen y acechan”, como los felinos. Y “Todas las casas son bocas / que escupen, muerden y besan”, como los hombres. El pastor de Orihuela, para olvidar tal vez las injusticias y crueldad del mundo, sueña con una casa anchurosa, que posee la dimensión de una ciudad con puertas que conducen a la inmensidad: “Mi casa es una ciudad / con una puerta a la aurora, / otras más grandes a la tarde, / y a la noche, inmensa, otra”.

Para el hombre común, la casa no tiene mucho valor, es asimétrica y disonante. En cambio, para el poeta la casa es una “geometría de ecos”, es una preciosa caracola por cuyas notas musicales vuelan gaviotas marinas. El soñador siempre va buscando finos materiales para mejorar su obra. Sin lugar a dudas, las construcciones más bellas son las poéticas, pues ellas están vivas, son cordiales como la brisa del verano y están levantadas con los adobes de las palabras y la argamasa de metáforas. La casa de los poetas es el verdadero paraíso.   

Ciudad del Ingrumá, junio 15 de 2022

Para estar informado

- Advertisement -
- Advertisement -

Te puede interesar

- Advertisement -