Esta nueva serie de once tomos representa la cima de la carrera de Hoyos como investigador, consolidando años de trabajo en archivos y una fina sensibilidad por el patrimonio inmaterial de la Nación.
Las guerras civiles han marcado a Colombia. Sorprende que este país use la violencia como herramienta para regular la convivencia, porque de eso se trata todo al final: imponer una ideología a pesar de que todos los seres humanos necesitan justicia, salud, educación, justicia, vivienda y trabajo.
Con esta nueva colección de la editorial manizaleña Hoyos Editores, se emprende el esfuerzo de publicar la historia de las 10 guerras civiles de Colombia del siglo XIX y así poder analizar ese fenómeno desde su origen y comprender su evolución.
La propuesta son 11 tomos, cada guerra con un libro, redondeando la colección con un diccionario para consultas rápidas.
Cada semestre se complementará esta obra que llenará un vacío en las bibliotecas, porque no hay libros que traten el tema de forma integral, especialmente de las confrontaciones más antiguas.
Salieron al mercado los primeros dos tomos: el de la Guerra de Centralistas y Federalistas y el tomo de la Guerra de Los Supremos.
El autor, Pedro Felipe Hoyos Körbel, que se hizo un nombre con temas regionales como el Ferrocarril de Caldas o sus publicaciones sobre el bahareque, asume una ardua tarea de presentar una nueva visión de ese complejo pasado. La herramienta empleada para hacer la diferencia son las fuentes primarias, esforzándose el autor por obviar a los consabidos tratadistas y biógrafos.
Así que, por medio de la prensa de la época, los muchos folletos que acompañaron esas confrontaciones, los epistolarios donde la voz del protagonista no ha sido manipulada y las memorias de los actores, se establece un retrato que sorprenderá al lector, mostrándole una articulación de los hechos mucho más interesante.
La propuesta
La propuesta de Hoyos parte de analizar cada guerra de manera individual, sin prejuicios políticos y con rigor histórico. Para él, no todas las confrontaciones del siglo XIX pueden considerarse guerras civiles.
Por eso establece un criterio: solo aquellas que involucraron al menos tres provincias o regiones entran en la colección, con el fin de jerarquizar los hechos y evitar confusiones entre conflictos locales y procesos de alcance nacional.
El aporte central del proyecto es su enfoque en las dinámicas regionales. Lejos de una visión centralista, Hoyos destaca cómo una derrota en una ciudad como Pasto podía tener repercusiones en Bogotá y cómo los escenarios de guerra cambiaban constantemente: Cali, Cartagena, Antioquia o el Socorro podían ser epicentros en distintos momentos.
“Cada guerra configura un cuadro distinto. Si no se entienden esas variaciones, la confusión es total”, afirma.
Las fuentes
Para construir cada libro, el autor acude principalmente a fuentes de la época: prensa, cartas, memorias y documentos originales. Evita interpretaciones modernas y privilegia las voces directas de los protagonistas.
Así, pone en diálogo versiones contrapuestas de los hechos, como en el caso del atentado contra Simón Bolívar en 1828, donde recoge tanto testimonios oficiales como relatos de los propios conspiradores.
Uno de los puntos de quiebre que propone la obra aparece desde el inicio: la reinterpretación del 20 de julio de 1810. Lejos de la escena casi folclórica del florero, Hoyos Körbel sugiere que ese episodio contenía ya una fractura más profunda, una que no tardaría en estallar.
En el trasfondo de ese momento fundacional convivían dos visiones incompatibles de país: el federalismo impulsado por Camilo Torres y el centralismo defendido por Antonio Nariño. No se trataba de un desacuerdo menor, sino de un choque estructural sobre cómo debía organizarse el poder. La consecuencia no fue una evolución pacífica del debate, sino la guerra.
Así, el nacimiento de Colombia aparece marcado no solo por la independencia, sino por una disputa interna que definió su rumbo desde el principio.
Su propuesta
Lo que propone Las Guerras Civiles de Colombia en el siglo XIX no es una respuesta definitiva, sino una invitación: mirar de nuevo. Volver sobre episodios conocidos con preguntas distintas. Desarmar los relatos simplificados y aceptar que la identidad nacional no nació en armonía, sino en conflicto.
Y en esa aceptación, tal vez, encontrar algo más que explicación: una posibilidad de comprensión.
Porque si algo deja claro esta obra es que el siglo XIX no está cerrado. Sigue latiendo, incómodo y persistente, en muchas de las discusiones que Colombia aún no termina de resolver.


