La casa de los abuelos

Alfredo Cardona Tobón

Con los primeros rayos del sol, regresé al apartamento donde horas antes había muerto mi esposa. Abrí la puerta de entrada y fue como si  llegara  a un sitio desconocido y hostil. Encendí la luz y vi la silla del comedor volcada cuando ella  se desvaneció y la  arrastró en su caída.

Esa  imagen dolorosa volvió a mi mente y caminé  hacia la alcoba como un sonámbulo… Solamente entonces, sentí que la vida pasada había muerto con ella, que esos 58 años al lado de mi mujer  habían  desaparecido y empezaba a hundirme en un abismo sin fondo. Al salir del apartamento sentí que, al  cerrar con llave, desaparecía la Casa de los Abuelos, es decir la casa nuestra, la de Edith Angélica y yo,  la morada amable que, en Pereira, Manizales o Bogotá, no importa donde estuviera, reunió a los hijos y nietos, albergó sus risas y los llantos infantiles; fue el punto de reuniones, albergue en las vacaciones y  refugio de todos en las horas grises.

 Los recuerdos abrumaban la casa:   el mantelito que bordó Edith Angélica para una primera comunión,  los primeros dibujos de Laura Andrea y de Rodriguito,  un tejido de Irma y otro de Nadya Lorena, portarretratos con fotos de los sucesos felices, los diplomas de  los nietos y sus primeras cartas; la matera con un novio rojo y un piecito de geranio que le robamos a un vecino… Allí  también estaba  el edredón que llenó las horas solitarias de Edith  en Cartagena, los escarpines que la abuela guardó  por décadas y las medias gruesas que tejió mi esposa cuando estuve enfermo….

Sobre un mueblo viejo estaba un tarrito con  grapas, unos clavos, unos tornillos guardados por  si algún día se necesitaban, al igual que un librito de  recetas con aguacate, recortes de prensa, un tarro de pintura seca, unas llaves viejas y unas lámparas sin caperuza. Y  los libros…. centenares de libros que  algún día se leyeron y guardábamos para otra lectura que nunca se hizo. Ahora la casa de los abuelos quedó sin amo,  expósita, sola, llena de tristeza, donde el alma de las cosas flotaba  con  rumbo al cesto de las basuras.

Lloré cuando deseché esa cobija de lana ya roída por los años, que fue la primera compra que hice para surtir la casa y lloré cuando boté la vajillita rota que mi querida mujer remendó y conservó como una reliquia. Entre sábanas, allá en lo más recóndito de un  armario, encontré días después un paquete de cartas  resguardado como un tesoro. Tenía sellos de  la Argentina,  Mexico y  Kenya  y de varios sitios de Colombia, testigos de una  historia de amor que la muerte suspendió de tajo. Allí estaban las cartas que nos unieron por mas de 50 años y  que mi  esposa repasaba con devoción, para cerciorarse que el cariño  que  dábamos  sin condiciones ni límites,  seguía refrendado  en esas frases  que  no borraba el tiempo.

Me  sentí incapaz de  vivir en la  casa de los abuelos, por eso  busqué cobijo en el apartamento de un hijo. Poco a  poco fueron saliendo de esa casa  los afectos, los recuerdos, los  objetos que alguna vez tuvieron importancia en nuestras vidas: la máquina de coser que se  pagó durante meses,  la máquina de tejer  que nunca se reparó y quedó como un mueble de adorno,  la licuadora, la nevera,  la olla arrocera; el mecedor para la natilla, el menaje de cocina, los edredones tejidos, los manteles con arabescos.

Todo fue saliendo regalado  con la ingratitud que enmudece los sentimientos pues ya no había campo para el pasado, porque infortunadamente me atropellaba un futuro incierto. Con esa casa de los Abuelos capitulaba mi vida. Al cerrar las puertas de mi  vivienda,  volaron las risas de los chiquitines,  los sueños de las mujercitas en flor que alguna vez  cruzaron  raudas por los corredores.  Se fue todo… se acabó mi  mundo.  No sé a donde fueron a parar los limpiones con  golondrinas pintadas,  los collares  de cuentas,  un gorrito tejido que  me dieron en un cumpleaños,  los recibos del primer televisor,  unas fotografías amarillentas y el cuadro que nos regaló algún amigo y que nunca se había botado por respeto al difunto. Nada importaba y a un hospicio fue a parar la ropa de cama, los  sacos y demás´prendas que en vida de mi querida esposa, tenían un lugar seguro. Todo voló rumbo al olvido con mi corazón, con mi alma  incapaz de admirar los arreboles, pues los colores de la vida se vieron ensombrecidos por el luto. Desapareció la Casa de los Abuelos, con la vuelta de la llave nada quedó. La casa vieja perdió el encanto,  todo lo que fue se convirtió en pavesas en un cenisario que se  tragó la tierra.

*historiayregion.blogspot.com

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