La aventura de los libros/ Pequeña historia de mi país

Mauricio Ramírez Gómez

Conocí a Omar Ortiz gracias a la poesía y por ella nos hemos encontrado siempre, en la calurosa Tuluá o la voluble Pereira. Ya sea para conversar sobre la revista Luna Nueva, para celebrar la vida o como en esta oportunidad, para saludar un nuevo libro suyo. Omar es como su poesía: generoso, enérgico, vital, combativo. Así son sus libros “Las muchachas del circo”, “Diez regiones”, “Un jardín para Milena”, “El libro de las cosas”, “La luna en el espejo”, “Diario de los seres anónimos”, “Cequiagrande” y “Lista de espera”. Así es también su más reciente libro, “Pequeña historia de mi país”, del que dice Luz Mary Giraldo en el prólogo: “Golpean las imágenes de la violencia que alcanza también el daño ecológico del planeta, y cada golpe, cada imagen, cada experiencia cruel, obligan a entender el significado de la urgencia y el sentido de las letras de emergencia ante los hijos desaparecidos de la guerra”.

Al leer “Pequeña historia de mi país” fue inevitable pensar en el sentimiento de rabia, desolación e indignación que movió a Jorge Zalamea Borda a escribir dos de sus libros emblemáticos: “El Gran Burundún Burundá ha muerto” y “El sueño de las escalinatas”. Constatar que nuestra historia sigue siendo el fluir de un mismo río de sangre, ante una indolencia creciente, produce una primera sensación de tristeza. Sin embargo, el libro de Omar Ortiz está lejos de la claudicación. Más bien nos invita a ver lo que ve el poeta, a buscar y defender lo que es esencial, contra quienes reducen la vida a una estadística o a un indicador de éxito. El problema no es la muerte, sino la banalización de la vida.

¿Y qué es lo esencial? Lo esencial es el derecho de todos a vivir dignamente y el respeto por un planeta que nos ha soportado por miles de años nuestra arrogancia de creer que con nosotros desaparecerá el Universo. En estos poemas de Omar Ortiz la magia, lo mítico, se nos revela como un atributo de lo humano. Y se nos advierte que cada vez que perdemos algo de esa magia, perdemos también algo de lo que nos conecta con el planeta, poniéndonos cada vez más en riesgo de sucumbir. Los seres humanos somos de las pocas especies que son capaces de convertir en un muladar el lugar donde viven. Basta echar un vistazo a nuestras ciudades.

En este sentido, Omar ha escrito un libro necesario, que pone por encima del deseo de la gran obra, su necesidad de decir lo que piensa y siente sobre la realidad de su país. Y es preciso decir aquí que la gran lección que uno recibe de la poesía de Omar Ortiz es que la obra ideal no es aquella que aspira a la perfección estética sino aquella que se compromete con lo humano y lo humano es doloroso, festivo, imperfecto, fugaz. Una pieza clave de su credo poético es el poema Todos los carpinteros van al cielo:

Todos los carpinteros van al cielo

Y también los sastres, los zapateros, los albañiles,

las costureras, los peluqueros, los artesanos,

y por supuesto, las putas y algunos buenos poetas.

Los malos poetas, en cambio,

llegan directamente al infierno

donde son condenados a construir

un único y eterno poema

que sea como El, perfecto.

El poeta no puede abstraerse de su realidad, debe correr los riesgos y dejar entrar en su obra la vida cotidiana, con sus horrores y sus grandezas. Sin embargo, no puede caer en el trascendentalismo. Omar se cura siempre con unas gotas de ironía y con el cariño que no le ha sido esquivo.

Reitero que “Pequeña historia de mi país” es un libro necesario, lo que no puede decirse frecuentemente de ningún libro. Y digo que es necesario porque como el mismo poeta afirma en una entrevista, la literatura, la poesía, ha caído en la tentación de la banalidad, donde importan más los premios, los tirajes, los festivales y el prestigio, que la vida misma. Omar Ortiz nos recuerda, como decía Jorge Gaitán Durán, que la literatura debe ser una ética y una estética del lenguaje, para no pregonar libertades en las que no se cree y para comunicarse eficazmente con nuestros semejantes.

“Pequeña historia sobre mi país” nos habla de un tiempo incierto, pero también nos invita a vivir con confianza, recordándonos que la respuesta a todas las preguntas acuciantes que nos plantea la incertidumbre estaba grabada en el anillo del Rey Salomón: “También esto pasará…” Tanta sangre que ha bañado esta tierra debe ser motivo de indignación, pero sobre todo, debe ser abono para que germine en ella un tiempo nuevo. Afortunadamente tenemos con nosotros la poesía.

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