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miércoles, junio 29, 2022

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Mauricio Ramírez Gómez

Poco se ha reparado en algunas de las circunstancias que marcaron la creación literaria en Pereira durante la segunda mitad del siglo XX.

La Sociedad de Amigos del Arte, creada en 1948, ofreció desde sus inicios conferencias de autores locales y nacionales, pero fue durante las décadas de 1970 y 1980 cuando mayor incidencia tuvo sobre la cultura local, uniendo esfuerzos con la Corporación Biblioteca Pública. Esa generación que irrumpió en el panorama literario pereirano a finales de esas décadas es quizá la primera que buscó influir conscientemente en la siguiente. Congregado en esas instituciones mencionadas, ese grupo de escritores nacidos en los años cuarenta y comienzos de los cincuenta, algunos educados fuera de la ciudad y del país, crearon las primeras colecciones literarias, organizaron ciclos de conferencias con escritores colombianos de renombre y procuraron llamar la atención de la gran prensa nacional sobre sus obras y las de otros autores, valiéndose de publicaciones como la revista Pereira Cultural.

Es en esta época, exactamente en 1977, que se intenta la primera colección literaria. De ‘El soto y su donaire’ se alcanzaron a publicar tres libros de poesía. Luego vinieron otras como la Colección de Escritores Pereiranos (1983), Concurso Anual de Novela Aniversario Ciudad de Pereira (1983), Colección de Escritores Risaraldenses (1985), Unión Nacional de Escritores (198?), Colección del Fondo Mixto para las artes y la cultura de Risaralda (1995). La importancia de estas colecciones es que en el presente y en futuro, cualquier estudio sobre la literatura en Pereira deberá comenzar por ellas, pero no limitarse.

Al mismo tiempo, la Universidad Tecnológica de Pereira, creada en 1963, acogió un par de décadas después, en su programa de Español y Comunicación Audiovisual, a gran cantidad de jóvenes inquietos por la literatura, que se destacarían en el panorama literario de fin de siglo XX, ocupándose en sus obras de temáticas más decididamente urbanas, con referentes literarios más actuales en cuanto a autores latinoamericanos se refiere, y con mayores preocupaciones por el ensayo, es decir, por la crítica y la investigación. Luego, muchos de estos jóvenes se convirtieron en profesores de esa misma universidad y dieron vida a la Licenciatura, la Maestría y el doctorado en Literatura, con un claro propósito de motivar el estudio de la literatura regional.

Algunos de quienes trasegaron su adolescencia en la década de 1980 hicieron parte en el Banco de la República del Taller Literario Mitograma (1983), primero en su género, y al que le siguieron otros como La Fragua (1991), del Colegio Oficial Rafael Uribe Uribe. Seguramente, esos talleres no enseñaron a escribir, pero sí congregaron y en esas reuniones se gestaron importantes iniciativas culturales.

Fue en estas mismas décadas que comenzaron a tener estatus literario en la ciudad las lecturas en cafés y otros lugares. Antes eran simplemente hechos casuales que se sucedían como consecuencia de la ebriedad. Igualmente, surgieron los primeros suplementos literarios de los periódicos: Lecturas sabatinas (1977) y A pleno sol (1985), de La Tarde, y Las Artes (1987), de El Diario del Otún.

Hago este repaso, ligero y lleno de omisiones, para llamar la atención sobre otro capítulo inexplorado de nuestra historia literaria. Los pereiranos de todas las épocas hemos sido reiterativos en cuestionar cualquier posibilidad de éxito que puedan tener las obras y los autores propios. No creemos que nuestros coterráneos puedan llegar a ser escritores de valía. Esta actitud, bastante generalizada, que lleva a desconocer los méritos del otro, es la exhibición de complejos muy arraigados. Creemos que la literatura es propia de seres iluminados o sobrenaturales o que esta es una sociedad inferior, incapaz de creaciones originales y de pensamiento propio. Estamos convencidos de que lo bueno solo puede provenir de afuera. Lo grave de esta convicción es que no está amparada por estudios juiciosos o lecturas desapasionadas. Nuestro pasado literario hace parte todavía, en su mayor parte, de la historia oral.

En la actualidad, la ciudad alberga anualmente varios eventos de literatura, cuenta con varios talleres literarios y es visitada asiduamente por escritores. Se publican una buena cantidad de libros y algunos de los escritores locales gozan de cierto reconocimiento a nivel nacional. El ensayo ha comenzado a ser un género importante, lo cual puede considerarse como una señal de que hemos comenzado a reflexionar, a hacer autocrítica. Sin embargo, creo que tenemos que hacer primero un gran trabajo de arqueología, antes de comenzar a preocuparnos por la crítica. Lo que existe no surgió por generación espontánea, hay un proceso al que cada escritor ha aportado mucho o poco, dejando obras de mucha o relativa valía. El presente es nuestro tiempo, pero no habríamos llegado hasta aquí, por pobre que consideremos el panorama, sin los lectores, escritores y gestores culturales que nos antecedieron. Convendría mucho acercarse a nuestra historia literaria con menos prevención y mayor generosidad.

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