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domingo, agosto 14, 2022

La aventura de los libros, Notas sobre el prestigio literario

Mauricio Ramírez Gómez

En su muy interesante libro “Baudelaire, el heroísmo del vencido”, de reciente aparición, Juan Zapata señala cómo la bohemia literaria es una reacción de algunos escritores que se sentían marginados socialmente por un sistema editorial incapaz de absorber su producción literaria. Dice: “ante la falta de medidas concretas que integraran la nueva población letrada en el sistema de retribución oficial, los jóvenes aspirantes a la gloria literaria, confrontados en masa a esta situación de precarización social, prefirieron invertir en una postura colectiva en la que la marginalidad pudiese ser vivida como deseable y virtuosa, pasando así del plano de las reivindicaciones reales al plano ilusorio, pero compensatorio de las representaciones. Esta postura, portadora de valores éticos y estéticos, se erigía en contra de los códigos de profesionalización propios del régimen burgués (trabajo regular, aprendizaje, rigor, disciplina, vida familiar, remuneración, etc.), al mismo tiempo que proclamaba una visión del arte y del artista en la que la actividad letrada era descrita en términos de una vocación que, al ser asumida por un individuo de excepción, exigía el sacrificio, la renuncia y el desinterés”.

La bohemia o lo que en el siglo XIX se conoció como el “mal del siglo” llevó a muchos escritores al suicidio o a la indigencia, dejando a menudo obras inconclusas y mediocres. Al mismo tiempo, entronizó una imagen del escritor y el poeta como seres degradados por su afición a la literatura misma. Marginales. Incluso, suele argumentarse a veces que el “poder creador” de la bohemia se prueba con las innumerables historias de las tertulias o algunas veladas literarias en cafés o tabernas famosas, y cómo algunos de sus asiduos son considerados hoy íconos de la literatura universal. Lo que se omite es que estos concurrieron a ellas, no porque allí encontraran su fuerza creadora, sino porque los asistentes se convertían en validadores o impulsores de esas obras. Todos esos escritores comprendían que la escritura es un ejercicio solitario, individual, pero que no puede serlo la publicación y la distribución de los libros. Es necesario conformar círculos literarios, para que las obras tengan resonancia y reconocimiento, al margen de los grandes sistemas editoriales.

Además de recomendar la lectura del libro, traigo a colación este tema para referirme a la importancia de que el escritor reflexione sobre aquello que le otorga su prestigio. El reconocimiento de un poeta no tiene su origen en las ventas, al contrario. Los libros de muchos de los escritores de la región se han agotado en las instituciones educativas y aun así su prestigio es casi nulo. Seguramente no se trata de falta de mérito o de la calidad, aspecto que deberán discutir quienes se interesan por imponer su gusto literario, sino de que las personas de esas instituciones no hacen eco de esas lecturas. El escritor no debe usurpar el papel del vendedor que busca sus clientes puerta a puerta. Debe preocuparse, más bien, por unirse con otros como él, con intereses similares, pues serán estos quienes se encarguen de validar las obras ante el público. Ellos constituyen su red, su espacio de sociabilidad literaria, capaz de señalar las virtudes y las falencias de su obra. Es el prestigio del escritor o de sus ideas el que motiva la lectura y el reconocimiento.

Señalando la importancia de los pequeños periódicos y las revistas a la hora de crear redes que permitían la legitimación de las obras y los escritores en el siglo XIX, dice Juan Zapata: “Frente al anonimato del mercado y ante el silencio de las instancias de consagración tradicionales, estas redes de sociabilidad se constituyeron como espacios de autolegitimación alternativos en los que prevalecía el juicio de sus pares (“los miembros de la tribu”) sobre el juicio del público, de la crítica autorizada o de la Academia. Fueron estos lazos de convivialidad, irrigados por la prensa y los placeres de la conversación, los que permitieron que surgiera una literatura relativamente autónoma de las presiones ejercidas por el mercado y por la industrialización progresiva de las prácticas literarias”.

Quizá en el ámbito regional, donde las dinámicas editoriales no responden a las lógicas del mercado, lo que esté haciendo falta sea la constitución de cada vez más grupos literarios, aglutinados en medios de difusión de toda índole, que hagan colectivas unas obras que se han creado en soledad, sin eco alguno a nivel de la ciudad, la región o el país. No hay que olvidar que el escritor es un solitario, pero el autor es una construcción colectiva.

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