La aventura de los libros, Las librerías

Mauricio Ramírez Gómez

Poco se conoce sobre la afición de los pereiranos por los libros antes de la llegada de la primera imprenta, en 1904, y mucho menos sobre el modo de adquirirlos. Es muy probable que quienes viajaban a ciudades como Cali, Medellín, Bogotá e incluso Manizales, trajeran entre sus equipajes, por encargo o por gusto propio, volúmenes que leían y en muchos casos ponían a circular entre sus vecinos. El libro no estaba precisamente entre los objetos indispensables en los primeros años del siglo XX.

Fue en las imprentas y en las misceláneas donde primero se vendieron libros. En la Imprenta Nariño, con talonarios, tarjetas y todo tipo de papel, se ofrecían también algunos títulos. Las noticias de los autores y obras llegaban por los canjes de periódicos, los visitantes y los nuevos habitantes de la ciudad.

A comienzos del siglo XX era frecuente también que los hombres de letras y los comerciantes tuvieran contacto con casas comerciales de otras ciudades y países, para surtir sus almacenes y los estantes de sus bibliotecas. Editores de España, Francia, México y Argentina imprimían a menudo libros, tanto de autores hispananoamericanos como franceses y alemanes, traducidos al castellano. La mayoría de esos ejemplares entraban a Colombia por el río Magdalena, con destino a Bogotá y Medellín, o por Buenaventura, con destino a Cali y Popayán. La difícil geografía y el aislamiento político y económico en el que aún en la tercera década del siglo XX vivía Colombia, hacían que el valor comercial de los libros no estuviera al alcance de las clases populares. El dogmatismo religioso y político impideron, de igual manera, que algunas tendencias estéticas en boga y las literaturas de otros países, circularan entre los lectores colombianos, sospechosas de inducir a conductas sacrílegas y alentar el inconformismo social. Tal es el caso de las vanguardias literarias y de las literaturas inglesa, norteamericana y alemana, que tardarían en conocerse ampliamente hasta la década de los años 50. Impermeable Colombia a las corrientes migratorias, la influencia de estas tendencias literarias dependía de los comerciantes, que no arriesgaban sus capitales en adquirir bienes que les podían confiscar o provocarles un veto social. Lo que a las capitales llegaba tarde o fragmentado, a pueblos recién fundados, como Pereira, llegaba convertido en un eco sin incidencia en el colectivo. Los escritores y los lectores pereiranos parecían satisfacer su curiosidad por ideas nuevas en la lectura de las obras de Karl Marx y sobre todo, en libros esotéricos y religiosos, algunos de los cuales podían encontrar en el almacén de Jesús Paneso.

A mediados de la década de 1930, la Editorial Panoramas, de Alfonso Mejía Robledo, también incluyó libros entre sus productos para la venta. Los principales eran los que allí se imprimían y la revista Panoramas. En 1915, ya Mejía Robledo se había aventurado a fundar quizá la primera librería, es decir el primer establecimiento dedicado exclusivamente al comercio de libros en Pereira, con el nombre de Librería Robledo. Mucho después, a mediados de la década de 1940, Miguel Ilián abrió las puertas de su librería Internacional, ubicada al parecer en la calle 18 entre carreras 7ª y 8ª. Después abrieron sus puertas otras, como El Nogal, de Ramón Salazar, ubicada en la carrera 7ª entre calles 18 y 19; la librería Rego, ubicada en la carrera 7ª entre calles 20 y 21, y finalmente, la librería Quimbaya, fundada en la década de 1950 por Carlos Drews Castro en la Plaza de Bolívar y que se trasladaría luego a su sede en la carrera 7ª entre calles 16 y 17. En esta última, además, se llevaron a cabo conferencias sobre literatura, por parte de autores locales y nacionales.

La posibilidad de comprar libros y acumularlos en una biblioteca es un indicio que permite precisar la clase social de los lectores y los escritores. Haría falta una revisión exhaustiva de las bibliotecas personales que todavía se conservan, pertenecientes a los personajes ilustres y a los escritores pereiranos, para constatar la procedencia de esos libros y cuáles de ellos fueron adquiridos en librerías de la ciudad. El escritor Rigoberto Gil Montoya propuso ese ejercicio en su libro Nido de cóndores, a propósito de la biblioteca personal de Jorge Roa Martínez.

Las librerías son un capitulo todavía desconocido de la historia cultural de Pereira.

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