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martes, agosto 9, 2022

La aventura de los libros, La ciudad es una conversación con el pasado

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Mauricio Ramírez Gómez

Cuando se recorren las calles de una ciudad como Pereira, es imposible dejar de preguntarse cómo habrá sido la ciudad de los mayores, cómo la sufrieron o la disfrutaron y cuáles son sus vestigios en el paisaje urbano. La literatura escrita en Pereira, por ejemplo, no está solo en los libros que encontramos en las librerías de usado o las bibliotecas personales, como la del profesor Jaime Ochoa. Está también en la calle, en los lugares que recorremos y que evocan vidas y acontecimientos que permiten hacer memoria.

Cada vez que camino por la carrera séptima entre calles 22 y 23, pienso en la fatídica mañana del 16 de diciembre de 1929 y en el apresurado e ínfimo cortejo que recorrió desde una de las casas que había allí, las ocho cuadras que van hasta el cementerio San Camilo, para dejar allí el cuerpo del poeta Julio Cano Montoya. Imagino el revuelo en el pueblo y la obligada fogata con sus objetos personales, para alejar el peligro de la tuberculosis. Imagino la escena, ocurrida años antes, del encuentro entre el entonces joven poeta Lisímaco Salazar y el mismo Julio Cano, en el gabinete de dentistería que quedaba en su casa. Dice Lisímaco: “No recuerdo cómo hice contacto con don Julio Cano. Lo que sí recuerdo fue que una vez entré a su gabinete a hacerle una pregunta sobre una de mis composiciones. Empezamos nuestra conversación sobre poesía. Cuando había hablado de medidas y giros del verso, me preguntó: “¿Conoce usted el soneto “Margarita”, de Rubén Darío?” Mi actitud fue la de un atormentado, la de un iluso, la de un analfabeto. ‘No se confunda’, dijo don Julio, ‘no hay obligación de saberlo todo, pero ahora que usted trabaja donde Ignacio (Puerta) y dirige un periódico que usted fundó, tiene necesidad de aprender muchas cosas’. Recitó el soneto “Margarita” y sin detenerse me habló del Cáucaso, de la desavenencia de Zeus con Prometeo, del duro castigo a que fue condenado este dios de la Mitología; de la lucha de este dios para la creación del hombre y de los beneficios que trajo para la humanidad el hijo de Japeto”. Pienso en esa conversación entre un joven y un adulto soñando con hacer versos en un pueblo que apenas comenzaba a ver pavimentadas sus calles. No puedo evitar preguntarme qué pensó Julio Cano, apenas siete meses antes de su muerte, cuando conoció la noticia del infarto fulminante que acabó con la vida de Eduardo Martínez Villegas, su vecino, colega dentista y compañero en las lides poéticas.

Cuesta un poco imaginar las conversaciones entre los escritores que frecuentaban el café Blanco y Rojo (carrera octava con calle 18 esquina), el café del Gran Hotel (donde está hoy la droguería), El Páramo (calle 15 con carrera séptima) y otros. Es inevitable interrogarse por la mitología que sobrevive, alimentada por hechos y encuentros cotidianos que se sucedieron en los mismos espacios que hoy recorremos apurados.

Sonrío pensando en la escena que inmortalizó el cronista Ricardo Sánchez, ocurrida en la peatonal de la calle 18 –conocida como El Miadero-, en la que una prostituta se disfrazó para perseguir a su enamorado en plena noche y fue confundida con un fantasma. Me estremezco al pensar que por esa misma calle caminó por última vez el músico Rafael Sanín, para ir al encuentro con su asesino, una noche de agosto de 1919. Añoro conocer las oficinas de El Diario y poder ver en acción a don Emilio Correa, en una de las casas desaparecidas de esa misma calle 18, entre carreras sexta y séptima. Pienso en su ilusión al ver abrir, enseguida de las oficinas del periódico, las puertas de la Biblioteca que lleva el nombre de su padre, el 22 de agosto de 1938.

Pienso, más recientemente, en la emoción y el desconcierto de los asistentes a la inauguración del Área Cultural del Banco de la República, ante el discurso y el posterior desplome y fallecimiento de Luis Carlos González, en 1985.

Anhelo escuchar las risas, los sueños y las impresiones sobre sus lecturas, en las conversaciones que las jóvenes Diola Gallo, Albalucía Ángel y Rosina Molina sostenían las tardes de los viernes de comienzos de l década de 1960, en la Librería Quimbaya, en su primera sede de la Plaza de Bolívar, en la calle 20, apenas a unos pasos de la catedral. Intento hacerme una idea de lo que debió ser entrar a alquilar libros de la biblioteca de don Clotario Sánchez, en la esquina de la calle 19 con carrera séptima, a finales del siglo XIX.

No vivo en el pasado, lo escucho y me emociona entender la ciudad como una superposición de capas que la memoria de sus habitantes va dejando en su paso por la vida. Esos hechos mencionados y otros que ignoro siguen ocurriendo incesantemente en el tiempo, prefigurando el presente. Solo de esa manera puede explicarse que una comunidad crea fervientemente que un territorio que hace apenas dos siglos era un guadual, tiene hoy un espíritu común a todos. Creo de verdad que cada uno de los habitantes camina por estas calles en una inadvertida e incesante conversación con los muchos pasados que tejen la ciudad.

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