24.4 C
Pereira
sábado, octubre 1, 2022

La aventura de los libros, Divagaciones sobre la ciudad

Mauricio Ramírez Gómez

En el ir y venir por la ciudad, hace algunos días intentaba atravesar una calle, mientras trataba de resolver un dilema personal. Calculando si alcanzaba a cruzar antes de que pasaran dos autos, un ciclista me miró y me dijo: “el que piensa, pierde”. Esto me hizo pensar que a veces la ciudad actúa como una especie de oráculo frente a las preguntas que nos asedian.

En otros casos, no deja uno de pensar a veces que algunos habitantes de calle actúan como el coro de una tragedia griega, en sus peroratas que por lo regular nadie atiende. Desde la mirada de los habitantes de calle, debe ser un poco aterrador y cómico ver tanta gente yendo de un lugar a otro, apurada por obligaciones o situaciones que se les convierten en trascendentales, cuando la vida – al menos para esos habitantes- se reduce a conseguir un pedazo de pan y unos centavos más. Entre unas personas y otras, se me dirá, está de por medio la dignidad o la fortaleza o el amor a Dios, tantos conceptos. Es posible. Pero eso no anula la posibilidad de que esas personas a veces logren expresar reflexiones lúcidas, aun en medio de sus desvaríos. Al fin y al cabo, las ciudades se viven y se padecen y ambas cosas dan sabiduría.

Sobre el trabajo y el esfuerzo de muchas personas se han edificado las sociedades. Pero a veces se me antoja pensar en los habitantes de calle como unos signos de interrogación que pasan ante nuestros ojos cuestionando esa idea de progreso basada en la acción permanente para llegar a la tierra prometida de la riqueza. En la inacción –el ocio- y la necesidad pueden incubarse con mayor facilidad la anhelada creatividad que muchas élites quieren tener bajos sus órdenes.

En la actualidad, hay pequeños focos de ‘resistencia’ que ponen en duda los beneficios de la acción y la equiparación del éxito con la riqueza. “Perdedores”, les dirán unos. Quizá. Pero a lo mejor lo que hay allí de fondo es la conciencia de que eso que muchos llaman felicidad no es otra cosa sino poder disfrutar dignamente de aquello que a uno lo apasiona. Esos focos de resistencia, que no comparo con los habitantes de calle, sino solamente en los interrogantes que plantean sobre las maneras como habitamos la ciudad, se están agrupando en colonias rurales y en colectivos, con la colaboración y el trueque como premisa.

Hay muchas versiones de la ciudad, no solo la de la ‘gente de progreso’. ¿Qué podrán decirnos sobre las costumbres de la ciudad las prostitutas, los travestis, los escobitas, los encargados de limpiar las habitaciones de moteles, hoteles y residencias; los taxistas, los celadores, los médicos de urgencias y los encargados de autopsias, los mismos sacerdotes? Hay personas que por sus oficios y modos de vida son testigos de nuestras más secretas costumbres y nuestra patología social. Sería provechoso escucharlos, pues cada una de esas personas es una página o varias de ese libro abierto que son las ciudades.

Es inevitable pensar en la música y en la poesía. Pienso en el poema “El transeúnte”, de Rogelio Echavarría:

Todas las calles que conozco

son un largo monólogo mío

llenas de gentes como árboles

batidos por oscura batahola.

O si el sol florece en los balcones

y siembra su calor en el polvo movedizo

las gentes que hallo son simples piedras

que no sé por qué viven rodando.

Bajo sus ojos que me miran hostiles

como si yo fuera enemigo de todos

no puedo descubrir una conciencia libre

de criminal o de artista

pero sé que todos luchan solos

por lo que buscan todos juntos

son un largo gemido

todas las calles que conozco.

Y pienso en el tema musical “Transeúnte sin identidad”, del grupo argentino Virus:

Caminar y rescatar del mar

un tesoro vital.

Un transeúnte demuestra calidad

cuando un verso trae.

Te amaré contra el reloj

si mi ardor lo marca.

Sobre un barco no tengo identidad.

Inmediata pasión.

Gran ciudad,

luminosa fuerza cruel,

tiéntame, sí, con un plan.

Roja luna física, mírame,

ofrécete a besar.

Las ciudades nos viven y nos hablan. Al fin y al cabo, nuestra vida está atada a ellas y nos imponen cómo vivir. Por eso hay que interrogarlas de vez en cuando. Y para eso siempre es indispensable la literatura.

 

Artículo anteriorLa pereiranidad
Artículo siguientePolicía logró evitar asesinato 

Para estar informado

- Advertisement -
- Advertisement -

Te puede interesar

- Advertisement -