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Pereira
viernes, septiembre 30, 2022

La aventura de los libros, Apuntes para un estudio sobre la creación literaria

Mauricio Ramírez Gómez

La fundación de pueblos durante la colonización antioqueña respondió no solo a las necesidades de unos hombres y mujeres de encontrar tierras baldías fértiles, sino también al interés de terratenientes por valorizar sus propiedades y encontrar mano de obra barata. En medio de esos conflictos entre colonos y poseedores, a veces se repara poco en la manera cómo estos fueron dando un rasgo social característico a cada una de esas comunidades, acentuado por las condiciones económicas y el tipo de personas que llegaron a habitar esas comarcas.

En su libro “Política y espacio. Historia de la conformación territorial de Pereira 1857 – 1884”, el historiador Sebastián Martínez Botero señala: “El Estado del Cauca había comenzado a recibir antioqueños en la medida en que los espacios baldíos se copaban por nuevos pobladores y empresarios territoriales. […] Pese a que la mayoría de las poblaciones recibieron la concesión de 12.000 hectáreas del gobierno central, muchos colonos quedaban sin recibir tierras. Es entonces cuando continuaban su búsqueda, pero esta vez con la experiencia de haber estado en un proceso de adjudicación. Cuando los primeros antioqueños llegaron al sitio de Cartago Viejo, ya había detrás de ellos una larga experiencia de concesiones. De esta manera, conocían los procedimientos que debían surtir para la obtención de tierras y actuaron en coherencia a ello. Es entonces cuando brota la idea de la solicitud de erección parroquial, pero como se ha dicho, antes de esta existió otra petición formal más de carácter “civil” que religioso”.

Gran cantidad de colonos que buscaban salir de los límites de la Concesión González & Salazar arribaron al territorio actual de Pereira con ese propósito de obtener una parcela y formalizar su posesión. No obstante, como anota el autor antes citado, erigirse como municipio le tomará a Pereira cerca de veinte años, después de los cuales el país entró en una etapa de gran incertidumbre política, provocada por las guerras civiles de 1876, 1885 y la Guerra de los Mil Días, a las cuales el nuevo poblado no fue ajeno. De hecho, huyendo de las persecuciones políticas, derivadas de esas guerras, llegaron por esa época a la ciudad gran cantidad de personas de filiación liberal, que impulsarían luego el progreso, en el siglo XX.

En esos primeros años, la economía de Pereira dependió del cultivo del cacao y el caucho, productos que perdieron valor en el mercado a finales del siglo XIX, por el auge del cultivo, en condiciones más favorables y en mayor escala, en otras regiones y en países vecinos. También tuvo su preponderancia la ganadería. Las primeras diferenciaciones de clase se basaron en la posesión de tierra y riqueza, y el interés de los primeros pobladores era asegurar su bienestar económico. “Esta diferenciación, sin embargo, pequeña en su comienzo, no estaba unida a una diferencia considerable de educación o cultura. En los grupos llegados antes de 1880 no iba más allá de la diferencia entre los que saben firmar, leer y escribir y los que no pueden hacerlo. Pero hábitos, ocupaciones e indumentarias eran muy semejantes. Todos eran campesinos o arrieros, o descendientes de ellos. Todos llegaron con el pie al suelo o calzado con la tradicional alpargata; usando pantalón de dril, camisa de lienzo y la clásica mulera. Todavía al finalizar el siglo, el hombre más rico de Pereira, don Juan María Marulanda, llevaba con orgullo su sombrero aguadeño y su ruana. (Jaime Jaramillo Uribe, “Historia de Pereira”, 1963).

A diferencia de Manizales, donde la élite económica pudo disponer del tiempo libre para constituirse al mismo tiempo en élite intelectual, en Pereira el interés por la literatura no fue un rasgo de su clase dirigente, quizá porque sus integrantes debieron concentrarse en el desarrollo material de la ciudad, en condiciones no siempre favorables. En este sentido, un rasgo de Pereira ha sido que el ‘cultivo’ de la literatura es una inclinación de hombres asalariados, sin mucho tiempo libre, en su mayoría autodidactas. Esto no determina la calidad de las obras, pero sin duda condiciona sus posibilidades, sobre todo en términos de circulación.

La existencia de capital no determina la calidad de una obra literaria, pero sin duda crea condiciones más favorables para su producción y circulación, porque permite la concentración necesaria para que el autor reflexione sobre su creación y posteriormente pueda darla a conocer profusamente. Cabe preguntarse cuál sería el destino de las obras de muchos de nuestros autores si estas hubieran circulado de una manera más adecuada.

No pretendo afirmar que para escribir bien y tener ‘éxito’ sea menester poseer capital, sino señalar que la carencia de este hace más exigente y azarosa la creación. El reto es superar esas dificultades.

En las obras y las empresas de nuestros precursores están prefijadas las precariedades y las realidades de nuestro desarrollo literario actual.

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