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domingo, agosto 14, 2022

La aventura de los libros, Anotaciones sobre ‘La cuadra’, de Gilmer Mesa

Mauricio Ramírez

Gratificante resulta cuando las circunstancias nos ponen ante los ojos un libro, entre tantos que se publican, y nos duele. Porque ‘La cuadra’, de Gilmer Mesa, duele, estremece y obliga a pensar que esta realidad colombiana tritura los sueños de los jóvenes sólo para conservar en pie el edificio raído de unas tradiciones y unas instituciones de las que se sienten orgullosos apenas quienes derivan de ellas su fortuna y su poder. En Colombia se asesina en nombre de la vida, para defender la vida, hasta la indolencia.

Escrita en clave autobiográfica, ‘La cuadra’ relata la vida de un grupo de niños reunidos en una vieja fotografía, que pertenecieron al grupo de amigos y conocidos del narrador, todos ellos asesinados en la adolescencia o en la juventud, agregando eslabones a la cadena de miseria de la violencia, ejecutores o ejecutados por la venganza o el deseo de poder. Es una novela sobre la pérdida y los sufrimientos que esta provoca, en una sociedad fundada en el trabajo, la familia y la religión, que estos jovencitos honran esmerándose por cumplir a cabalidad con su oficio de delincuentes, protegiendo a sus familias con la vida y poniéndose en manos de todos los santos para que “la vuelta salga bien”.

El autor, lejos de hacer una apología del crimen o proponer una visión lastimera de la juventud, plantea un tema central de la violencia urbana en nuestro país: esos jóvenes convertidos en victimarios, son víctimas a su vez de quienes los contratan, a menudo gente que duerme, se alimenta y tiene mejores oportunidades que ellos, no solo para estudiar o trabajar, sino en general para vivir. Esos jóvenes lo único que quieren es sentir que son alguien, ser reconocidos, respetados, temidos, ya que no pueden ser amados por nadie. “(…) para quienes nacimos en un barrio popular de una ciudad como esta, el respeto es más necesario para sobrevivir que el aire, sin él no se es nada o, mejor, no se es nadie, y un don nadie en una jungla de concreto, como son las cuadras de estos barrios, no sobrevive, y si lo hace la pasa muy mal, es la eterna víctima. Algunos pensarán que son aspiraciones vacuas y cosas de adolescentes, pero cuando uno nace, crece y se reproduce viendo a sus similares morir todos jóvenes, sus expectativas de vida no superan los veinte años, y es entonces cuando la única vida posible y vivible es la adolescencia, ahí es donde se tiene que ser alguien, no hay tiempo de espera, no hay mañana ni tiempo de más para pensar en proyecciones de futuros holgados, que son casi imposibles de alcanzar, no hay visiones de porvenires promisorios ni paciencia para esperar mejores épocas con profesiones buenas y nobles que prometen recompensas monetarias y espirituales, solo hay un presente y es ahí, en ese tiempo donde es importante ser alguien, y para serlo es necesario pertenecer al combo y no solo pertenecer sino ganarse un puesto de rango, demostrando todos los días la valía sin pensar en un mañana”.

Con la tristeza, el odio, la frustración y la venganza, el autor nos interroga también sobre el desinterés de la sociedad colombiana en su conjunto por su propia salud mental. Los que matan, para después morir, así como quienes les sobrevivimos, debemos reponernos constantemente a los embates de la violencia, sin consuelo y sin tregua. Debemos creer en la vida, en medio de un espectáculo constante de muerte. Vivimos entre múltiples desórdenes mentales que son tierra abonada para la más atroz violencia o cargamos irredimiblemente con penas mezcladas con la rabia y la impotencia. “(…) a los apuros hay que sumarles la tristeza que carcome y dura más que el hambre: padres que envejecen de golpe, que mueren a su vez con sus hijos pero en vida, que es tal vez la peor forma de muerte, que en medio de la desolación de la pérdida tienen que sacar la fuerza para ir a mendigarles a los que mandaron a una muerte fija a sus hijos para que les regalen con qué enterrarlo, porque ni para el cajón dejaron”.

Todo esto ocurre en medio de una total complicidad. “Todo acaba por saberse en esta cuadra”, dice uno de los personajes. Y eso pasa también en nuestra cotidianidad, donde todos sabemos lo que ocurre, pero esperamos que alguien más lo resuelva, para no ser nosotros los responsables del “problema”.

‘La cuadra’ es una novela intensa, vertiginosa, una reflexión profunda sobre los matices que tiene eso que tan ligeramente denominamos la ‘delincuencia juvenil’.

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