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viernes, agosto 19, 2022

La aventura de los libros, Algunas ideas en torno a las palabras

Mauricio Ramírez Gómez

En una entrevista, el escritor colombiano Gabriel García Márquez manifestó alguna vez que el único compromiso real del escritor es escribir bien. Por años esta afirmación se ha interpretado como una descalificación de los escritores que muestran simpatía por alguna ideología y como un guiño a quienes defienden el principio del ‘arte por el arte’. En cierto sentido, ambas son ciertas y no son excluyentes.

El idioma es una convención y en consecuencia, para entenderse y entenderla es necesario un acatamiento de sus normas, tarea por la que velan la gramática y la ortografía.

Sin embargo, los idiomas cambian, se renuevan. Cada época viene con sus descubrimientos, nuevas formas de relacionarse y sobre todo, sus intercambios comerciales. El ir y venir de seres humanos por toda la tierra modifica de tal manera los idiomas que la realidad parece inaprensible, porque con esos cambios se transforma la sensibilidad y la manera de nombrar lo que nos rodea. Así, por fuerza de esos cambios y la incapacidad de asimilarlos, acabamos a veces siendo extraños en nuestra propia época.

La realidad depende de la experiencia que cada uno tenga de ella, es decir de la manera como cada uno organice sus sensaciones, emociones, ocurrencias, prejuicios y conceptos, para hacerse una idea de sí mismo y de aquello que lo rodea, que asume como la Verdad. El lenguaje es el medio.

Hacer Literatura es crear una versión de la realidad con palabras, con el cúmulo de prejuicios y posibilidades que brinda el lenguaje. Para “ser eficaz”, paradójicamente, esa versión de la realidad debe ser particular y al mismo tiempo, hacerle sentir al lector que él mismo hubiera podido ser el autor. El escritor puebla el mundo del lector con personajes que son espejos de aquello que considera su realidad al momento de emprender una obra.

Escribir bien supone que el escritor es capaz de lanzarse al mundo para escucharlo y comprender su sensibilidad. Eso supone recoger esas palabras maltratadas por el habla cotidiana, limpiarlas para que brille su significado y darle vida a personajes o ideas que se comuniquen con ellas.

Los grandes poetas, por ejemplo, lo han sido y lo son por su capacidad para nombrar el mundo con las palabras de su tiempo. Escuchan las voces de la tradición, pero comprenden que esas mismas palabras heredadas ya no dicen lo mismo, porque están gastadas por el uso. Su maestría consiste en ser capaces de interpretar el espíritu de una época. Y nada produce más desazón al ser humano que la visión de su realidad actual, porque es un ser de certidumbres y su territorio seguro por excelencia es el pasado.

El gesto creativo por definición es la ruptura, no con el pasado, sino con el lenguaje. Ruptura entendida no como un alejamiento, sino como un extrañamiento. Pensar en las palabras que usamos cotidianamente, preguntarnos si nombran fielmente nuestra realidad y si de verdad nos permiten una comunicación eficaz, a través de los medios que existen. Los diccionarios envejecen, como las personas. Cada época está condicionada por las maneras como se comunican las personas y esas maneras crean su propio lenguaje.

El compromiso ideológico del escritor es someter a juicio el lenguaje, a la luz de sus propias ideas, no repetir las palabras de otros sin antes cuestionarse por su validez.

Antes de emitir juicios sobre la belleza estética de una obra literaria, vale la pena fijarnos en los interrogantes que su autor le platea al lenguaje de su época, de acuerdo con sus posibilidades.

Este es en cierto modo el espíritu de la modernidad.

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