La aventura de los libros, A propósito de un libro necesario

Mauricio Ramírez Gómez

La palabra es una lámpara con la que el escritor, y sobre todo el poeta, se aventura por callejones, bosques, cuevas y pasadizos secretos, cegados por la luz o la oscuridad. (Sí, el exceso de claridad también es cegador). Se aventura, porque como cualquier humano podría simplemente entregarse a la monotonía de despertarse cada día con la esperanza de felicidad o de fortuna. Y no se aventura porque sea mejor que sus semejantes, sino porque no se conforma, porque aunque su destino sea el mismo, necesita una cierta dosis de verdad. De otro modo, no se justificaría vivir intensamente, pues ello solo es posible con la plena conciencia de la fragilidad y del horror humano. La belleza consuela, pero ya no basta.

En este nuevo libro, Yorlady Ruiz nos pone en frente una realidad ignorada. Como una Sherezada terrible, nos narra historias tan reales que parecen producto de la ficción o de una mente desencantada de la vida. Pero nada más equivocado. Yorlady es una enamorada de la vida, es por ella que lucha, protesta, enseña y ha entregado días enteros a la creación. Su empeño ha sido reivindicar el derecho de todos a la dignidad, en toda la extensión de la palabra, denunciando las atrocidades de quienes dedican su vida a segar la de los otros, en lo que puede ser la paradoja más desesperanzadora de la especie.

La gran lección poética de Yorlady es que ha comprendido que la aspiración de la poesía no es la belleza ni la verdad, sino ahondar en los rasgos humanos, en un lenguaje directo y sin contemplaciones retóricas. Dice las cosas como las siente y por eso incomoda siempre, porque nuestra realidad, tan acostumbrada a los eufemismos y cansada de la violencia, se siente siempre agredida por la honestidad. Nuestra actitud ante la realidad es la de la protagonista del poema:

Estrega su cuerpo con citronela,

tiene un amasijo de crin de caballo

que pasa por su piel con jabones perfumados,

lava su ropa, a veces la hierve,

pero hiede,

hiede a todos los cuerpos que enterró en las fosas,

hiede a toda la rabia y a todo el miedo que se le quedó en la piel.

Toda violencia, simbólica o real, se ejerce siempre sobre el cuerpo y de ello conocen más las mujeres, cuya humanidad se ha convertido en campo de batalla, botín y pedestal de la atrocidad masculina e incluso de las propias mujeres. En ocasiones, en situaciones límite, se redimen por la solidaridad, pero en otras no queda más camino que sumirse más en el horror, como víctima o como victimaria. Las persigue la culpa y son condenadas. Lo que Yorlady nos propone no es la vía del juicio ni la justificación, sino la comprensión. Nos interroga por nuestra responsabilidad en la desgracia de los otros.

Este es un libro honesto, como todos los de Yorlady Ruiz, como su obra misma. Y por nuestro bien, cabe esperar que el silencio no sea nunca su reino.

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