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viernes, diciembre 2, 2022

Jugando a la guerra

Darío Ruiz Gómez

Cada semana son asesinados dos o tres policías o soldados en Colombia, y en zonas de explotación de coca o alta minería las tecnologías empleadas para matar o desplazar una población entera suponen cifras de muertos que rápidamente desaparecen en los distintos medios de comunicación detrás de la abundante información sobre la vida política, financiera, frívola.

La violencia preside intermitentemente la vida de los colombianos, la fractura, la desorganiza, como si quisiera demostrar que cualquier intento de vida en democracia es imposible, tal como llega a percibirlo en un momento dado el protagonista de la novela de Andrés Vergara Aguirre; lo que me recuerda a la Galitzia polaca que un día era rusa y otra polaca y sus habitantes vivían en espacios y paisajes siempre transitorios, así como magistralmente los describe Bruno Schulz en sus cuentos.

La realidad a nivel estético, como solía recordarlo mi maestro Moreno Galván, no es un problema que se resuelve con «realismos anecdóticos» sino adentrándose en aquello que se oculta detrás de cifras y estadísticas. Lo curioso es que en los cientos de «relatos» y «testimonios» sobre la violencia en Colombia los realismos narrativos que responden, sobre todo en la última década, a una receta política y no parten, pues, de la realidad de los hechos, del factor humano, se conviertan aceleradamente en cerros de letra muerta, demostrándose una vez más que la novela, la verdadera novela, es aquella que elude las falsas verdades para adentrarse en los lugares de los sinsentidos a que se ve arrastrada una vida en tiempos de turbulencia social.

Una novela

La vida de un ser humano siempre tiene sentido; lo que no tiene sentido es la política de los políticos. Digo que Jugaremos a la guerra de Andrés Vergara Aguirre es una novela porque no cae en el facilismo de los «realismos» que a priori definen maniqueamente a sus presuntos personajes, sino que permite que el proceso interior del relato sea el de una escritura que tantea las distintas temporalidades, el afloramiento de una conciencia que reacciona y siempre está tomando decisiones personales, conductas a las cuales se les concede la autonomía necesaria para que sea el lector quien se encargue de, éticamente, calificarlas moralmente.

La novela moderna se fija la implícita tarea de rescatar el instante que singulariza una vida, un destino. Me refiero a una escritura que sondea en los lugares que la historia desconoce y, sobre todo, deshecha; vidas que no son más que una anécdota para los poderes en juego: en Jugaremos a la guerra la capacidad de lograr singularizar las vicisitudes de unos personajes que hasta el presente solamente habían sido tratados en nuestra más reciente narrativa con un enfoque maniqueo reside en la eficacia del cambio de enfoque narrativo, pues aquí el soldado deja de ser un objeto para convertirse en un ser humano que padece la crueldad de una guerra.

Debo confesar que al principio el prejuicio de que «debe ser otro testimonio inventado sobre guerrilleros buenos y soldados malos» casi me gana, pero al dejarme llevar de la mano por la habilidad del narrador para ir dando luces sobre las distintas peripecias de un soldado colombiano metido en los auténticos escenarios donde la confrontación continúa dándose me llevé una sorpresa al encontrarme con selvas impenetrables y pantanosas, el peligro de las serpientes venenosas, las espantosas enfermedades tropicales que desfiguran el cuerpo —como la leishmaniasis o la malaria—, desequilibrios mentales y, ahí a bocajarro, la frágil duración de una amistad, la diaria preparación para el dolor ante los golpes continuos de la muerte.

Difusos colores

También me sorprendieron los difusos colores con que a los amigos —o a los enemigos— se les suele distinguir en un escenario de horror, donde un camino desaparece en la noche después de una lluvia y, al igual que en Joseph Conrad, el grávido viento de un páramo o las lentas y hostiles riberas de un río tropical pasan a convertirse en un territorio que carece de fronteras, ya que la guerra es una realidad que se basta a sí misma devorada por esos sonidos, esos temporales, esos pájaros agoreros.

Un soldado deja de pertenecer a la sociedad donde nació, pues al ser sometido a una jerarquía como la militar con sus normas internas de obediencia, el estar afuera de esa jerarquía, de esos valores, el intento de regresar a la realidad urbana es causa para él de un inevitable desencajamiento mental, donde la ausencia de lo que llegó a amar se convierte en un silicio. Pero es desde este lugar que solamente puede acreditar la ficción donde se hace posible el encuentro de los amantes que la continuidad de la guerra nunca volverá a unir.

Salomé Campanario, quien crece y enfrenta su destino sin pedir ayuda a nadie, se entrega con cierta avidez a la tarea de desenvolver los hilos que la sitúan en un continuo presente y transforman su ruta vida en una pregunta permanente, se constituye en un elemento que en la trama narrativa les otorga un verdadero significado a estas vidas anónimas en el polvorín de los extramuros urbanos.

Tercera persona

Todo esto lo relata el autor por boca de una tercera persona, que mantiene una distanciación necesaria: no es juez y por eso no condena, ni es el dueño de la voz del relator, de manera que la variada y caudalosa cantidad de detalles, de sentimientos personales, de objetos y sonoridades, le permiten al público lector entrar en las historias para identificar unos caminos de vida, como la trayectoria de Salomé —una niña huérfana que vive en un orfanato mientras busca trabajo—,en medio de un barrio con una topografía movediza, donde el delito es una inevitable forma de vida; su paso por el innombrado burdel donde debe vivir , retratan la diáspora permanente de quien ante las nuevas economías sabe que la trashumancia es de ahora en adelante su único destino.

Dije «innombrado burdel» porque la voz que relata este devenir existencial no califica moralmente a nadie y porque, como en los Muchachos de la calle de Pier Paolo Pasolini, para Salomé no cabe la posibilidad de un arraigo, de una identidad permanente; únicamente el recuerdo del porvenir o la imagen de un ser amado refrendado por la presencia de una sentimentalidad.

Este es, pues, otro aporte importante de esta novela: la sentimentalidad, gracias a la cual los sentimientos triunfan en la escritura sobre las falsificaciones de la historia.

*Referencia bibliográfica 1. Vergara Aguirre, A. (2018). Jugaremos a la guerra. Editorial Universidad de Antioquia

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