Compañero, compañero: prosigue tu marcha y canta. Luis Carlos González Mejía. Prefiero pensar que se fue a emprender el extenso viaje al asteroide de su querido Principito y su flor, con la cual siempre soñó.
Alberto Antonio Berón Ospina
José Fernando Marín Hernández (Pereira, 17 de enero de 1950-Pereira, 3 de julio de 2026) fue un actor de la vida cotidiana. Su historia de caminante y lector comenzó a moldearse durante la infancia, entre las excursiones de los Scout, que modelaron su sensibilidad por la naturaleza, así como en la biblioteca de la casa, donde se hizo lector durante los años cincuenta y sesenta. Sus padres fueron Milcíades Marín, un funcionario del sector oficial, coleccionista de estampillas y lector voraz, y su esposa, Aura Hernández. La pareja supo entender que el temperamento de su hijo poco encajaría en las rígidas estructuras de la vida escolar; por eso, desde niño, la biblioteca del hogar se convirtió en el referente imaginario de lo que sería su futuro programa radial La Buhardilla.
A su vez, el paso de la adolescencia a la juventud fue vivido por José Fernando en las postrimerías de los años sesenta y los inicios de los setenta (fue atraído por el influjo cultural de Mayo del 68 en Pereira), cuando se inscribió en las clases de la profesora María Antonieta Mercuri, quien le abrió las puertas al universo del teatro. José Fernando fue uno de sus primeros discípulos y desde ese tiempo los secretos de la puesta en escena, así como la sensibilidad político-social, se insertaron en su vida.
En este sentido el andar de Marín discurre por el centro de Pereira, en medio de una temporalidad en la que la ciudad absorbía elementos de la cultura moderna en Colombia —rock, nadaísmo, Juegos Deportivos Nacionales, teología de la liberación se expresaban en distintos escenarios—, mientras referentes artísticos pereiranos como Lucy Tejada, Martín Abad, Alba Lucía Ángel, Alfonso Marín, María Antonieta Mercuri y Eduardo López Jaramillo contribuyeron a la transformación de su sensibilidad durante los años setenta, ochenta y noventa. José Fernando fue partícipe y testigo de ese período singular, poblado de expresiones artísticas y literarias celebratorias de la poesía en el Teatro Capri, con la presencia de poetas sobrevivientes de la Generación Española del 27; fabulosos salones de arte en la Sociedad de Amigos del Arte; discusiones acerca del cine de vanguardia en el Teatro Comfamiliar; puestas en escena en el subterráneo de Extensión Cultural de la Alcaldía de Pereira, así como la creación de una tradición de publicaciones literarias apoyadas por el municipio y el departamento. En suma, una Pereira sorprendente, la de esos años, nada provinciana, donde se gestó un mundo cultural movilizado por el apasionamiento artístico.
En los 80
Igualmente a inicio de los años ochenta, en una cafetería de nombre trivial, “Cositas Buenas”, situada en una calle céntrica, aparecían “gentes de letras”, “tertulias de café” que se reunían alrededor de una mesa. Algunos de sus asiduos alcanzarían reconocimiento en la ciudad y en el país, como el poeta Luis Carlos González, quien aparecía en horas de la tarde con su inconfundible corbatín; el periodista Miguel Álvarez de los Ríos, que conversaba emotivamente con Héctor Escobar acerca de algún poeta francés; Silvio Girón Gaviria, narrador y reportero de las tensiones sociales; o el fotógrafo Antonio Gallego, recién llegado de estudiar cine en la Argentina, entre otros. En una de esas mesas, donde se mencionaban más a Cortázar, el cine de Woody Allen y los pintores locales que las alusiones políticas, saludé por primera vez a José Fernando Marín.
Por otra parte le vimos encarnar múltiples personajes en la vida cotidiana, con la misma entrega absoluta. En los años ochenta se vistió con el ropaje de ecólogo, internándose por los caminos de piedra, detenidos en el pasado, que conducen a la laguna del Otún y a las tierras indígenas de Purembará. Los recorría a lomo de mula, cámara en mano, capturando la geografía de la región mientras dictaba talleres y conversaba con las comunidades locales. De aquellas travesías queda el recuerdo de una exposición fotográfica realizada a mediados de los años ochenta en la sala de “Fomento al Turismo” de Pereira.
El teatro
Así mismo asumió el papel de director teatral, metódico y apasionado, tanto así que en 1982, junto con Eduardo López Jaramillo, llevó a escena Teseo de Nikos Kazantzakis, con el Grupo de Teatro del INEM Felipe Pérez; en 1989 dirigió Hombre adánico con el grupo Terra Teatro, del que hacían parte Carlos Nicholls, Ana María Arenas, Alberto Berón y el propio José Fernando Marín. En los años noventa dirigió El retablo de Don Federico, inspirado en Federico García Lorca, con Reina Sánchez, Francisco Tejada y La Cometa Teatro; asimismo, La cantante calva, de Eugène Ionesco, con el grupo de teatro del Club Rialto, y, en 1998, trabajó nuevamente con Eduardo López Jaramillo en el colegio de Villa Santana en el montaje “El público”, de Federico García Lorca entre otras experiencias teatrales.
Lugares como el aula máxima de un colegio, la habitación de su casa del barrio Centenario, las manifestaciones populares, la cabina radial de la emisora Musicando Stéreo 94.7, allá a finales de los años noventa, y la Emisora Cultural de Pereira fueron su teatrino portátil, poblado por criaturas escapadas de textos literarios que detonaron su imaginación, como Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carroll, y El principito, de Antoine de Saint-Exupéry. Inspirado por las preguntas del solitario niño que habita el asteroide B-612 y de la pequeña Alicia en el jardín de la Reina de Corazones, José Fernando aprendió a vivir en la invención y el juego de la infancia, encarnando múltiples personajes en el mundo de los adultos.
Telecafé
Por otra parte en el año 2000, nuestras complicidades creativas dieron un nuevo giro. Me invitó a formar parte de una aventura televisiva para el canal regional Telecafé. El proyecto Pereira, crónicas históricas de Pereira, 1492 –2000, una serie documental en la que se buscó recrear, mediante el rigor del archivo visual y la magia del relato, el pasado de la ciudad que siempre amó. La producción hacía reconstrucciones históricas de distintas épocas con actores provenientes de los lazos de amistad y participación en la cultura local. En 2017, a través del libro Carné de caminante Memorias y relatos de una ciudad: Pereira 1950-1969 , eternizó esos gestos que poblaron su existencia, recreados en la memoria de la ciudad, en las jornadas del caminar y en las personas y acontecimientos que marcaron su vida.
Finalmente una última crónica, que tuve la oportunidad de escuchar de sus labios pocos días antes de su muerte, titulada “Con la niebla aparece un hombre gris”, recupera las observaciones que hizo del paisaje brumoso de su amada laguna del Otún. “Yo conocí a esos primeros campesinos que se refugiaron de la violencia de los años cincuenta, en ese alto valle habitado por frailejones, en la proximidad de los nevados. Fui su testigo”, me dijo. Nunca pensé que esa sería la última vez que estaría cerca de quien fue mi maestro y amigo durante 45 años. Fue precisamente gracias a su “dulce placer de no hacer nada” que José Fernando Marín pudo contribuir a la memoria de una parte del país e impactarla. Prefiero pensar que se fue a emprender el extenso viaje al asteroide de su querido Principito y su flor, con la cual siempre soñó.
Pereira, 20 de julio de 2026n


