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domingo, junio 26, 2022

Iván Ilich, la muerte de la escuela

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Gonzalo Hugo Vallejo Arcila

Un artículo reciente del psiquiatra Guillermo Carvajal (“La escuela murió y hay que cerrarla”), actualiza el debate sobre la (in) utilidad y (dis) funcionalidad de las instituciones escolares. Este educador señala que la escuela no es democrática y “sigue siendo la misma institución vertical, jerárquica y represiva que planteó la revolución industrial”. En su libro “Creando talentos. Respuesta a una escuela inoperante” Carvajal plantea que, además de ser inoperante, pertenece a otra época (“El currículo único fue inventado hace 200 años”). En esos lejanos y tediosos días, afirma, sólo primaba el imperativo categórico y la obediencia.

Vuelven así, los debates que sacudían las viejas estanterías escolásticas de los años 60 y que denunciaban el papel obsoleto, inútil, lento e ineficaz de nuestro aparato educativo al igual que la necesidad de demolerlo y sustituirlo por instituciones desescolarizadas más abiertas y democráticas. El pedagogo canadiense Marshall Mc Luhan (“El aula sin muros”, 1964), hablaba sobre los medios de comunicación convertidos en verdaderos padres de nuestros muchachos (“El medio es el mensaje”); vaticinaba el papel de las tics en el mundo educativo; acuñaba los términos “sociedad de la información” y “aldea global” y se adelantaba a los postulados pedagógicos de una ciudad educadora y de una educación ciudadana.

 

Enajenación

El educador británico Everett Reimer denunciaba el papel enajenador de la institución escolar y de los métodos de enseñanza a lo largo de la historia y analogizaba el mundo de la escolaridad con la función represiva y oprobiosa de las cárceles, los manicomios y los asilos. Proponía en su obra “La escuela ha muerto. Alternativas educativas” (1974), la emergencia de métodos de desescolarización y, desde la universidad de Puerto Rico abogaba por el uso de la tecnología educativa, las redes de oportunidades y personas y la reconversión pedagógica del docente como orientador de las necesidades e intereses de sus estudiantes y no como agente transmisor de una ideología deshumanizante, castradora y autoritaria.

Otros educadores se sumaban a esa pléyade de pedagogos críticos que reclamaba la llegada de “Una nueva era educativa”. Paul Goodman (“La deseducación obligatoria”, 1964); Philip H. Combs (“La crisis mundial de la educación”, 1968); John Holt (“Creciendo sin escuela”, 1972); Edgar Faure (“Aprender a ser. La educación del futuro”, 1972) y otros más (Paulo Freire, Jacques Ellul, Herbert Marcuse, Celestine Freinet, Henry Giroux, Alexander S. Neill y Jean Baudrillard). Todos, de una forma u otra, insistían en una educación flexible, abierta, protagónica, desescolarizada, democrática, autoformadora, y anti-represiva… No fue gratuito el apelativo de “pedagogos malditos” que recibieron muchos de ellos.

 

Anarquista

Uno de los humanistas más destacados, incomprendido, vilipendiado y sometido de manera injusta e inclemente a los vejámenes propios de quien está reseñado como anarquista e incluido en el índex pedagógico del siglo XX, ha sido el filósofo austriaco Iván Ilich. No nos detendremos a narrar los difíciles años de su niñez y adolescencia como judío, su vida trashumante por Europa y Norteamérica como sacerdote católico disidente, ni sus estudios de Histología, Cristalografía, Teología y Filosofía. Nuestra historia arranca en 1966, a sus 40 años, cuando ejerce su cargo de vicerrector en la Universidad Católica de Puerto Rico y es fundador del Centro Intercultural de Documentación CIDOC en Cuernavaca, México.

Durante 10 años el CIDOC fue, además de ser un centro lingüístico misionero que seguía las orientaciones de Juan XXIII, un escenario reflexivo donde se discutía la misión de la Iglesia Católica en América Latina al tenor de los postulados del Concilio Vaticano II promulgados en 1959, al igual que las trampas ideológicas del progreso y el desarrollo impuestas por el neoliberalismo y los Estados victoriosos de la posguerra. En los recesos de los seminarios, “tomando un café o caminando bajo las sombras de jacarandas y tulipanes”, se veía dialogando a intelectuales de la talla de Paul Goodman, Erich Fromm, Peter Berger, Paulo Freire, Sergio Méndez Arceo y otros personajes de renombre internacional.

De las discusiones que se llevaron a cabo, surgieron los Cuadernos de CIDOC y los primeros libros (“panfletos”) publicados por Iván Ilich en la década de los 70: “La sociedad desescolarizada”, “La convivencialidad”, “Energía y equidad”, “Desempleo creador”, “Alternativas”, “Juicio a la Escuela” y “Educación sin escuelas”. Como era lógico, las invectivas de los burócratas de la Iglesia Católica y del gobierno mexicano de Luis Echeverría no se hicieron esperar y fue así como el CIDOC cerró sus puertas. Pero la huella indeleble quedó allí rubricada para siempre en la memoria de los hombres y las mujeres libres de América. Un año después, Iván Ilich renunciaba a sus votos sacerdotales.

 

Periplo evangelizador

Iván Ilich comienza su largo periplo “evangelizador” por Europa y entroniza en aquellos escenarios académicos, además del culto a la palabra radical, insurgente y libertaria, su pedagogía crítica y sus ansias incontenibles y abiertas por deconstruir la escuela. No ocultaba en sus pláticas su desprecio por la medianía ética y la estupidez de sus contradictores. Podía ser un hombre cordial y persuasivo, pero brutal y corrosivo con sus detractores. Intelectual hiperactivo, políglota, ciudadano del mundo, sabio cosmopolita, nunca escondió su pasión por la universalidad del saber al tratar temas religiosos, sociales, políticos, culturales y educativos que generaban controversia y producían urticaria.

La corriente anti-escuela promovida por Iván Ilich, la educación como práctica de la libertad promulgada por Paulo Freire, los aportes de Antón Makárenko, Célestin Freinet, los pensamientos libertarios de Alex S. Neill y los enfoques personalizados de la pedagogía española, fueron elementos de contrastación y de crítica que permitieron interpelar a la escuela, a sus estamentos y a su institucionalidad e intentar, a su vez, una serie de respuestas con las cuales configurar un pensamiento pedagógico alternativo. Fue así cómo se introdujeron metodologías participativas, muchos elementos propios del constructivismo y con ellos, el predominio de los procesos participativos sobre los contenidos cognitivos.

Iván Ilich y el clan pedagógico anarquista de los 70, hablaron de la muerte de la escuela racionalista, promulgaron el advenimiento de un nuevo sistema escolar de auto-des-aprendizaje donde la inteligencia emocional y la actitud valórica serían la clave para acceder al mundo irredento de la sabiduría, la libertad y la felicidad. “El sistema escolar vive en la ilusión de que “la mayoría de lo que se aprende es resultado de la enseñanza”. Al igual que Marshall McLuhan, sostiene que en su mayoría, los aprendizajes se obtienen de manera casual y principalmente, fuera de la escuela considerada ésta, por Ilich, como el lugar equivocado para aprender habilidades y el menos adecuado para formar personas.

 

El pedagogo

Iván llich es considerado el padre de la educación desescolarizada, el pedagogo que condena de manera irreductible el sistema escolar y la escuela caracterizándola como “una institución pública que ejerce funciones anacrónicas que no se ajustan a la velocidad de los cambios y sólo sirven para dar estabilidad y proteger la estructura de la sociedad que las produjo”. Con su famoso texto: “La escuela, esa vieja y gorda vaca sagrada: en América Latina abre un abismo de clases y prepara una élite y con ella el fascismo” (l968), se inicia una serie de trabajos educativos con los cuales Iván Illich formula una violenta crítica a la escuela que, según él, es centralizada, burocrática, rígida, oprobiosa, injusta y desigual.

“La sociedad desescolarizada”, su obra más importante, cumple 50 años de ser publicada. En ella nos habla de la inviabilidad de la educación universal. Su importancia radica en que ha abierto una discusión secular sobre el papel de la educación en una sociedad mercantilista como la nuestra donde la escuela se convierte una industria de empleos, una fábrica de salchichas enlatadas (Pink Floyd), una gigantesca oficina donde se maneja una frondosa y peligrosa burocracia y el diploma, un producto que legaliza pero no legitima ningún tipo de aprendizaje, resultado éste, de un tedioso y tortuoso proceso de enseñanza que se evidencia a través de abrumadoras pruebas hechas en esa sala de torturas que es el aula de clase.

El derecho a aprender se ve restringido por la obligación de asistir a la escuela. Escolarización y educación son dos conceptos antinómicos. Todos hemos aprendido la mayor parte de lo que sabemos fuera de la escuela. La desescolarización es un movimiento que pide la desaparición de la escuela, una reacción radical y contestataria al mito de la escuela como institución que educa. Iván Ilich sentó un precedente histórico que permitiría pensar una escuela más atenta a las necesidades y desafíos de su entorno, a la realidad de sus estudiantes y al aprendizaje efectivo de contenidos educativos relevantes y útiles para la vida en sociedad. He aquí pues, la importancia de su legado insurgente.

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