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lunes, agosto 8, 2022

Introducción a la obra de Morin en su centenario

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Jorge Emilio Sierra Montoya (*)

“Homenaje a la vida y obra de Edgar Morin”: Éste era el nombre que congregaba, en el Teatro José Consuegra Higgins de la Universidad Simón Bolívar de Barranquilla -USB- (Colombia), a numerosos profesores y estudiantes de diferentes centros de educación superior de nuestro país, así como a expertos en la teoría del Pensamiento Complejo, cuyo autor, el ya mundialmente célebre pensador francés, estaba presente, de cuerpo entero, al iniciar una gira que luego lo llevaría a Cartagena, en la Universidad Tecnológica de Bolívar; a Medellín, en la Universidad de Antioquia, y finalmente a Bogotá, en la Fundación Santillana, donde el gobierno nacional le impondría la Cruz de Boyacá por sus invaluables aportes a la educación y la cultura universales.

Se trataba de un foro universitario. Que se prolongaría durante tres días, del 7 al 9 de septiembre de 2009, en desarrollo de la Cátedra José Consuegra Higgins, recién inaugurada en la USB con bombos y platillos.

El programa era amplio. Con un grupo de conferencias sobre el Pensamiento Complejo, desde perspectivas tan diversas como la educación y la civilización o la ética en su sentido moderno, relacionado con la Responsabilidad Social Empresarial y Universitaria, pasando por algún panel con investigadores y pedagogos, hasta llegar a un conversatorio de Morin con niños y jóvenes, para concluir con la entrega del Doctorado Honoris Causa al ilustre invitado, de quien estaban previstas varias intervenciones que generaban de antemano enorme expectativa entre los centenares de asistentes.

Puerta de entrada

En ese programa, realizado en jornadas de mañana y tarde, se destacó particularmente la exposición de Adelino Braz, Agregado para la Educación y la Cultura de la Embajada de Francia en Colombia, doctor en Filosofía de la Universidad La Sorbona de París, formación académica que le permite moverse con confianza en las honduras del Pensamiento Complejo.

Su ponencia fue como la puerta que debemos cruzar para ir tras las huellas de Morin en su histórico paso por América Latina, donde incluso, con cerca de noventa años encima, se dio el lujo de bailar mapalé y cumbia en La Cueva, el pintoresco bar que décadas atrás reunía en La Arenosa a Gabriel García Márquez, Álvaro Cepeda Samudio y Alejandro Obregón, entre otros escritores y artistas colombianos de dimensión universal.

Braz nos dio las claves para la cabal comprensión de Morin, su coterráneo al igual que Descartes, Rousseau, Bergson, Maritarin…, para sólo citar algunos de los más prestigiosos pensadores franceses, entre quienes el autor de El Método ya cuenta, al parecer, con un puesto de honor reservado en la historia.

Claves para entender a Morin. O pistas para no perderse en el camino…

“Una verdadera revolución”

Según Braz, el aporte de Morin al pensamiento contemporáneo representa una nueva revolución copernicana, que no es poco decir. Algo similar, entonces, a la proeza de Kant, cuando puso al sujeto como centro del conocimiento en lugar del mundo exterior captado a través de los sentidos, igual que el sistema de Copérnico rompió con el geocentrismo para concluir que el sol no gira alrededor de la tierra (como los sentidos nos lo sugieren a diario) sino que, a la inversa, ésta gira en torno a aquel, cosa que sucede en realidad.

“Es una verdadera revolución”, insistió mientras aclaraba que lo es no sólo por dar un salto cualitativo sino, sobre todo, porque implica una vuelta completa sobre sí misma o una completa inversión, que es el sentido tomado de la astrofísica.

En efecto, explicó que Morin invierte por completo la perspectiva sobre la relación que tenemos con el saber, el conocimiento y, en especial, el conocimiento científico, del que no tarda en identificar los problemas que es preciso resolver.

De hecho, la ciencia actual nos ha permitido lograr avances significativos, con su creciente especialización en las áreas del conocimiento, para beneficio del hombre, pero la misma especialización es un grave problema al separar o disociar a cada disciplina de las demás.

“Por eso los médicos no saben nada de filosofía”, observó en tono crítico, con la mirada puesta en lo que podríamos llamar la piedra angular del Pensamiento Complejo.

Peligros de la especialización

A medida, pues, que la ciencia se especializa -o superespecializa-, los campos del saber se separan entre sí, se alejan y, a fin de cuentas, en lugar de generar más conocimiento, nos conducen a un mayor desconocimiento o, si se quiere, a cierta “cultura de la ignorancia”, no a la sabiduría que debería alcanzarse.

Tenemos, por tanto, un conocimiento fragmentado, parcial, reducido, fruto de la especialización que se ha impuesto en el sistema educativo, universitario, con funestas consecuencias como el propio riesgo de nuestra supervivencia en el planeta.

¿Por qué? La razón es obvia: la citada fragmentación del conocimiento o disociación de saberes se traslada al plano ético, de la vida práctica, sin quedarse en el plano teórico, especulativo.

“Cualquier conocimiento mutilado sólo puede generar acciones mutiladas” es -recordó Braz- el principio básico en tal sentido de Morin, quien menciona al respecto las actuaciones indebidas, peligrosas, arriesgadas, en materia ambiental, donde se pone en juego la continuidad de la vida.

“De ahí que Morin proponga, a partir de una visión multidimensional de la realidad, la estrecha relación entre los conocimientos, con lo cual mejora nuestra manera de actuar en el mundo”, subrayó.

De lo simple a lo complejo

Como es fácil deducir de lo anterior, esa perspectiva del conocimiento va en contravía de la tradición clásica, en especial aquella que viene desde Descartes, quien buscaba la verdad por medio de ideas claras y distintas, las mismas que le permitieron superar la duda metódica, principio de la ciencia moderna.

Una idea clara es la que está presente a mi espíritu, o sea, de la que soy consciente, mientras la distinción alude a la capacidad de conocer su causa. “Pienso, luego existo” es la primera de esas ideas que el filósofo enmascarado, al decir de Leroy, descubre tras su angustioso viaje interior que echa por tierra toda forma de conocimiento, tanto sensible como de las verdades matemáticas.

Así las cosas, el método cartesiano avanza hacia lo simple, hacia principios sencillos, elementales, rechazando de antemano lo complejo, al que se tiende a identificar con lo confuso y opuesto, en consecuencia, al conocimiento verdadero, científico.

Para Morin -agregó Braz-, la búsqueda de principios sencillos lleva a la fragmentación en las áreas especializadas a que arriba nos referimos, dejando a un lado lo complejo que no sólo es la realidad sino que nada tiene que ver con lo confuso.

Rumbo a la complejidad

“Hay que abordar la complejidad por ella misma, acabando con la obsesión de fragmentarla y, por ende, fragmentar la realidad, para llegar a lo sencillo”, observó al tiempo que analizaba el sentido etimológico de la expresión, el cual se remonta a su origen latino -complexus- con su doble significado que alude, en forma simultánea, a la distinción y a los elementos que reúne como si fuera un conjunto en sentido matemático.

Si no hacemos esto, nunca podremos conocer la realidad, que es compleja.

El hombre, por ejemplo, es un ser complejo: su autonomía y orden conviven en él con el desorden y la falta de autonomía; tiene aspectos positivos, pero también negativos, y, si bien es racional -para citar la primigenia definición aristotélica-, es igualmente irracional, con emociones y pasiones, las cuales lo sitúan en el terreno de la locura, de la sinrazón.

¿Cómo no tener en cuenta -se interrogó Braz- dichos antagonismos, característicos de la realidad en sus múltiples manifestaciones, a la hora de establecer los valores que nos sirven para actuar en forma sensata, objetivo último de la moral o la ética desde tiempos inmemoriales?

Con razón, insistió en que el propósito de la moral es ético, sobre el actuar del hombre en el mundo, más allá de lo estrictamente epistemológico, como pudiera pensarse a simple vista.

“Si queremos actuar con sensatez, hay que tomar en cuenta las dos partes del hombre”, precisó.

Los principios de El Método

En el homenaje a Edgar Morin en la Universidad Simón Bolívar de Barranquilla, Adelino Braz prosiguió su recorrido, sin pausa. Y dijo a la audiencia, en un buen español con su típico acento galo, que las tesis expuestas (en el artículo anterior) son desarrolladas por Morin en los seis tomos de su obra cumbre: El Método, cuyo título sugiere, de modo explícito, su afán de superar a Descartes, quien abrió las puertas de la filosofía y la ciencia modernas con su muy popular Discurso del Método, escrito hace cerca de cuatro siglos.

El primer tomo -señaló- es de carácter epistemológico, sobre la mencionada reforma del conocimiento, esta vez con un elemento nuevo, digno de consideración: la enunciación de los tres principios que se aplican a cabalidad en los diferentes campos del saber y de la vida, de las ideas y de la práctica, que aparecen en los cinco tomos siguientes.

En primer lugar, el principio recursivo, el cual implica la necesidad de considerar siempre juntos, no aislados de acuerdo con la tradición clásica, los principios de causa y efecto; en segundo lugar, el principio dialógico, según el cual los fenómenos nunca están separados aunque sean opuestos y, por último, el principio hologámico.

Morin aplica tales principios a la vida y al ser, a las ideas, al conocimiento en sí, a la cuestión de la identidad y, finalmente, a la ética, de nuevo porque su objetivo postrero -recalcó Braz- es reformar el pensamiento para que podamos actuar o vivir mejor.

De la teoría a la práctica

“El objetivo de El Método es ético y político”, sentenció mientras admitía, con un ligero vistazo a la historia de la filosofía en Occidente, que en esto coincide bastante con el salto de Kant desde la razón pura hasta la razón práctica, el cual pareciera servirle de modelo.

Ahí, sin embargo, no terminan las agudas reflexiones del pensador francés. No. ¿Cómo reformar el pensamiento -se pregunta, según Braz-, de manera que podamos llegar a la propuesta reforma de la acción, a una nueva ética, con base en el nuevo concepto de la complejidad y la aplicación de sus principios?

Este paso, de veras trascendental, no es posible sino por medio de la educación y, por consiguiente, de su reforma, una auténtica reforma educativa, la cual trasciende el equivocado camino de la especialización, del conocimiento fragmentado o mutilado de una realidad compleja en sentido estricto, que genera, a su vez, acciones mutiladas.

“Es acá donde aparece la segunda dimensión de su pensamiento, que es muy importante”, afirmó el conferencista en un lugar propicio, académico, universitario, donde dichos criterios han causado entre nosotros una verdadera revolución en las últimas décadas.

Veamos en qué consiste.

Hacia la nueva educación

La educación no debe formatear a los hombres, anotó Braz al acuñar una expresión que está de moda en el mundo de los computadores, como si la formación profesional sólo tuviera como propósito sacar técnicos en serie, con un mismo modelo, a la manera de simples máquinas, no de seres humanos.

La educación tiene, por el contrario, que dar a cada persona las herramientas necesarias para ser autónomos, concepto que, si bien tiene raíces kantianas, se relaciona también con la solidaridad, siendo dos nociones inseparables a pesar de su aparente antagonismo.

“Para ser autónomo, tengo primero que estar en paz con los demás”, agregó.

Más aún, esta concepción de la educación se remonta igualmente a la tradición filosófica, por ejemplo a Montaigne, para quien “es mejor una cabeza bien hecha que bien llena” (llena de la simple acumulación de conocimientos), pues lo fundamental es que el alumno aprenda a pensar por sí mismo, con la debida autonomía, pero en bien de sus semejantes, que es la solidaridad.

Y hay que educar al hombre, además, para la ciudadanía, para que sea un buen ciudadano, acaso con el auténtico espíritu cívico que se invocaba en Grecia cuando apenas despuntaba la democracia en la historia de la humanidad.

¿Por qué? Resulta apenas obvio: no estamos solos en el mundo sino siempre en relación con nuestros semejantes, es decir, poseemos aquella naturaleza social descrita por Aristóteles (“el hombre es un animal político”, recordemos) y por la sociología contemporánea.

Formación del Pensamiento Complejo

Hay que educar, por último, sobre el Pensamiento Complejo, sobre los aspectos antagónicos y hasta contradictorios que coexisten en cada ser humano, no tanto para oponerlos como para reconciliarlos, para que confluyan y den lugar, por qué no, a un nuevo hombre, al nuevo humanismo, exigido incluso por los tiempos que corren en forma acelerada.

En ese contexto, el hombre descubre su identidad planetaria, con un destino común para todos, que nos conduce finalmente a una cuestión práctica, desembocando una vez más en el terreno ético, de los principios y valores morales que deben regir la conducta humana.

En síntesis, la reforma del conocimiento implica una reforma de la acción, del obrar, de la vida práctica, pero eso no es posible sin la reforma de la educación, hacia la que Morin enfila sus baterías, recurriendo a su condición docente, de maestro que ha sido durante su ya larga existencia, rumbo a los cien años de edad.

Las universidades, en particular, serán el blanco de sus ataques. Al fin y al cabo es allí donde se educa, donde se imparte la formación profesional más avanzada, donde se ofrecen las especializaciones que puso en tela de juicio desde un principio.

Braz se dirigía entonces, siguiendo la reflexión de Morin, a las aulas universitarias, en las que paradójicamente estaba haciendo su exposición en medio del creciente interés de profesores y alumnos, quienes de hecho se sentían aludidos.

Contra la universidad fragmentada

Ahora bien, las universidades actuales, como existen hoy, están divididas en departamentos o facultades, según el modelo adoptado desde Humboldt por las universidades alemanas, el cual fue replicado a lo largo y ancho del planeta.

Tal división, en la práctica, lo es del conocimiento, o sea, se separa -o disocia- los diversos campos del saber, como si la realidad estuviera igualmente dividida, mutilada. ¿Y cuál es el resultado? Salta a la vista: el hombre, que es quien conoce, termina siendo mutilado, separado, dividido, como expresión de la deshumanización que engendra esa formación educativa, universitaria.

Por ello -concluye Morin, según la interpretación de Braz-, se requiere una reforma de fondo, estructural, de la educación superior, de las propias universidades, sin que en éstas se dé la división radical entre departamentos o áreas del saber, a pesar de las ventajas que tienen igualmente las especializaciones.

Es ahí donde aparecen los conceptos de interdisciplinariedad y transdisciplinariedad, consecuencia lógica de relación entre las disciplinas (o saberes), lejos de que cada una continúe por su lado, con independencia absoluta, la cual nunca podrá darse por más que se pretenda hacerlo.

Un fenómeno social, verbigracia, siempre tiene elementos científicos que nunca podrán ser considerados, en sentido estricto, mientras no los veamos en su dimensión social. Ni se deben establecer, por ende, barreras infranqueables entre las ciencias físicas, lógicas o naturales, y las ciencias sociales o humanas, para decirlo en otros términos, bastante comunes en los círculos académicos.

En la tradición filosófica

La transdisciplinariedad, en fin, supera a todas las disciplinas y está, por igual, en cada una de ellas, añadió Braz luego de aceptar que la idea en cuestión, habitual en medios universitarios (pensemos en los estudios interdisciplinarios), no es original de Morin, igual que muchas otras.

Como no lo es -aclaró- la reforma del conocimiento, que viene desde Platón; ni sobre los aspectos antagónicos del hombre, concepción que se remonta hasta Kant, Hegel y Nietzsche; ni nociones similares que forman parte de la problemática del mundo actual, abordada sin embargo desde su muy singular punto de vista.

Morin no es un pionero de la interdisciplinariedad, pero es como si lo fuera.

(*) Filósofo de la Universidad de Caldas y Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua.

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