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martes, febrero 7, 2023

II Domingo de Adviento Ciclo A, Evangelio según San Mateo 3, 1-12

Por aquellos días, Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea, predicando:

«Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos».

Este es el que anunció el Profeta Isaías diciendo:

«Voz del que grita en el desierto:

“Preparad el camino del Señor,

allanad sus senderos”».

Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre.

Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y de la comarca del Jordán; confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán.

Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizara, les dijo:

«¡Raza de víboras!, ¿quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente?

Dad el fruto que pide la conversión.

Y no os hagáis ilusiones, pensando: “Tenemos por padre a Abrahán”, pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras.

Ya toca el hacha la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé buen fruto será talado y echado al fuego.

Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí es más fuerte que yo y no merezco ni llevarle las sandalias.

Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.

Él tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga».

 

Reflexionemos juntos

Estamos en Adviento. La Palabra de Dios de la liturgia de este domingo nos acerca a dos personajes importantes: Isaías y Juan el Bautista.

Isaías nos trae un mensaje de esperanza.

Una mirada a nuestro mundo, que sufre, nos hace pensar que más que nunca necesitamos abrir nuestro corazón a la esperanza.

En el momento que estamos viviendo actualmente, necesitamos escuchar que llegará un día en que no habrá más guerra entre los habitantes de la tierra y que brillará el entendimiento entre las naciones. Que los signos de vida serán más fuertes que los signos de muerte y desolación.

Será buena noticia que alguien nos diga que no existirán la revancha ni entre las personas ni entre los pueblos, que brotará el diálogo y la comprensión. Que nadie pasará hambre, sed o carecerá de recursos para vivir con dignidad. Que todos tendrán trabajo y se repartirán las riquezas. Que nadie tendrá que salir de su tierra para buscar una vida digna. Que reconoceremos a todos los seres humanos como verdaderos hermanos. Que a nadie se le cerrarán las fronteras y se le llamará “sin papeles”.  Que todos tendremos acceso a la educación, al trabajo, a la sanidad y a la vivienda. Que volveremos a respirar aire puro y que se regenerará la capa de ozono y la lluvia volverá a regar la tierra para que siga brotando hierba verde en el campo y germinen a su tiempo las cosechas, que los ríos y los mares estarán llenos de vida…

Pero, ¿quién podrá dar crédito a todo esto? La historia, que se repite una y otra vez y que es testigo del sufrimiento de la humanidad, nos podría gritar que anunciar esto es crear una falsa esperanza.

Podría pensarse que se trata de un programa político, de esos que se hacen para no cumplirse.

¿Qué nuevo Isaías se podría levantar entre la gente hoy para mover los corazones a la esperanza? Y sin embargo la Iglesia, los cristianos, seguimos confiando en un futuro mejor. Un futuro que no puede poner sus cimientos solamente en la bondad natural del ser humano, sino en el Dios Padre que Jesús nos anuncia en el Evangelio. Un Dios que nos ama y que, aunque nos olvidemos de creer en Él, sigue creyendo en nosotros. Un Dios al que pedimos cada día “venga a nosotros tu Reino”.

Por eso seguimos celebrando un año más el Adviento. Tiempo de espera y esperanza. Esperanza que la Iglesia, como Isaías, se empeña en seguir sembrando, contra corriente, en el mundo y en el corazón humano. Jesús de Nazaret, el Jesús de las Bienaventuranzas y del mandato nuevo del Amor es el motivo y el centro de nuestra esperanza.

Y con el Adviento, también de la mano de Juan el Bautista, nos llega la constante llamada a la conversión. Que no es la invitación a un cambio estético, epidérmico, sino convocatoria urgente a un cambio en el corazón de cuantos nos llamamos creyentes en Jesucristo, que sigue haciéndose presente entre nosotros en la celebración del misterio de la Encarnación, en su Natividad. Acontecimiento que nos sigue hablando de la implicación y el compromiso de Dios en la vida y la historia de la humanidad y de cada uno de nosotros.          

El proceso de conversión comienza cuando, a pesar de nuestras limitaciones, nos hacemos conscientes del amor incondicional de Dios, que es quien más y mejor nos conoce y quien más y mejor nos ama. Experimentar la ternura de Dios es lo que puede ablandar de verdad nuestro corazón.

Solamente desde la experiencia de la conversión, la llamada de la Iglesia en el Adviento a vivir en clave de esperanza no nos olerá a propaganda vacía, sino a buena noticia. Quienes escuchaban a Juan recibían el bautismo de agua, señal de arrepentimiento y de penitencia. Nosotros hemos recibido el bautismo de Espíritu Santo, que nos lleva a alabar gozosos a Dios con nuestra vida.

Para estar informado

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