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viernes, diciembre 2, 2022

Hacia una pedagogía del deseo y la gestión emocional

Gonzalo Hugo Vallejo Arcila

La cultura occidental inmersa en sus códigos globalizantes y neoliberales, al incentivar y acelerar el desenfrenado consumo de bienes materiales, culturales y tecnológicos, activa dispositivos y protocolos basados todos ellos en lo que se ha denominado “la esencia litúrgica y vital del deseo”. Vemos a través del caleidoscopio de nuestra frenética y tóxica cotidianidad, cómo nuestra vida transcurre entre satisfacciones adictivas, codependencias y ansiedades frustrantes. En ese engranaje necesidad – deseo – satisfacción – consumo, pareciese que no hubiera lugar para la felicidad, sólo para la angustia y la insatisfacción.

Entronizar una pedagogía del deseo y la gestión emocional implica aprender a conocer la forma cómo debemos canalizar las fuerzas generadoras del anhelo y hacia dónde debemos dirigir nuestros inciertos pasos para satisfacerlo encaminándolos hacia la realización de nuestro programa de vida que implica el reconocimiento y aceptación de la otredad a través de percepciones y sentimientos que facilitan y fortalecen la convivencialidad. Para lograr implementar dicho proyecto se parte de la premisa de que la vida es la mejor escuela. Cuando en ella no se aprenden sus aleccionadores mensajes, de nada sirve la vida y, por ende, de nada sirve la escuela.    

Sin interés

La apatía, esa pérdida del interés y motivación, es una psicopatología que consiste en la carencia del impulso interno (el “elam vital”), lo que conlleva la pérdida de nuestra curiosidad y de esa incapacidad de asombro que se traduce en una falta de interés por nosotros mismos y por el mundo y una inapetencia para actuar, cambiar e innovar. Cuando la fuerza interior provocada por nuestros deseos insatisfechos languidece, la ansiedad se desborda volviéndose ingobernable y termina manejando nuestras riendas volitivas enajenando nuestra mente. A través de nuestras obseso -compulsiones pretendemos develar fallidamente ese “oscuro objeto del deseo”.

Es así como terminamos intoxicando nuestra psiquis y atentando contra nuestra salud física, mental y espiritual. Vemos entonces, cómo se impone ese falso prejuicio de creer que la única vía para conseguir la satisfacción de nuestros deseos es a través de la violencia, el consumismo o la depredación. Irrumpe, de esta forma, la parte más primaria de nuestro ser subyugando nuestra frágil estancia racio – emocional. Queda, de este modo, caracterizada la apatía, sentimiento que nos acorrala en una red de farsa y disimulo adormeciendo lo más íntimo de nuestro ser y restándonos el impulso y esa confianza tan necesarios para explorar, arriesgarnos y madurar.

No se trata de reprimir

No se trata de reprimir nuestros deseos acallándolos, luchando contra ellos, sino de reconvertirlos transformando y liberando de la mejor forma posible su potencialidad diluyéndolo en el torrentoso flujo de nuestra existencia con su caudaloso cúmulo de posibilidades y probabilidades de ser y hacer. Quizás el secreto para sobrevivir, decía alguien, estribe en “desear más y esperar menos”. Las emociones son una forma de energía en constante transformación que se expresa a través de nuestros comportamientos que viabilizan nuestros pensamientos. Al reconocerlas. se hace más fáciles de gestionar porque pasan a la parte consciente de nuestra mente.

Cuando intentamos desarrollar esa capacidad de saborear la riqueza expresiva y diversa de nuestro lenguaje emocional surge entonces la “Ecología Emocional”, término que tomó forma y vida en el año 2003 cuando fue acuñado por los psicólogos españoles Jaume Soler y M. Mercé Conangla, en un libro cuyo subtítulo lo dice todo: “El arte de transformar positivamente las emociones”. Su significado e importancia radica en la búsqueda de diferentes formas de administrar y gestionar de manera sostenible y efectiva nuestros bienes interiores para que nuestra energía socio – afectiva no la despilfarremos y ésta pueda fluir e interactuar

Ecología emocional

Este podría ser decálogo de la Ecología Emocional que se efectiviza a través de un pacto por la convivencia tolerante: Ley de la diversidad y riqueza de afectos (de su caudal depende nuestra estabilidad emocional). Ley de la interdependencia afectiva (nadie es emocionalmente autosuficiente). Ley de la gestión ecológica del recurso afectivo (todos los seres vivos y sus recursos son limitados). Ley de la autonomía (ayúdate a ti mismo y todos te ayudarán). Ley de la prevención contra dependencias (no hagas por los demás aquello que ellos pueden hacer por sí mismos). Ley del boomerang (todo lo que haces a los demás, también te lo haces a ti mismo).

Ley del reconocimiento de la individualidad y la diferencia (no hagas a los demás aquello que quieres para ti, pueden tener gustos diferentes). Ley de la moralidad natural (no hagas a los demás aquello que no quieres que te hagan a ti). Ley de la auto – aplicación previa (no podrás hacer ni dar a los demás aquello que no eres capaz de hacer ni darte a ti mismo). Ley de la limpieza relacional (tenemos la responsabilidad de “limpiar” nuestros vínculos ficticios y tóxicos que dificultan nuestro crecimiento personal). Esta preceptiva nos permitirá avizorar horizontes de sentido hacia los cuales caminamos haciendo realidad nuestras frágiles utopías.

Concluiremos este breve ensayo pedagógico sobre la pedagogía del deseo y la gestión emocional recogiendo una célebre meditación del sabio Chögyam Trungpa, catedrático de Oxford y difusor del budismo tibetano en Occidente y del mito de Shambala (“La senda sagrada del guerrero”), un reino mítico oculto entre las montañas del Himalaya. Dice el maestro que, a veces resulta más cómodo vivir en la oscuridad que en la luz. La oscuridad ofrece un mundo cerrado y familiar donde es posible resguardarse y dormitar. En sus cavernas y selvas intrapersonales podemos sentirnos seguros repitiendo viejos esquemas de conducta y pensamiento.

Debemos salir al mundo y atrevernos, sin miedos, excusas ni corazas; irrumpir en esa abrupta dimensión intentando forjarnos recreando lo que somos y queremos ser. Nuestra capacidad de renuncia nos vuelve personas más flexibles y abiertas permitiendo que nuevos sentimientos e ideas lleguen a nosotros sin temerle a la soledad y al despojo. Somos como islas en medio de un lago: “barcos y viajeros van y vienen entre la costa y ella, pero esa actividad sólo expresa la soledad trascendente de la isla, su extrañamiento”. Por más que nuestra vida esté dedicada a ayudar a otros, la plenitud de esta experiencia es sólo nuestra y esa es nuestra verdad.

Es de esta forma cómo más amamos la vida y los seres que comparten con nosotros esta experiencia telúrica. Esa combinación de amor y soledad, esa “soledad compartida” es lo que nos permite tender nuestra mano a los demás. Al renunciar a nuestro falso egoísmo, descubrimos un macrocosmos más amoroso y pleno que permite la coexistencia del deseo como esa fuerza poderosa que nos da el impulso recóndito del vuelo y que debe utilizarse para hacer que las cosas sucedan. Nuestra vida transcurre entre el temer y el desear… la opción es nuestra. Los deseos son los que permiten que la magia suceda… “Somos lo que deseamos”.

gonzalohugova@hotmail.com

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