Hacia una filosofía latinoamericana

Jorge Emilio Sierra Montoya (*)

Ensayo de mi libro “Nuevas huellas en Academia de la Lengua”, publicado en Amazon para conmemorar este año el sesquicentenario de fundación de la Academia Colombiana de la Lengua (1871-2021) 

Recuerdos de Carpentier          

En “El reino de este mundo”, Alejo Carpentier describe una escena que bordea lo ridículo y naturalmente genera la leve sonrisa del lector: en Haití se lleva a cabo la representación de una ópera, donde varias voces cantan en forma simultánea, provocando el desconcierto de los oyentes y, en especial, de una humilde negrita que no sabe para donde coger. Escena, sí, que aún es usual en nuestros pueblos, como cualquiera de nosotros lo puede confirmar.

Se trata de ridiculizar la situación, claro está. O de hacer humor, que es esencial (para decirlo en lenguaje filosófico) al espíritu latinoamericano. Pero, también se puede concluir de ahí que esa negrita, quien de alguna manera representa a las mayorías populares de América Latina, no puede disfrutar las principales manifestaciones del arte europeo, del llamado arte universal, por falta de educación, de cultura, o por naturaleza, como si los negros no tuvieran oído para escuchar “la buena música” o, desde otro punto de vista, no actuaran correctamente al fastidiarse con cantos que ni les pertenecen, ni forman parte de sus tradicionales gustos musicales.

Así las cosas, lo dicho por Carpentier (quien se educó en Francia y era un reconocido melómano) conduce por otra vía, ya no en el plano literario sino en el filosófico y político, a negarnos la capacidad de hacer filosofía en Latinoamérica e incluso -para recordar la controvertida tesis de Hegel- la capacidad de pensar, de tener madurez intelectual, sobre todo por causas históricas, lejos de alcanzar el conocimiento obtenido tras muchos siglos por los pueblos más avanzados del planeta, liderados por Alemania.

Por cierto, esos supuestos sentaron las bases de la teoría nazi-fascista, pues las naciones sin tal capacidad, sin su cultura, sin su tradición, estarían llamadas a ser sometidas al servilismo, a la esclavitud, a la obediencia, según ideas que se remontan a Fichte, Nietzsche, Spengler y Pareto, hasta desembocar nada menos que en la Segunda Guerra Mundial.

Realismo mágico  

Carpentier, sin embargo, no llega a tales conclusiones. ¡Ni más faltaba que lo hiciera! Simplemente muestra la realidad que le rodea, la acepta y la valora; por momentos parece que ridiculiza más bien a la ópera europea, y a fin de cuentas descubre lo “real maravilloso” que es América Latina, a diferencia del viejo continente, de la muy desgastada cultura occidental a la que también pertenecemos.

Es preciso recordar, a propósito, que ahí está el gran hallazgo de Carpentier, quien nos explica en el prólogo a aquella novela cómo, luego de compartir él los enormes esfuerzos de los surrealistas franceses por torcerle el pescuezo a la razón, encontró que en Cuba, su tierra natal, se vive en medio de la fantasía, de la imaginación desbordante, de las cosas más absurdas, o sea, de lo que terminó identificándose como “realismo mágico” en la literatura latinoamericana, cuyo máximo exponente es García Márquez.

Pero, ¡vaya paradoja! Quienes han actuado en esta forma, los escritores que se han lanzado, sin la visión europeizante, a descubrir o redescubrir la fantástica dimensión de América Latina, han sido los únicos en superar los estrechos límites parroquiales y lograr el anhelado reconocimiento universal, la universalidad que antes nos negaban por principio y ha sido exclusiva de las manifestaciones culturales de España, Francia, Alemania, Inglaterra e Italia, cuando no de Estados Unidos.

Baste mencionar que Michel Foucault, en “Las palabras y las cosas”, inicia sus reflexiones con base en un cuento de Borges, otro autor latinoamericano que, a pesar de no pertenecer a la generación de que venimos hablando (es el más europeo de nuestros escritores, se ha dicho), comenzó su vida literaria con “Fervor de Buenos Aires”, dentro de la línea localista, pero universal, que a mi modo de ver debemos seguir en aras de llegar a una filosofía propia, auténtica, no importada, para que cada uno de nosotros sea filósofo en el pleno sentido de la palabra.

En el campo de las ciencias sociales sucede algo similar: no son pocos los economistas, sociólogos, historiadores y otros pensadores latinoamericanos que desde la década del sesenta defienden la autenticidad y reclaman el derecho de formular teorías y enunciados que respondan a nuestra realidad. La revista Desarrollo Indoamericano, vocera por excelencia de la Teoría Propia del Desarrollo en América Latina, es prueba de ello con los numerosos ensayistas que desfilaron por sus páginas durante cinco décadas.

Identidad cultural   

Por lo ya dicho, es evidente que hacer filosofía en América Latina sí es posible, con la dimensión universal alcanzada en la literatura; que nuestra filosofía también debe inspirarse en la realidad que nos rodea, buscando sus raíces más profundas, las cuales se extienden hasta las culturas indígenas precolombinas, y que en tal sentido hemos de trascender la simple repetición de teorías extranjeras, fruto históricamente (desde la época de la conquista) del colonialismo español, el eurocentrismo y el nuevo dominio norteamericano.

Por fortuna, tenemos una vasta tradición al respecto, sobre todo en los planos literario y artístico, que va desde Martín Fierro hasta el muralismo mexicano, desde Carpentier hasta Fernando Botero y García Márquez, desde Juan Rulfo y Octavio Paz hasta Pedro Nel Gómez.

O, para expresarlo en términos comunes a los años sesenta, hay que avanzar en la búsqueda de la identidad cultural de América Latina, entendida como el fundamento de una filosofía para nuestros pueblos, ante los cuales no podemos eludir la responsabilidad que nos tocó en suerte.

¿O qué hicieron en su momento los filósofos presocráticos, sino referirse a un mundo mítico, mágico, como el que nosotros aún tenemos? ¿O será que los alemanes se avergüenzan de poseer una filosofía alemana, los franceses una filosofía francesa y los ingleses una filosofía inglesa?

Debemos, en fin, construir una filosofía latinoamericana, fundada en los valores de nuestros pueblos, en la tradición histórica que se prolonga hasta los pueblos indígenas, en la fantástica realidad que a cada momento nos envuelve, en gestas sociales como la colonización antioqueña y en la exaltación de nuestros mejores hombres, los héroes locales que, al decir de Carlyle, han escrito la historia de la humanidad.

Sólo en nuestra identidad, en lo que tenemos de singular frente a los demás pueblos del mundo, alcanzaremos la universalidad que reclama, por principio, la actividad filosófica. He ahí el reto mayor al que estamos enfrentados.

Educación y ética

Pienso que los filósofos tenemos mucho que hacer en esta época, la misma que paradójicamente, a pesar del materialismo reinante, puede estar retomando nuestros principios, sin que muchos de nosotros -¡por estar dedicados a la lingüística, la lógica y la hermenéutica!- nos demos cuenta, ni actuemos en consecuencia.

En el mundo empresarial, por ejemplo, ya es lugar común aceptar que el principal factor de producción, por encima de los factores tradicionales (la tierra, en primer término), es el capital humano, en el que lo fundamental a su vez son los valores éticos, espirituales, que constituyen el pilar por excelencia de la productividad y la calidad, sin las cuales es imposible sobrevivir en la economía globalizada de hoy.

¿No tienen mucho que hacer ahí -me pregunto- nuestros filósofos? ¿Y en ese campo, en el de la adecuada capacitación para formar un óptimo capital humano, no debemos nosotros, como educadores, jugar un papel protagónico, recordando acaso las sabias experiencias que vienen desde la Academia de Platón y el Liceo de Aristóteles, hasta las teorías de Rousseau y Montesquieu, donde se inspira la democracia moderna?

Hay que valorar, entonces, la educación, el oficio que tenemos asignado por vocación; hay que redescubrir la dimensión espiritual del ser humano, pues la humanidad, en los inicios del tercer milenio de la era cristiana, está entrando en una etapa de alta religiosidad que es fácil confirmar en la proliferación de libros al respecto, y, ante la corrupción que nos azota en los países latinoamericanos, es preciso rescatar lo mejor de la filosofía moral, si bien desde Kant, dentro de la línea positivista que en él se originó, lo ético se ha pretendido dejar en un terreno subjetivo, como si sus normas no determinaran la existencia misma de la sociedad y del estado de derecho que, por fortuna, nos rige.

La filosofía moral, en síntesis, es un campo que debemos explorar, con el propósito central de enfrentar la corrupción y contribuir, como pensadores, a la construcción de países dignos, honestos, con las frentes en alto y las manos limpias, lejos de tenernos que avergonzar ante nosotros mismos y el resto del mundo.

Política y periodismo

De igual manera, hemos de abrevar -parodiando a Rafael Uribe Uribe- en las fuentes de la filosofía olítica. ¿O Platón no escribió “La República”; ni Aristóteles, “La Política”; ni los enciclopedistas franceses, auténticos filósofos modernos, levantaron los cimientos de la democracia liberal, cuyo precursor ideológico fue John Locke, otro enorme pensador inglés?

No podemos, por tanto, dejar a un lado la política, la Política en grande que ha sido tema de reflexión a lo largo de la historia de las ideas, por la sencilla razón de que nuestros pueblos la necesitan. Baste decir que la Constitución Nacional de 1991 propugna por una democracia participativa, no sólo representativa, que invoca nuestra condición de ciudadanos, de legislador primario, de soberanos en quienes reside el sagrado poder popular, y es evidente que los intelectuales estamos llamados, con esa responsabilidad de que hablaba Chomsky en plena guerra de Viet Nam, a participar en dicho proceso.

Por último, están el periodismo y la literatura. El primero, para que nuestro lenguaje, por especializado que sea, esté al alcance del público en general, cumpliendo la citada misión educativa en países con elevadas tasas de analfabetismo cultural, y la segunda, por lo sugerido al abrir este ensayo: la literatura, como la creación artística en su conjunto, abre las compuertas de la imaginación y nos permite aprehender la realidad, la fantástica realidad latinoamericana, mucho más que la ciega razón.

“El hombre es un Dios cuando sueña y sólo un mendigo cuando piensa”, sostenía el poeta alemán Federico Hölderlin, sobre quien Heidegger, uno de los más abstrusos filósofos del siglo XX, escribió un bello libro titulado “La esencia de la poesía”.

Con los pies en la tierra

Volvamos a la hipótesis inicial de este trabajo: la filosofía latinoamericana, como expresión de la cultura de nuestros pueblos, es no sólo posible sino necesaria porque nuestros países -valga la redundancia- la necesitan y porque los filósofos debemos asumir la responsabilidad social que nos compete.

Es posible -insisto-, a la luz sobre todo de lo que hemos hecho en la literatura y el arte, donde, a pesar de ser localistas, hemos conseguido la universalidad que demuestra el reconocimiento del mundo entero a obras como las de Gabriel García Márquez y Fernando Botero.

Y en los terrenos de la ciencia social, la insurgencia de economistas, sociólogos e historiadores (encabezados por figuras como Raúl Prebisch y José Consuegra Higgins) que han elaborado teorías interpretativas del subdesarrollo y la dependencia con estrategias defensivas para emprender políticas propias en los diversos campos de la vida colectiva.

Una filosofía con los pies en la tierra, no a espaldas de la realidad social, es decir, que contribuya a la búsqueda de nuestra identidad cultural, sin la cual no podemos sino soportar la profunda crisis de la que tampoco los filósofos somos ajenos.

Hay que superar, entonces, esa crisis. Para lograrlo, hay que recurrir a instrumentos tan válidos como la filosofía social, la filosofía moral, la filosofía del derecho, la filosofía política, la filosofía de la historia, etc., desde un acercamiento aún mayor a las demás ciencias humanas y sociales, retomando quizás el humanismo de Erasmo de Rotterdam o la visión enciclopedista que heredamos de los franceses.

Mientras no hagamos eso, la crisis en cuestión (social, política, económica, etc.) nunca será superada, pues sus causas últimas están en la ausencia de una identidad cultural en América Latina, identidad hacia la que debemos dirigir nuestros esfuerzos en la reflexión filosófica y en las diversas actividades intelectuales.

(*) Miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua.

Compartir