22.4 C
Pereira
sábado, septiembre 24, 2022

Hacer una ciudad

Una masa de injertos diferenciables, muy fáciles de separar, y sin embargo unidos. Es una masa de colores que también se ha convertido en un lugar inédito, una ciudad que no existía.

 

Giuseppe Caputo

Mientras crecía en Barranquilla —una ciudad con tres aguas: la del mar Caribe, que tiene en su sal, me decían, la cura de mi asma; la del río Magdalena, que desemboca en ese mar después de estar por Colombia; y la de todas las lluvias convertidas en arroyos, estos hondísimos y furiosos—, mi padre hablaba de su pueblo, Paterno, diminuto, en el sur de Italia: hablaba de calles sin pavimentar y de una cueva en la que se escondía cada vez que aviones bombarderos sobrevolaban durante la guerra. Al mismo tiempo, mi madre hablaba de una Barranquilla anterior: decía, por ejemplo, que en tal calle de tiendas no había comercio cuando era niña —no había nada—; que años atrás, desde el balcón de la casa, podía verse el río, ahora oculto tras muchos edificios. Así también, desde Bogotá, mi hermana describía la ciudad a la que había llegado: avenidas inmensas entre montañas inmensas; en la neblina, filas y filas de carros, y filas y filas de buses, y filas y filas de gente. Mi Barranquilla, entonces, no era solamente Barranquilla: era un lugar permeado por otros lugares y más tiempos, un paisaje teñido de otros paisajes. Una ciudad caliente y neblinosa, entre montañas, con tres aguas y una cueva, calles sin pavimentar e importantes avenidas que pasaban por donde no había nada.

Esa experiencia de hibridez es onírica al tiempo que realista. Pienso en plastilinas de distintos colores: la Barranquilla de mi madre es roja; la de mis primeros años, azul; el Paterno de la guerra es gris; Bogotá es amarilla… En mis recuerdos y en mi deseo —en la imaginación—, toda esa plastilina se mezcla. A veces se mezcla tan perfectamente que los distintos colores se vuelven uno: queda una sola masa marrón, sus componentes imposibles de distinguir —un lugar inédito, una ciudad nueva—. Pero a veces, más que fusionarse, las plastilinas se pegan: el rojo de Barranquilla queda al ladito del gris de Paterno, que está muy cerca del amarillo de Bogotá… Una masa de injertos diferenciables, muy fáciles de separar, y sin embargo unidos. Es una masa de colores que también se ha convertido en un lugar inédito, una ciudad que no existía. 

 

 

 

 

El extrañamiento de los espacios con otros espacios físicos, actuales o de antaño, es constitutivo de mi escritura: me ha resultado imposible situar mis historias en lugares concretos del mapa. Mi primera novela, Un mundo huérfano, ocurre en una ciudad a orillas del mar que podría ser Barranquilla y que no es Barranquilla: tiene zonas de luz encandilante que recuerdan, más bien, a fragmentos de Bogotá, que tampoco son Bogotá. En Estrella madre, la novela que escribí después, una ciudad que parece caribeña se alza entre unas montañas que son y no son los Andes. Ninguna de las dos ciudades tiene fronteras: el mar y la cordillera son una continuación de las ciudades, o incluso el inicio de las mismas, nunca su final. Y esas fronteras, que son naturaleza, nunca implican una restricción del movimiento o la libertad: tanto el mar como las montañas están ahí, en esas ciudades, con la pregunta por lo que hay más allá. 

Ambas ciudades tienen espacios ruinosos y espacios en construcción: son ciudades viejas que siguen siendo construidas; todas crecen entre la ruina y la esperanza, entre pasados aplastantes y lo que aún no ha terminado de ocurrir. Las formas en plastilina, no está de más recordarlo, siempre pueden volverse otra cosa: algo nuevo, inesperado, que más temprano que tarde va a volver a cambiar.

Para estar informado

- Advertisement -
- Advertisement -

Te puede interesar

- Advertisement -