Hablando de libros

Víctor Bustamante

Félix Ángel escribió hace unos años, 1975, un libro provocador, Te quiero mucho, poquito nada. El escándalo llevó a que este libro fuera devuelto a su dueño desde las librerías y, además, un testigo, que no lo leyó, añade que el padre del autor compraba los remanentes en las librerías que lo admitieron. Ángel, convertido en un demonio por la opinión pública, debía mantenerse medio escondido ante el insulto presente de algunas personas. Pero si la temática gay es la que se perfila y franquea la ciudad, Medellín, el libro es mucho más, matizado con cierta ironía y desparpajo ya que la creatividad de Ángel, va más allá de lo establecido por esas interpretaciones parciales.

Félix Ángel fue feliz al sacar en la portada del libro su rostro para que no quedara duda de que él era el autor. No permanecería así, sepultado por sus palabras, sino que daría la cara, desafiante y perturbador.

Algunas veces pensé que Ángel hubiera podido ser nadaísta, pero hay algo cierto, sí estuvo cerca por Junín, la calle mayor tomada. La edad de ellos, unos años mayor, parecía no admitir otro tipo de personas.

Ángel, además, sigue esa tradición de pintores que han deslizado su talento hacia la escritura. Dalí es uno de ellos. En uno de sus libros, Diario de un genio, escribe que existe y, además, se auto abraza y se felicita, ni que fuera Stendhal, muy gozoso, porque se ha dado cuenta que él es Dalí y así más rumia sus pensamientos en su cama desde las mañanas.

Pasados muchos años de reivindicaciones en que la sociedad se vuelve más liberal, Félix Ángel escribe, Tantas vidas, Miguel (Tragaluz Editores, 2021), que narra la vida de Miguel O’Brien, economista que ha llegado a las más altas esferas del éxito profesional y social debido a su disciplina en el estudio, capacidad en su trabajo, y además vive en una zona de prestigio en Washington. En él es notorio su acento por el buen gusto, su buena vida, su regusto por la ópera, el cine y la música, sus viajes al exterior, su disciplina gimnastica, su aplomada existencia, su rigor cotidiano con una vida plasmada por la severidad de la agenda en su oficina. La llama la jaula y se le asemeja al paisaje que ve desde su ventana, “la jaula de cristal del Botanic Garden, con sus especies exóticas viviendo todas bajo el mismo techo, sin relación con el mundo exterior, algo así como a veces sentía que sucedía en el suyo”.

En síntesis, es un triunfador que tiene su panorama social definido, sus metas precisas, que ha trasegado bajo este eslogan, El tiempo es oro, con el trascurso de sus días aprovechados al máximo. Todo un ejemplo de rectitud, de ética, de responsabilidad. A veces parece un personaje de una telenovela perfecta, sin mácula, que urde en su oficina junto a su computador pinceladas precisas de algoritmos que le entregan fractales de triunfo y buenos resultados en una existencia tan llena de prestigio y de decisiones y compromisos donde el caos y la penuria del fracaso han sido expulsados ya que su territorio es el de una oficina plena de comunicaciones y pantallas blancas de ordenadores precisos para que Miguel aproveche su idoneidad.

A esa vida apacible y desbordada de trabajo y de éxitos con una secretaria que maneja su agenda, es decir, su tiempo y posibles citas de trabajo, se contrapone el otro, aquel que desciende en las noches la escala del profeta para vivir el otro mundo que lo toca, los restaurantes,  los bares, y estos asociados a la noche, esa noche que libera del mundo reglamentado del trabajo y de lo cotidiano y que entrega las fauces de ese otro territorio sorprendente que desembolsa asombros y certezas, encuentros y palabras, redenciones y suplicios, y sobre todo enigmas y placeres en lugares de lujo para Miguel que ahora es un sibarita entregado a los secretos de la carne tierna para sus fantasmas, es decir, siempre otros cuerpos que serán secretos.

De ahí la curiosidad, la perseverancia y el rito de buscarlos. En la noche a Miguel se le abre la otra ciudad, lejos de la ciudad blanca, perfecta; aquella definida por el mapa y la marca de los lugares, recintos de citas gay donde Miguel bebe licores costosos y da altas propinas a los meseros mesurados, sus cómplices. Allí, en cada bar, Miguel se sitúa en la barra, suerte de panóptico donde se da cuenta de la llegada de los diversos habitúes y de un posible ligue ligero. Miguel que ya es Michael, Mike, Mikhail o Micha, sale de su burbuja y entra a esa ciudad a Washington desde una perspectiva muy personal, se ha apropiado de ella. Sus bares nocturnos le dan ese toque de distinción porque aún en la noche conserva su elegancia, su espíritu refinado merodea en The Jazz Menagerie donde conoció a Prescott, en Metrópolis la discoteca de moda, Annie’s, en The Fire Trap, o El Granero donde conoció a Emmet que, a pesar de ser un antro siniestro, lo proveía de sus aventuras eróticas con hustlers, muchachos dedicados a la prostitución.

Total, Félix Ángel ya es un habitúe de Washington, conoce sus secretos, camina por sus calles, habita sus zonas culturales, pero ante todo lo deja percibir en su prosa…

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