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jueves, diciembre 1, 2022

Evangelio según San Lucas 20, 27-38

En aquel tiempo, se acercaron algunos saduceos, los que dicen que no hay resurrección, y preguntaron a Jesús:
«Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero sin hijos, que tome la mujer como esposa y de descendencia a su hermano. Pues bien, había siete hermanos; el primero se casó y murió sin hijos. El segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete, y murieron todos sin dejar hijos. Por último, también murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete la tuvieron como mujer».

Jesús les dijo:
«En este mundo los hombres se casan y las mujeres toman esposo, pero los que sean juzgados dignos de tomar parte en el mundo futuro y en la resurrección de entre los muertos no se casarán ni ellas serán dadas en matrimonio. Pues ya no pueden morir, ya que son como ángeles; y son hijos de Dios, porque son hijos de la resurrección.
Y que los muertos resucitan, lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos».

Flexionemos juntos

En el Evangelio de hoy, el mensaje que nos plantea es vital, crucial e importantísimo: la resurrección de los muertos. Al Señor le tantean con un caso extremo, las intenciones no son buscar la verdad (queda muy aclarado que no creen en la resurrección), más bien ridiculizar la fe en la resurrección, el caso que nos presenta es una viuda que no ha tenido hijos, que se ha ido casando con los sucesivos hermanos de su primer marido y con ninguno de ellos ha tenido descendencia, entonces, según la ley mosaica del levirato, queda sin resolver quien será el marido en la otra vida, busca llevar al extremo del absurdo, para descalificar, desautorizar y desacreditar dicha creencia. En la respuesta dada por el Señor, la afirmación más grande: “Dios, no es Dios de muertos sino de vivos porque para él todos están vivos”.
El hombre no es un ser para la muerte, sino para la vida. La muerte no tiene la última palabra, ni es el final del camino. El Señor ha dado muerte a la muerte desde la Cruz, la muerte ha sido vencida. ¡Cristo ha resucitado!. Es crucial y necesario nuestro encuentro con el Dios vivo, no con la idea de Dios, ni siquiera con la historia y la cultura (todo esto ayuda, pero no es lo importante), lo que puede marcar una vida, es decisivo e importante, es que hoy yo puedo relacionarme con Él. No es lo mismo que me quede en su bonito mensaje, a que yo tenga experiencia de su presencia. Si Dios está vivo, yo puedo acogerlo, si Dios está vivo el mal no tiene la última palabra, si Dios está vivo tenemos motivos para la esperanza, para sembrar amor. Es precisamente la fe en la vida eterna la que ilumina el quehacer de la vida presente. “Nosotros hemos pasado de la muerte a la vida; lo sabemos porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en la muerte”. (1 Jn 3,14).
El cristiano es un hombre que busca la presencia del Dios vivo, que aprende a mirar su historia con la mirada de Dios que tanto lo ama, que se acerca a su pasado en las manos de Dios , confía en su misericordia y su perdón; el futuro lo afronta con alegría, no enajenándose, con un falso optimismo que le dispensa de su implicación en la transformación de su realidad, pero sí, con la certeza de la victoria de Ntro Señor, superando los miedos que pueden paralizarlo o desanimarlo, tiene la convicción que el mal esta herido y vencido por el amor. Y ante el hoy, su presente, no se encuentra solo, escucha: “¡Animo! Yo estoy con vosotros todos los días”. Se sabe en las manos de quien tanto le ama y la historia siempre es una historia de salvación, Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

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