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viernes, febrero 3, 2023

En memoria de Jorge Eduardo Vélez Arango

Recibí su libro primigenio: Seluzinam, palabra que, cuando se lee al revés, da como resultado “Manizales”, el escenario y tácito protagonista de la obra.

 

Jorge Emilio Sierra Montoya

Miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua

A Jorge Eduardo Vélez Arango, el escritor manizaleño que acaba de fallecer en su ciudad natal, le conocí cuando yo tenía apenas veinte años de edad y él bordeaba los treinta. Ambos, pues, estábamos en plena juventud, a mediados de la década del setenta.

Mientras el suscrito cursaba estudios de Filosofía y Letras en la Universidad de Caldas, él recién llegaba de París -¡capital de mis sueños!-, donde había realizado, luego de obtener el título de Administrador de Empresas en la Universidad Eafit de Medellín, estudios de posgrado sobre Economía y Planeación, según contaba con orgullo.

 

 

 

 

 

 

 

Y cuando supe, por boca del periodista Mario Escobar (quien entonces dirigía el suplemento literario de La Patria, el prestigioso e influyente diario de la capital caldense), que tan ilustre visitante en mi casa era nieto de Rafael Arango Villegas -célebre autor de Asistencia y Camas, obra cumbre de la literatura costumbrista en Colombia-, mi sorpresa fue absoluta.

Pero, más lo fue cuando sacó de su elegante maletín de ejecutivo, con solemnidad pasmosa, un ejemplar de su primera novela (por cierto, con flamante dedicatoria donde me destacaba -sí, señores- como gran ensayista, dado que en esa época este aprendiz de filósofo venía publicando, en la citada revista cultural del periódico, densos artículos de crítica literaria, como si fuera autoridad en la materia).

Recibí, por tanto, su libro primigenio: Seluzinam, palabra que, cuando se lee al revés, da como resultado “Manizales”, el escenario y tácito protagonista de la obra. Así entendí, por fin, que él era un manizalita a carta cabal y que de allá, La ciudad de las puertas abiertas, nunca más saldría, a diferencia de quien les habla, trotamundos de siete suelas.

Entre amigos

Poco tiempo tardó en aparecer mi ensayo sobre Seluzinam en la Revista Dominical de La Patria. A decir verdad, no recuerdo qué dije allí, ni conservo copia de la publicación, ni hay manera de encontrarlo en internet por la sencilla razón de que esta red de redes no existía. Vivíamos, en fin, como en la edad de piedra.

Con seguridad, hablé de su estructura narrativa, su lenguaje a veces hermético y, en especial, la notoria influencia en sus páginas de la literatura en boga: el Nouveau Roman o nueva novela francesa, revolucionaria tendencia fundada por Robbe-Grillet, a la que se vinculan autores como Michel Butor, Nathalie Sarraut y el Nobel Claude Simon, entre otros autores que, a su vez, promovió en todo el mundo Roland Barthes, modelo para los incipientes ensayistas que aspirábamos al éxito.

 

 

 

 

 

Fue esto lo que selló nuestra amistad. La literatura nos unió, mejor dicho. Al fin y al cabo, era el único tema que tratábamos en los encuentros casuales, sin cita previa, y en su tertulia familiar de intelectuales puros, como cuando recibimos de Pereira al galardonado poeta nacional Luis Fernando Mejía (primo, por más señas, del poeta mayor de Caldas, Fernando Mejía, quien años después falleció mientras dormía junto a su esposa Gloria, la mujer de su vida).

O cuando fue director de la Biblioteca Departamental, donde se editaba la clásica colección de Autores Caldenses y donde, por su iniciativa, se lanzó la revista Caldas cultural, en la que hice público mi ensayo sobre La carta al padre de Kafka, reproducido luego en el Magazín Dominical de El Espectador. Como su oficina quedaba cerca de la antigua sede de La Patria, donde llegué a ser periodista de planta, con funciones de subdirector, mi visita allí era bastante asidua.

De hecho, Jorge Eduardo se convirtió en uno de mis mejores amigos, igual que Mario Escobar, el recordado colega (hoy también ausente) que nos había presentado al llegar de París.

Cuentos de Fábulas

Tras sus tempranas incursiones en las más modernas técnicas literarias, Jorge Eduardo volvió al lenguaje limpio, transparente, sencillo, como queriendo recorrer el camino de su abuelo, Rafael Arango Villegas, quien gozó en vida de enorme popularidad por sus historias, contadas “como habla la gente”, con los tradicionales dichos y refranes de ancestro antioqueño que son herencia, en su mayoría, de la lengua castellana nacida en España.

Fue así como surgieron sus fábulas, de poesía infantil, a la sombra de nuestro gran Rafael Pombo, maestro de ese género en poemas inolvidables como La pobre viejecita y Rin-Rin renacuajo. Fue entonces, además, cuando entendí que sus estudios científicos y sus malabares lingüísticos del Nouveau Roman no lograron acallar la ternura y la inocencia de su corazón de niño, de persona buena, sin mancha.

Por ello, cuando presenté su libro Fábulas, durante un concurrido acto social en Manizales (adonde regresé de Bogotá para dedicarme a la actividad académica, universitaria, confiado en abandonar por completo el periodismo), el énfasis de mi discurso estuvo centrado en tales aspectos personales, humanos, aunque no faltaban las referencias literarias de rigor, con erudición histórica a cuestas.

Años más tarde, cuando yo fungía, de nuevo en Bogotá, como director del diario La República, volví a presentar ese libro, ya con más poemas y -¡grata sorpresa!- con el citado discurso en Manizales como prólogo, durante la Feria Internacional del Libro, ceremonia a la que, por desgracia, asistió un reducido grupo de personas, prueba cabal de “la civilización del espectáculo”, tan ajena a la cultura, que se ha tomado por asalto al mundo en las últimas décadas.

Fue un terrible golpe en su vida literaria, como tantos otros.

 

 

 

 

 

 

 

“Del odio de Dios…”

Hay golpes en la vida tan fuertes, yo no sé. / Golpes como del odio de Dios…”, escribió, en sus Heraldos negros, el poeta peruano César Vallejo, quien hablaba así en nombre suyo y de personas con tan honda sensibilidad como Jorge Eduardo, azotadas por la furia de sus tragedias.

Él sí que las tuvo o padeció. La muerte de su hijita Alejandra, la luz de sus ojos y los de Isabelita, la amada esposa. Yo sólo me enteré por las noticias, en el correspondiente registro informativo de La Patria, que repasé con dolor en una fría tarde bogotana, lejos de Manizales.

“Si yo estoy así de angustiado -repetía entonces, para mis adentros-, cómo estará él”.

Fue una tragedia espantosa, por decir lo menos. Un cáncer se llevó a la niña, aquella que jugaba alegre, descomplicada, cuando nos reuníamos en su casa para hablar de libros, arte, historia, literatura…, como si esto fuera lo más importante del mundo. Nunca imaginamos que esos hermosos sueños se irían a pique en un abrir y cerrar de ojos.

Como si fuera poco, Isabelita también se fue, varios años después, víctima igualmente de un cáncer, cuando muchos creímos que la muerte nunca la tocaría; que un ser tan dulce, tan bueno, tenía derecho a vivir para siempre, y que la fundación Alejandra Vélez Mejía, fundada por ella para niños con cáncer en honor a su hija, tanto como su extraordinaria labor social que le mereció tantos premios -Caldense del Año, Mujer Comfamiliares y de la Cruz Roja…-, la hacían inmune no sólo al sufrimiento sino a la parca, ella que es siempre indiferente a las lágrimas de familiares y amigos.

Las lágrimas incontenibles de Jorge Eduardo, en primer término.

 

Despedida final

Como sus amigos no podíamos imaginar a Jorge Eduardo sin Isabelita, en días pasados se fue a estar con ella y su niña. Tardó mucho en hacerlo, supongo. Aunque yo estoy por creer que él, en los últimos años, no estaba vivo, y sólo, muy solo, se movía por la tierra como una sombra, como un fantasma, sangrando.

Él, que era tan parco, tan silencioso, tan reservado, lo sería más todavía en la última etapa de una larga existencia que acaba de terminar en su ciudad del alma, donde fue despedido con una breve nota del periódico donde tanto escribió y que nos unió desde la edad temprana, cuando no veíamos sino rosas, carentes de espinas, por el camino.

¡Adiós, querido amigo! ¡Adiós!

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