Daniel Trujillo Arcila
Partió un primero de diciembre de 1994, tenía sesenta y ocho años de edad, había nacido el ocho de julio de 1926 en la Villa de Cañarte.
Ejerció la medicina, su campo de acción, la ortopedia. En aquella época, escaseaban los especialistas y él, suplió con su conocimiento y destreza tal carencia, granjeándose el respeto de cuerpo médico y la admiración de quienes acudían a su consulta.
Encontró en el quehacer político otra vocación, servir a los demás fue su norte en adelante. Abrazó la ideología conservadora, fundamentada en el doctrinario programa promulgado en 1849 por Mariano Ospina Rodríguez y José Eusebio Caro, reforzado luego por León XIII en su encíclica Rerum Novarum, documento pontificio en el cual la iglesia se ocupa de la cuestión social, fustigando el socialismo ateo y el capitalismo sin regulación.
El conservatismo al que perteneció desde su juventud, enfrentaba las tesis que deshumanizaban al estar impregnadas de un férreo individualismo; aun así, siempre fue respetuoso con el adversario, ganándose el respeto de aquellos a quienes tuvo como rivales en la tribuna pública.
Seguidor de Laureano Gómez Castro, continuó su huella acompañando a su hijo Álvaro Gómez Hurtado, estadista que supo de las cualidades del galeno pereirano, haciéndolo parte de importantes momentos de la patria.
Fue el mismo Gómez Hurtado, quien, en atrevida y revolucionaria decisión, nunca imaginada por sectores políticos declarados de avanzada o pregonadores de ideas modernas, lo invitó a suscribir el proyecto de acto legislativo que daba vida en el texto constitucional colombiano a la elección popular de alcaldes. El acto legislativo número 1 de 1986, hito histórico aprobado por el congreso de la época, fue el mayor impulso a la denominada participación ciudadana. Así que, la verdadera realización de la manifestación popular tuvo en la elección popular de burgomaestres, fundamento normativo que luego ratificará la carta política de 1.991, texto este que a la vez dispuso la elección por voto popular de los gobernadores.
Diputado en 1958, época en la cual el auge de Pereira despertaba inquietudes en los dirigentes manizaleños. Intervino en importantes debates regionales, entre ellos los muy discutidos proyectos de ordenanza que erigirían como municipios a los en ese entonces corregimientos de La Virginia circunscripción territorial de Belalcazar y La Celia dependiente de Santuario. En aquellas calendas encontró en el recinto de la Asamblea Departamental de Caldas, diputados que luego le fueron muy cercanos, uno de ellos, el senador y ministro Rodrigo Marín Bernal. También compartió curul en la duma caldense con Jorge Mario Eastman Vélez, Guillermo Pardo Sanz; incluyendo a Jaime Salazar Robledo, su opositor de tantos años.
Acumuló prestigio, respeto, admiración. No hizo de la política un negocio; sirvió a todo aquel que buscó su ayuda, un consejo o quiso saludarlo.
Tenía todas las condiciones para ser representante de Colombia ante gobiernos extranjeros y lo fue en Chile, dirigido por Augusto Pinochet y luego en el Paraguay, gobernado por Alfredo Stroessner.
Jorge Echeverri Hoyos lo llamó “El caballero de la política” y de verdad, difícil era no sentirse atraído por su mirada, la elegancia de sus gestos, la muy abundante formación en temas diversos y ese encanto natural que producía su bella figura.
Con Emiliano recorrí pueblos y el campo risaraldense. Mucho aprendizaje hubo de aquellas horas de viaje; lo aprovechábamos dentro del vehículo pues llegado al lugar de destino, un torrente de seguidores nos desplazaba; todos querían contagiarse de la energía que como aureola irradiaba su imagen. Nosotros, pacientemente esperamos; su sola llegada alborotaba el ambiente de la plaza de mercado y no es exageración señalar que los adversarios, se acercaban con gran respeto a saludarlo.
Compartí con él algunos momentos que la memoria conserva como lejano archivo de los acontecimientos.
Regresábamos de Mistrató, la estrellada noche servía de marco a nuestro paso rumbo a la capital. El senador conducía. Los infaltables compañeros del trajín político, los dioses Baco y Dionisio, sumados a la fatiga, empezaron a influir en el manejo del vehículo. Yo, adelante, le conversaba, mientras atrás, asustados, nuestros compañeros de viaje con golpes en mi espalda suplicaban interviniera. Me llené de valor, asumí la vocería colectiva y le dije “Doctor Emiliano, si quiere manejo”. Guardó silencio. Respiró fuerte. Su putería le dio. “¿Estoy manejando mal?, preguntó. Si señor respondí. Orilló el vehículo. “Maneje entonces”, dijo.
En otra ocasión y pronto a recibir la embajada de Chile, comentó que no quería irse sin inaugurar el ramal que durante su gobernación se había construido, dándole acceso al corregimiento de Villa Claret. Anunciado el momento, sus seguidores en Pueblo Rico dispusieron que tal acontecimiento era digno de celebrarse con acto litúrgico y sancocho de gallina incluido.
Tatamá nos recibió cobijado por espesa niebla y una alegre caravana partió rumbo al corregimiento. “La Villa nos espera”, proclamaron algunos
Emiliano, su distinguida esposa Gloria Helena Vallejo de Isaza, dirigentes locales y quienes le acompañábamos, empezamos a recorrer el nuevo carreteable. De la alegría pronto se pasó al aturdimiento, un derrumbe había tapado la carretera. Un Bulldozer estacionado cerca del lugar nos llevaba a abrigar la esperanza de poder continuar el desplazamiento. Pronto llegaron algunos vecinos quienes anunciaron que el maquinista había viajado a la capital.
Sin dudarlo el jefe ordenó que continuaríamos a pie. Mario Agudelo, quien viajaba en motocicleta, tuvo el honor de llevar como acompañante a la distinguida consorte, señora Vallejo de Isaza. Al llegar a la población, un grupo de indígenas emberá se acercó a saludar a “La Emiliana”, aquel nombre quedó grabado en el anecdotario del grupo político.
Le gustaban los temas del campo. Se animó a sembrar aguacates cuando el cultivo de la persea gratissima empezaba a abandonar su vocación doméstica. Se inició en la capricultura. El predio La Gloría sirvió de laboratorio experimental; más que actividad comercial, encontró en los pequeños rumiantes la manera de seguir conectado con el agro, actividades que le permitían refugiarse en la lectura, charlas con sus cercanos amigos y encuentros familiares.
En Bogotá, alguna vez acordamos que terminadas las sesiones de Senado y Cámara a las que asistíamos en calidad de senador y representante, respectivamente, iríamos a almorzar a la casa museo Gilberto Álzate Avendaño, arriba de la Casa del Florero, debiendo pasar al frente de la famosa ventana que sirvió de escape al libertador en la llamada noche septembrina. Le conté mi decepción por aquel sitio, el mismo que me fuera descrito desde mis años de escuela. Siempre imaginé a Bolívar colgado de una cuerda de fique o de cortinas elaboradas en finas telas otomanas. Mi idilio con el difícil momento, me hizo ver a Manuelita esperando que el enjuto cuerpo huyera. El senador atento me escuchaba. Cuando nos acercamos a la ventana, mi interlocutor captó la razón de la decepción: A Bolívar solo le bastaba pasar una pierna para estar en la calle. Se río y dijo: “muchas veces la historia no es como la cuentan”.
Fue primer Vicepresidente del Senado de la Republica, dignidad que ejerció en representación del llamado “alvarismo”, dejando en alto la representación conservadora. Éramos respetados y reconocidos. Bastaba mencionar que fungía como representante a la Cámara a nombre del sector que dirigía a nivel nacional Álvaro Gómez Hurtado y regionalmente Emiliano Isaza Henao y el gesto de aprobación se producía de inmediato.
A su lado compartí con los personajes nacionales del momento. Alguna vez me atreví a darle clase de derecho laboral a entonado senador, conocido por el estimulo al turismo al regularse los días puentes y festivos; aquello era una afrenta al veterano parlamentario. El momento generó incomodidad y mi senador como se dice en el argot político, me tomó del brazo, indicándome con tal gesto que no debía seguir la discusión.
Recuerdo también a angustiada anciana, quien reclamó mi gestión ante el Batallón San Mateo; la razón, su hijo médico había sido detenido. Personal militar llegó a su consultorio ubicado por los lados del Lago Uribe Uribe y sin mediar palabra, fue subido a un campero y conducido a las instalaciones castrenses. Transcurrieron varios días sin que la madre tuviese razón del vástago. Le conté al senador Isaza Henao lo que aquella mujer narraba. “Nos vamos para el San Mateo”, indicó. Llegados allí, nadie daba razón del capturado; quienes nos atendían, desconocían que éramos senador y representante y súmele a las dignidades indicadas, Emiliano era primo segundo del general Oscar Botero comandante del ejército en ese momento. En adelante la información fluyó y la angustiada madre se reencontró con su hijo.
Emiliano Isaza Henao tomó vuelo hace 32 años, su legado de pulcritud, honradez y señorío sigue vigente.

