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sábado, julio 2, 2022

“En busca de lo simple”

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«En aquel tiempo Jesús exclamó: Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla».
La Iglesia resume los contenidos de su fe en los Credos, o Símbolos. Uno de ellos llamado de los apóstoles.

Otro más amplio, redactado durante los concilios de Nicea y de Constantinopla. Otro más extenso todavía que se atribuye a san Atanasio, un obispo del siglo IV. Pero sucede que el pueblo sencillo, ignorante de muchas teologías, también se ha fabricado su propio credo, donde Nuestra Señora es el personaje central. Allí confiesa muchas verdades cristianas, matizadas o puestas de relieve según el caso. Y alrededor, múltiples devociones, no exentas de elementos impropios.

Los discípulos han regresado de su primera excursión apostólica. Comentan con alegría sus experiencias. Le dicen al Señor: «Hasta los demonios se nos sometían en tu nombre». Los evangelistas señalan que Jesús se conmovió ante esos relatos y elevó una plegaria, de la cual san Mateo y san Lucas nos conservan un trozo: «Te doy gracias, Padre, porque has revelado estas cosas a la gente sencilla».

El judío piadoso acostumbraba orar con motivo de cualquier acontecimiento: El nacimiento de un niño, un amanecer luminoso, el trabajo de la siega. Al emprender un viaje, o al encontrar un amigo.

Jesús da gracias al Padre del cielo porque ha revelado cosas admirables a estos discípulos, que ya comienzan a comprender el programa del Reino. No eran ellos letrados, ni gente del establecimiento religioso de entonces. Eran hombre de buena voluntad. Luego san Pablo escribirá a los corintios: «Mirad, hermanos quiénes habéis sido llamados a la fe en Jesucristo. No hay entre vosotros muchos sabios, ni muchos nobles».

No conviene, sin embargo, interpretar las palabras de Jesús de forma simplista. Siempre han sido necesarios, y hoy mucho más, los sabios, los técnicos, los investigadores, los teólogos. La sencillez de que habla el Señor consiste ante todo en una actitud del corazón. Alguien puede poseer mucha ciencia o ejercer un cargo importante y, a pesar de todo, mantenerse ante Dios como un niño y ante los demás como un hermano.

Pero más allá de los esquemas científicos y académicos, muchos somos dados a complicar demasiado las cosas. Ocurre, por ejemplo, en los ámbitos administrativos de la Iglesia. En ciertas relaciones sociales que más que recrear, nos atormentan.

En el fondo todos deseamos la simplicidad, lo informal, el estilo directo, la autenticidad, la transparencia. Pero ocurre que hemos fabricado unos estereotipos de enorme complicación y allí nos mantenemos cautivos.

Mientras tanto, el Señor se revela a quienes procuran ser sencillos y limpios de corazón. Les enseña lo esencial de la vida. Les orienta en la solución de sus problemas. Les ayuda a portarse como personas auténticas y libres. Alguien compuso esta oración que a todos puede servirnos: «Señor, ayúdame a ser simple de pensamiento, palabra y obra. Enséñame a cumplir, mis deberes sin angustia.
A gozar serenamente del hogar y los amigos. A ser yo mismo, con mis errores y mis aciertos. Que yo aprenda a no complicar las cosas simples y permanezca siempre a tu lado con un corazón de niño. Amén».

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