El Silencio

Geraldine Martin

Una empresa finlandesa se dedica a fabricar audífonos despojados de cables que funcionan independientemente, desconectados de ningún otro aparato,  tan  pequeños que insertados en los oídos de cualquier adulto se sostienen por sí mismos. Los audífonos, sin embargo, no reproducen ningún tipo de música o sonido, tampoco se conectan al teléfono para recibir llamadas, no se conectan por bluetooth a nada. Estos audífonos fueron diseñados no para amplificar sonidos sino  para eliminarlos. Una vez puestos en los oídos, bloquean los sonidos exteriores a los que la mayoría de la gente se acostumbra, sonidos invisibles como el sonido del refrigerador, de la calefacción, de cualquier motor, sonidos menores,  publicidad y los molestos ronquidos.

Quien haya estado en Finlandia, especialmente fuera de Helsinki, el área más poblada del país, sabrá del silencio finlandés, de la inmovilidad de las cosas, del aburrimiento de lo no espectacular. Si el turista espera lo impactante, motivado por anuncios publicitarios que muestran a Finlandia como el país más feliz del mundo, en el que en el cielo danzan constantemente auroras boreales, o el fondo excepcional para actualizar su foto de perfil, Finlandia pondrá a prueba su creatividad y paciencia pues  no revelará su excepcionalidad al visitante apresurado.

En invierno, el país está especialmente poblado por un silencio blanco, el silencio de lo inmóvil, el silencio de lo muerto. La última hoja ha caído y los árboles desnudos, despojados de sus vestidos de lentejuelas doradas no danzan con el viento ni dan musicalidad a las tardes. Los animales están hibernando en sus hoyuelos secretos, y sólo, raramente, se verá una ardilla o un conejo salvajes yendo rápidamente de un lugar a otro. Las casas, preparadas para el  clima desafiante, con paredes gruesas y ventanas hechas de doble vidrio, protegen de   las bajas temperaturas y, al mismo tiempo, aíslan los ruidos exteriores. Dentro de casa, los ruidos disminuidos, dejarían escuchar el caer de un alfiler.

 

Cuando aterricé por primera vez en Helsinki y, en esa misma noche, me adentré en la Finlandia rural, lo primero que me chocó fue la oscuridad:  la ciudad apenas iluminada, el paisaje negro, sin alumbrado público, sólo las faroles de los autos iluminando fugazmente las carreteras. Luego el silencio, la total inmovilidad de las cosas, la ausencia de viento, la naturaleza dormida o muerta. Ningún sonido, ni luz, que dijera la hora del día. Las aves han migrado al Sur y no dicen de la mañana, ni tampoco ladran los perros (Los perros  son también excepcionales y rara vez ladran, su territorio no está amenazado por animales salvajes ni intrusos, así que descansan apaciblemente).

No hay amenazas en el silencio, más que el choque primero de escuchar claramente los propios pensamientos desordenados, un pitido interno que aturde y los latidos del corazón. El silencio es parte de la vida cotidiana y no se rompe, regla de silencios conocida, pues, aunque sea completamente necesario el saludar o despedirse no hace parte de ello.

Es tan sagrado el silencio que la capilla más central de la capital finlandesa,  construida en madera y que se asemeja en su arquitectura a una taza de café, (otra de las cosas sagradas en el país nórdico), no exhibe ninguna cruz ni adora a ningún dios personificado y, aunque hay una pequeña cruz en el interior de la capilla, lo  único sagrado en este lugar es el silencio. En el centro de la ciudad hay también un bar reconocido porque no pone música y la acústica del lugar da eco a las palabras de los visitantes que suben de volumen proporcionalmente a la ingesta de whisky o cerveza. Ni en las reuniones familiares ni las fiestas se escucha música y el silencio en el comedor o la sala es algo que no incomoda a nadie. No existe la música en el transporte público, y si alguien quiere escuchar algo es sólo a través de auriculares; poco o nada se socializa en el transporte público y las voces tímidas de algunos pasajeros se cortan ante el sonido metálico de las vías férreas o las voces en los parlantes anunciando los nombres de las estaciones.

Existen reglas específicas para salvaguardar el silencio: entre las 22 y 7 de la mañana no se permiten ruidos exagerados en los edificios, no se usa la lavadora, no se tienen invitados, no se hacen ruidos que puedan incomodar al vecindario.

 

En mi memoria de origen, existe un lugar en la tierra en donde no existe el silencio y aún en los momentos de extrema calma con laxa atención se escuchan sonidos de fondo. En las ciudades y en el campo el espectro de sonidos dibuja paisajes que un ciego podría reconocer. Ruidos endémicos, producidos por aparatos o por organismos.

Amanece en la ausencia de reloj pues el canto de los pájaros incansables anuncia el amanecer y el aleteo de los mismos, de regreso a sus nidos, despide el sol. En el campo los gallos cantan, también en la ciudad, y su canto generalmente madrugador a veces rompe el silencio de las horas de siesta en un grito ahogado y nostálgico de un gallo sin gallinero. Si el ruido de los plumíferos no es suficiente para abrir las cortinas del día, los residentes del lugar, aturdidos por la inminente consciencia de su despertar, encienden la radio con un volumen tan alto que ni el más perezoso de sus contemporáneos se queda sin despertar. Esta rutina, la de encender la radio como primer acto del día, adoptada por algunos residentes del mismo barrio, da paso a una competencia por el primer lugar al estruendo, con estilos musicales tan diferentes que pasan por el heavy metal y las baladas de Camilo Sesto. Las amas de casa junto con los hijos desempleados se amontonan en las panaderías y tiendas de barrio esperando su turno para comprar los alimentos del día y de regreso a casa rozan las chancletas con el asfalto, sonido similar al encender de un fósforo con un rastrillo y que se cuela por las ventanas abiertas. Diariamente, vendedores ambulantes recorren las cuadras con verdulerías en motocicleta o queserías en un pequeño carro arrastrado por sí mismos; alimentos frescos y cachivaches que ofrecen con un jingle desarrollado por sí mismos en el transcurrir de su experiencia laboral. A veces, utilizan parlantes como recurso publicitario pero más notablemente su voz. Las amas de casa entrenadas para regatear en precios y calidad interactúan con los vendedores fuera de las casas, mientras dentro de estas las ollas exhalan un pitido que dice el almuerzo estará pronto listo, marcando a su vez el medio día.

Detrás de este primer plano de sonidos, los motores de motocicletas, autos y atestadas avenidas semejan un ruido azul de olas constantes. Capas de sonidos que no intimidan las voces de los habitantes que comunican sus necesidades entre habitaciones, entre casas, de ventana a ventana, de terraza a terraza, de esquina a esquina.

Hay momentos de calma propiciados, no por un silencio total, por la ausencia de ciertos ruidos, por sonidos distintos. El arrullo, condición necesaria para la calma, llega desde las hojas de los abedules o los guaduales como panderetas sacudidas por el viento; el canto perpetuo de los grillos se reconoce más en su ausencia y en la inutilidad de los termómetros las chicharras predicen las temperaturas venideras. La lluvia, con la puntualidad que los habitantes desconocen, cae sobre los tejados como dedos  golpeando un tambor y los truenos intermitentes salidos de las trompetas del cielo son la banda sonora de la tarde.

En las noches, los gatos aprovechan la ausencia de las miradas humanas para romper cualquier código moral que culmina con los gritos desgarradores de una gata herida. Animales salvajes impiden el descanso de los perros, por ins tinto guardianes, y cuando hay luna llena los perros aúllan al cielo como si fuesen zorros llamando a su manada.

 

Nací en el lugar del no silencio y, en ese tiempo, ninguno de esos ruidos perforaba mi sueño. Algunas veces desafiaba la habilidad para concentrarme metiéndome  a las bibliotecas para lograr leer. En Finlandia, por el contrario, el silencio ensordecedor me despertaba para cerciorarme de que el mundo aún existía allí afuera; los primeros días, habitando  una oscuridad desconocida, me asaltaba el impulso de abrir las cortinas, que daban al patio trasero que se extendía a un bosque, para asegurarme que alguna rama se movía y las sillas estaban en su lugar.

Años después, tan acostumbrada al silencio, me asaltan los ruidos de una puerta cerrándose, el murmullo del refrigerador, las poleas del ascensor subiendo o bajando, hasta que supe de los audífonos finlandeses que cancelan el ruido, no tanto como yo quisiera, y los compré no sin cierta culpa ante un lujo que en otro tiempo hubiese considerado innecesario.

Geraldine Martínez, de Pereira, – años de exilio voluntario en Helsinki.

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