Cuando el filósofo Francisco Cortés, profesor del Instituto de Filosofía de la Universidad de Antioquia, usa la palabra «fascismo» para describir el momento político actual, no lo hace como metáfora ni como exageración retórica. Lo hace con la precisión de quien ha estudiado durante décadas los mecanismos históricos del autoritarismo y reconoce, en los gestos del presente, las huellas de un pasado que se creía superado.Su análisis parte de una premisa severa: lo que el mundo está presenciando no es una simple deriva conservadora ni el triunfo circunstancial de la derecha electoral en varios países.
Es, según Cortés, el desmantelamiento deliberado del sistema de convivencia internacional que la humanidad se dio a sí misma después de la Segunda Guerra Mundial, el orden «liberal cosmopolita» basado en instituciones multilaterales, en la prohibición del uso unilateral de la fuerza, en el principio —por imperfecto que fuera— de que los conflictos podían y debían resolverse sin recurrir a la guerra.Ese orden está siendo reemplazado. Y quien lo está reemplazando, en la lectura de Cortés, no actúa solo.
Dominio mundial
La comparación entre Donald Trump y Adolf Hitler incomoda. Es el tipo de analogía que los académicos suelen evitar por el riesgo de trivializar el Holocausto o de inflar retóricamente cualquier fenómeno político desagradable. Cortés, sin embargo, la establece con una argumentación específica que vale la pena seguir con cuidado.No se trata de equiparar el nivel de violencia ni de sugerir que Trump esté construyendo campos de exterminio.
El paralelo que traza el profesor es de otra naturaleza: el de las «fantasías absurdas» sobre el dominio del mundo que caracterizan a ciertos líderes cuando acceden al poder sin los contrapesos institucionales suficientes para contenerlos. Hitler, en su momento, arrastró a Alemania y a Europa entera hacia un desastre de proporciones civilizatorias sobre la base de una visión distorsionada y megalómana del lugar de su nación en el mundo. La tragedia no fue que Hitler tuviera esas ideas. Fue que nadie pudo detenerlo a tiempo.
El peligro que señala Cortés en el caso de Trump es estructuralmente similar: un líder con una cosmovisión imperial que no reconoce los límites institucionales, que desprecia el Estado de derecho, que emprende acciones bélicas sin autorización del Congreso, que involucra a su país en conflictos en contra de la voluntad de buena parte de su propio electorado. Un líder que, según el análisis, podría llevar al mundo no a un desastre regional sino a una guerra nuclear.
El fascismo histórico —el de Hitler en Alemania, el de Mussolini en Italia, el de Franco en España— se definió precisamente por esa combinación: disolución del Estado de derecho, eliminación de libertades fundamentales, autoritarismo en la toma de decisiones y una política exterior basada en el dominio por la fuerza antes que en la negociación y las instituciones.
Cortés encuentra esos mismos elementos en la política de la administración Trump.
La fragilidad de la economía global
Para entender por qué el conflicto entre Estados Unidos e Irán tiene consecuencias que van mucho más allá del Medio Oriente, Cortés apunta a un dato geográfico que es, en realidad, un dato económico de primer orden: el Estrecho de Ormuz.Por ese angosto canal marítimo, controlado por Irán, transita al menos el 20% del petróleo y el gas que consume el mundo. Eso convierte a Irán en un actor con una palanca económica de alcance global que ningún otro país de su tamaño podría reclamar. Cualquier perturbación en el Estrecho —un bloqueo, un conflicto armado que cierre el paso— dispara de inmediato los precios del crudo en los mercados internacionales.
Y cuando los precios del crudo suben, todo sube: la gasolina, el transporte, los alimentos, los bienes manufacturados. La inflación no es un daño colateral del conflicto.
Es, en la lectura de Cortés, una de las armas deliberadas de Irán en su defensa frente a las potencias que lo amenazan.Las consecuencias se distribuyen de manera desigual pero alcanzan a todos. China, uno de los mayores compradores de petróleo iraní, ve comprometido su suministro energético y se enfrenta a presiones sobre su modelo de crecimiento.
Europa, que ya arrastra las consecuencias de la guerra en Ucrania y la disrupción de los mercados de gas, se encuentra bajo una presión económica adicional que la debilita en su capacidad de negociación frente a Washington.Irán, en este sentido, no es solo un adversario militar. Es un actor que ha aprendido a usar la economía global como campo de batalla.
Teocracia
Una de las apuestas implícitas de las intervenciones militares occidentales en la región ha sido históricamente la del «golpe de cabeza»: eliminar al líder y ver cómo se derrumba el sistema. Esa lógica funcionó —con enormes costos humanitarios y consecuencias geopolíticas desastrosas, pero funcionó en términos de cambio de régimen— en Iraq, en Libia, en distintos países latinoamericanos durante el siglo XX. Con Irán, según el análisis de Cortés, esa lógica no aplica. Y la razón es estructural, no coyuntural.
La República Islámica de Irán es una teocracia construida sobre una arquitectura institucional que hace casi imposible la decapitación del sistema mediante el asesinato o la eliminación de sus líderes. Si un líder es eliminado, el sistema genera automáticamente un reemplazo igualmente formado, igualmente comprometido con la doctrina y, potencialmente, más radical que su predecesor.
El asesinato del general Qasem Soleimani en 2020, ordenado por Trump durante su primer mandato, no desestabilizó a Irán. Por el contrario, consolidó el apoyo interno al régimen y produjo un recambio de liderazgo que, en varios aspectos, ha resultado más intransigente que el anterior.
Cortés señala que esta característica convierte a Irán en un escenario de intervención radicalmente diferente a los que las potencias occidentales han manejado con mayor facilidad. No hay una cabeza que cortar.
Hay una estructura que se autorreproduce, que se fortalece con cada agresión externa y que, en su respuesta, puede involucrar a toda la región en el conflicto, como lo demostró al activar a sus aliados en Yemen, Líbano e Iraq en distintos momentos de tensión.
Cortés destaca la postura del Presidente del Gobierno de España como la más coherente con la defensa del orden internacional: una voz que insiste en que la vía no es el dominio militar sino las instituciones creadas desde 1945 para resolver conflictos de forma pacífica.


