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domingo, enero 29, 2023

El Padre Valencia y el balón del Deportivo Pereira

Los riosuceños esperaban con impaciencia la llegada del Padre Antonio José a la parroquia de San Sebastián, era como si les llegara un Maradona o un Messi a la Perla del Ingrumá…

Alfredo Cardona Tobón

En lo más alto de la serranía de Belalcázar se ve un Cristo de 45,5 metros de altura que extiende sus brazos como protegiendo el valle del río Risaralda. Es una obra colosal, hecha por  un cura sin pergaminos, sin títulos vaticanos que además de salvar almas para el cielo, promovió la carretera que unió a Belalcázar con Manizales,  fundó colegios,  impulsó la Villa Olímpica de Pereira, organizó un equipo campeón en la Vuelta a Colombia en bicicleta, consiguió casas a los desamparados, fue hincha ferviente del Deportivo Pereira y puso a pedalear a los riosuceños.

El padre Antonio José Valencia Murillo nació en Filandia (Quindío), de padres antioqueños. Inició el magisterio sacerdotal en su pueblo natal  donde fundó el colegio de La Trinidad. El primero de septiembre de 1944 lo trasladan  a Belalcázar, y con el café y la luz eléctrica, la llegada del cura Valencia es lo más grande y benéfico que le ocurrió a esa localidad caldense incrustada en el paisaje que tiene las estrellas como techo y el valle de Risaralda como tapete.

El padre Valencia se entregó a su feligresía con alma, corazón  y sombrero y los parroquianos le correspondieron en forma tal que cuando cumplió 22 años de ejercicio pastoral dijo en broma que quería como regalo una volqueta para adelantar la carretera a la Quiebra de La Habana y al otro día la ciudadanía le entregó una volqueta último modelo con el  platón tapizado de billetes.

Otro día, viendo que la carretera El Crucero-La Isla iba a quedar bloqueada por un derrumbe, reunió a la gente pudiente y propuso la compra de un bulldozer para hacer un ramal y también se lo consiguieron, convirtiendo al municipio en el primero que tuvo maquinaria pesada en el Departamento de Caldas.

Pereira, campeón Vuelta a Colombia

Después de una larga permanencia en Belalcázar el obispo lo trasladó a la brava y a regañadientes  a la Catedral de la Pobreza en Pereira.

El cura se sintió solo e inútil en el nuevo escenario, lejos de sus ‘ruanetas’ y ‘carrielones’. Afortunadamente Dios llegó al  rescate cuando Rubén Darío Gómez, Pablo Hernández, Alfonso Galvis y Ariel Betancur fueron a pedirle ayuda para competir en la Vuelta a Colombia en bicicleta. El padre Valencia volvió a mover la feligresía, su voz resonó en el púlpito. “Pereira nunca falla” fue su lema y uniendo la acción a la palabra recorrió la ciudad con Fabio García S., consiguió el patrocinio para los corredores y plata para la Liga Departamental de Ciclismo.

Su entusiasmo se vio compensado con creces. Pereira vibró de entusiasmo cuando Rubén Darío, el “Tigrillo” de Pereira arrebató los laureles a la imbatible jauría antioqueña en la lucha más dramática en una Vuelta a Colombia en bicicleta.

Recuerdos del Padre

En septiembre de 1994 tuve el honor de visitar al padre Valencia en su casa de la Villa Olímpica y  recordó tiempos idos y gloriosos con la sencillez de un alma limpia y noble, que no espera gratitud ni reconocimiento de nadie.

Después del nueve de abril de 1948 -me contó el levita- se desató la violencia política en el Valle del Risaralda. Fue atroz. No se respetaron sentimientos, ni compadrazgo ni amistad.

Un día, cuando celebraba misa en Belalcázar, agobiado por la situación de la gente,  se imaginó un Cristo colosal cuyas manos abiertas señalaran el camino de paz a sus amados feligreses.

Inmediatamente empezó a darle forma a la idea. El Señor Ángel Arango regaló el terreno y en solemne procesión que llegó al sitio escogido, los habitantes del municipio juraron levantar en el Alto del Oso el grandioso monumento.

Sin distinción de partido ni color político los vecinos se unieron para llevar a cabo el proyecto. Contribuyeron con libras, con arrobas con yipaos de café y detrás del Cristo se fueron amansando los violentos y empezó a renacer la paz. El 12 de enero de 1954, el arzobispo de Manizales y los obispos de Pereira  y San  Gil bendijeron la magna obra.

La Villa Olímpica

“Villa Olímpica haremos en Pereira

Moviendo tierra tal cual ayer

Cuando a Colombia le entregamos

 Matecaña sin fuerza extraña

que agradecer”

Esta tonada con letra de Luis Carlos González y música tomada de la vieja canción “Tú ya no soplas”, fue el himno de combate que desgranaba el altoparlante de una camioneta desde la cual el Padre Valencia anunciaba el convite del día siguiente.

El sacerdote no respetaba hora ni lugar. El Padre Valencia “no dormía ni dejaba dormir”, y así, a punta de púlpito y altoparlantes Pereira volvió por sus fueros de capital cívica de Colombia y construyó el estadio, el coliseo del centro y las piscinas olímpicas. En esa oportunidad correspondió a Ibagué el honor de ser sede de los Juegos Olímpicos Nacionales, pero en 1974 Pereira se dio el lujo de iniciar los siguientes Juegos Olímpicos el día y hora fijados, sin disculpas ni retrasos.

Tanto funcionó el Padre Valencia con sus ciclistas, la Villa Olímpica y el Deportivo Pereira desde la Catedral, que algunas beatas y unos cuantos camanduleros protestaron ante el Obispo diciendo que el sagrado púlpito se  había convertido en el noticiero deportivo de la ciudad. –“Y hasta de pronto era cierto”- dijo en la entrevista el Padre Valencia con una franca y socarrona sonrisa.

Ante las continuas quejas, el Obispo le quitó el micrófono y le anunció traslado a Riosucio. El sacerdote se hizo el desentendido y fue prolongando su estancia en la catedral. El Obispo movió sus fichas para que todos los curas renunciaran a sus sedes y dieran vía libre para su traslado, pero el Padre Valencia no presentó renuncia.

Los riosuceños esperaban con impaciencia la llegada del Padre Antonio José a la parroquia de San Sebastián, era como si les llegara un Maradona o un Messi a la Perla del Ingrumá… y el sacerdote no llegaba. El Obispo, en  otra de sus  jugadas, hizo que una delegación riosuceña se desplazara a Pereira a hablar con el sacerdote. Uno de ellos le dijo: “Perdóneme Padre pero parece que usted no quiere revolverse con nosotros que somos pobres y patianchos”. “Hombre, no es eso, le contestó, lo que pasa es que Riosucio no tiene ciclistas”. Al fin el Padre se instaló en Riosucio y la Perla del Ingrumá, por primera y única vez, vio tremolar las banderas de una cuarteta riosueña en una Vuelta a Colombia  en bicicleta.

Sin intermedio en la lucha

Después de gestionar la pavimentación de varias calles en Riosucio, arreglar la plaza de San Sebastián y cumplir con una encomiable labor comunitaria, el Padre Valencia regresó a Pereira.

En los últimos años el Padre Valencia trasladó su cuartel general a una bella casita que la comunidad le regaló cerca de la Villa Olímpica. Vivía rodeado de flores y pájaros; sobre un escaparate guardaba un balón que entregaría al capitán del equipo cuando el Deportivo Pereira se coronara campeón;  a un lado estaban las copas  y los trofeos que ganaron sus equipos y en la pared lucían decenas de condecoraciones y pergaminos, que daban fe de una vida de trabajo y civismo.

El padre Valencia luchó hasta su muerte por los desvalidos y por las causas cívicas y deportivas . En 1990 se fue derechito al cielo a organizar un equipo de fútbol. Los pereiranos agradecidos lo honraron con una estatua que está en el estadio. No sería extraño  que en el próximo partido el padre Valencia  se disfrace de  hincha y   baje a animar al Deportivo Pereira y a entregarle el balón le ha prometido… Que Dios y el Padre Valencia inspire a nuestros jugadores y que la victoria corone por fin a nuestro Deportivo Pereira.

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