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Pereira
domingo, agosto 14, 2022

El Olaya no me olvida

Juan Camilo Acosta Galvis

jacosta48@estudiantes.areandina.edu.co

Recuerdo de primerazo el miércoles pasado cuando en medio de un sol picante de tres de la tarde me vi obligado a realizar un trabajo investigativo a lo largo de este distinguido lugar de Pereira que yace junto a la gobernación. Aun así, encerrar lo que el Parque Olaya Herrera ha significado para mí en una vaga memoria sería mentirme dado que ni siquiera los muchos festivales pintorescos que alberga, logran embotellar los miles de momentos que este paraíso evoca.

“Parceritos, trufas a dos lucas, ¿cuántas van a dejar?” me dijo aquel pelado de rasgos fantasmales, tenis Nike desgastados y olor rebosante a cannabis cuando me encontraba en una sesión informal e improvisada de fotografía con mi amiga Waira en alguna tarde naranja de domingo del 2018. Fue en ese entonces que empecé a estrechar lazos con “El Olaya” y a descubrir ese fantasioso lugar que durante mucho tiempo había llegado a escuchar en conversaciones de uno que otro amigo.

Sin embargo, el momento cúspide de mi estrecha relación con el parque llegaría en medio del Festival de la Música. Ya era uno de los últimos días. Tarjeta de Megabús en mano, nada más que un buzo en el bolso y $5 mil para mecatear era lo que llevaba encima cuando llegué al lugar con esperanza de dar con algún conocido o conocida. El aroma a sativa mezclado con la nicotina reinaba en medio de la multitud. “¡Una bullita los del fondo!”. Ni un rostro familiar a la vista. “¡Una bulla los de este lado!”. Me senté en medio de una pareja y otro loco que andaba en su nota. El Olaya me abrazaba.

Llegaban las diez de la noche y el evento iba terminando. La gente comenzaba a dispersarse. “Vámonos antes de que la estación se llene” dijo una dulce y delgada voz detrás mío a su pareja. Me copiaron la idea, pensé. Me paro rápido, me sacudo el pasto de las nalgas y me voy mirando atrás de tanto en tanto. Cruzo la calle y me siento una sombra que se desvanece en medio de la muchedumbre. El Olaya me estrechaba la mano.

Tiempo después nos volvimos a encontrar cuando me dirigía a Mattelsa a comprar el estrén navideño. Iba con Sofía, mi mejor amiga. Sentí nuevamente la brisa fresca, el infaltable olor a cannabis y la bulla de algunos niños jugando micro. Ahí estaba el Olaya, tan incondicional, tan verde, al que no le pasan los años. Nos sentamos en una de las bancas a tomarnos unas Coca-Colas frías mientras hablábamos de amores y moda. Y el Olaya paró oreja esa tarde.

Luego de eso vinieron más encuentros. Las históricas protestas del 2021, más compras decembrinas en Mattelsa, uno que otro parche casual con los parceros. Y el Olaya seguía ahí, tan vigilante, tan entrañable, tan cercano. Hoy lo cruzo de camino a mis citas de psicología. Lo saludo con la mirada nostálgica. Que bien te ves, amigazo. Y el Olaya nunca me olvida, ni yo a él.

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