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Pereira
sábado, junio 15, 2024

“Él niega el principio de gravedad”

Jáiber Ladino Guapacha

Querido Jeff:

Gracias a Vos he tenido la oportunidad de encontrar autores y libros a los que me hubiese demorado rato en llegar, cuando resulta que, son necesarios para alcanzar un poco de esa redención posible, gracias a la lectura de la propia vida en la de los otros.

Hoy te agradezco el que hayas actuado como mediador entre las novelas de Catalina Navas y mi ánimo lector. Te recuerdo bien a la salida del salón en el que se presentó El movimiento en la crisálida, durante la Feria del Libro de Pereira de 2022. Me contaste dos o tres cosas que escuchaste y fueron suficientes para animarme a comprarlo y pedirle a la autora su autógrafo.

Pues bien, con el guiño que hizo a Teresa de Jesús y su poesía, me adentré para conocer la historia de ese prójimo que regresa de los Estado Unidos en un capullo por reventar. Bien me sugieres categorías para acoger los significados profundos de esta obra tales como los afectos, la enfermedad, el archivo, la ficción y la narración como una práctica de cuidado y de invención del otro.

Mi curiosidad la atrapaste al plantear la diada piedad y fe. En el título mismo se promete una transformación interior cuando se alude a la crisálida. Con el avance de las páginas, esos rasgos entre la devoción y la transgresión de ese narrador en primera persona, VIH positivo, me demostraron que santa Teresa tenía razón cuando decía que un alma sin oración se parecía a un cuerpo incapaz de moverse. Donde la hagiografía a la que nos han acostumbrado lo hubiese convertido en un enfermo casto y beato, Catalina Navas le insufló el suficiente amor y coraje para que se levantara de la postración. Por eso puedo comprender que participe en un mitin dentro de una iglesia, durante la eucaristía, gritando “Dejen de matarnos. Dejen de matarnos. Dejen de matarnos”.

 

 

 

 

 

 

 

La amargura al final de dicho acto de reivindicación no se debe a la sacudida que han pretendido en las buenas conciencias que asisten a misa, sino al desafío que aún se tiene consigo mismo: “Me cayó mi nombre en pleno y en esa iglesia me bauticé por segunda vez. No fui Pedro el amigo de Jesús sino Pedro el cobarde; aquel que niega a Jesús tres veces. Salí apenado, no por haber atacado mi fe, sino por mi cobardía. Los había traicionado, no había sido capaz de poner la cara a las cámaras ni las muñecas a las esposas de la policía”.

Hemos escuchado sobre los conflictos internos de quienes padecen enfermedades terminales cuando se hacen las preguntas por lo trascendente. La enfermedad como un cernidor en el que se quedan las virutas y sólo pasa lo valioso, que es justamente polvo. Catalina Navas responde desde ese cuerpo masculino, hombre de la ciencia y del deseo, preguntándose por los fármacos que le recetan, por los discursos en los que se le invisibiliza, por los sermones en los que le hace culpable del mal que padece.

La veracidad de la complejidad humana con que Navas nos acerca a esta realidad puede sentirse con fuerza en la sobreposición de imágenes que tiene el protagonista cuando recibe el resultado de su prueba de VIH y va después a rezar a la Catedral de St. Patrick: “Me senté frente al altar y miré el cuerpo emaciado de Jesús colgado de la cruz […] Lo vi levantar las manos al cielo, convertir el vino en sangre limpia, el pan en el cuerpo sagrado […] Si este milagro ocurría en todas las iglesias, en todas las misas del mundo, ¿no podría ocurrir también en mi cuerpo de creyente, de fiel hijo de Dios y de la Virgen? Quise que en mi cuerpo se obrara el verdadero milagro de la transubstanciación […] Transfórmame, mútame, modifícame. Cámbiame la sangre como las máquinas de diálisis, límpiame y sácame toda toxina, Señor Jesús”.

Lo que sobrevive entonces es esa sabiduría que nos hace fuertes frente a la vida misma, sin ilusiones vanas ni esperanzas agotadoras, pero despiertos a la magia: “Le dije que era más fácil sorprenderse cuando no se esperaba lo bueno que entristecerse y acostarse todos los días así por no tenerlo”.

Como vestigio de ese útero en el que se forma la mariposa, aparecen en la novela una serie de collage que son ya en sí un poema paralelo a la prosa. Su presencia no es arbitraria, sino que se justifica bien por la profesión que como entomólogo tiene el narrador. Hojas, flores, alas y recortes de fotografías familiares indagan por la memoria como atributo del alma.

Jeff, después de una pandemia como la que recién hemos atravesado y que no creo que hayamos meditado lo suficiente, una obra como ésta, a la que en buena hora me acercaste, ayuda a sanar las pérdidas. A los enfermos de SIDA se les juzgó cruelmente durante dos décadas y aún hoy hay temores y prejuicios. No aprendemos que es juntos como nos cuidamos y sanamos. El levántate en los labios de Jesús no fue una opción solitaria y privilegiada: el verdadero milagro era la reincorporación en la vida comunitaria.

Sí, el hombre-mariposa de esta novela, sencillamente, aletea. En sus alas tornasoladas, te abrazo.

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