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viernes, julio 1, 2022

El jornalero intelectual del sur de puerto wisky

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El eje roto del alma

Todas las lágrimas

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Javier Alexander Rosero Orozco

En el devenir histórico de las letras risaraldenses se halla inscrito aún bajo la sombra el nombre del escritor y periodista Silvio Girón Gaviria quien, con su crítica social y sus denuncias por medio de una palabra comprometida, realista y hasta derrotista, se encargó de narrar las problemáticas de las ciudades donde vivió, principalmente Pereira, una comarca en constante proceso de metamorfosis, industrialización y desarrollo.

Entendiéndose este último como la llegada de las grandes empresas, la aparición de edificios, el comercio y las calles. Y en contraparte la decadencia humana en pro del dinero, la alienación por culpa del absorbente trabajo y el mal pago, la marginalidad de los ciudadanos en su diario vivir -o mejor, sobrevivir- en una ciudad todavía campesina, provista de todos los recursos y rica en ignorancia y sumisión.

Pero más que olvido ha sido indiferencia. Dicen que, para olvidar, necesariamente se debe recordar aquello que se pretende olvidar. Y en efecto, así es. Por su crudeza, su fuerte temperamento, sus críticas viscerales, su sensibilidad y amor por el ser humano y su ciudad, más que por la profesión misma, y su vida como tributo constante a la verdad, le ocasionaron una amplia lista de enemigos, personas poderosas que lo recuerdan, pero le odiaron en vida, y aún sobre su muerte lo continúan haciendo.

Personas a las que las presentes memorias les parecieron absurdas, sin mérito y sin sentido, justificando así su negativo aporte para este trabajo con blasfemias o gestos malhumorados. Personas por las que, como dijo Herney Ocampo, su fiel amigo, en la entrevista que nos brindó: sufrió un embargo cultural e intelectual en vida que todavía impide su reconocimiento.

Su vida es como una obra de teatro bien lograda: un actor protagonista en defensa de lo humano la ha preparado con pasión durante su existencia, y siempre la presenta con teatro lleno gracias a su increíble poder de convocatoria sobre las masas. Pero los encargados del manejo de las luces, con resentimiento imposibilitan que sea vista completamente, dirigiendo los focos hacia otros actores no tan meritorios, en otras escenas no tan importantes. Y el público confuso y enfadado, ya sin querer perder más tiempo, se marcha y se entrega a su rutinario vivir olvidando lo sucedido. A veces es preciso dudar de la historia, pues por infortunio, no se escribe sobre todo lo digno de reconocimiento postrero, y tampoco se escribe por sí sola.

Pero, aun cuando no se analiza serena y objetivamente, y la indiferencia de los rencorosos quiere ensombrecerla a su antojo, le servirá a la misma este documento, pues hemos decidido arrebatar las luminarias por un momento, y partiendo de la obra literaria, servirle, reconstruirla y alumbrarla, escribiendo sobre aquel hombre sin ataduras que lo dio todo por registrar honestamente el acontecer que le tocó.

El autor

Girón Gaviria, quien hizo parte de la tradición literaria y periodística de la región. Fue director de la Biblioteca Pública Ramón Correa Mejía, el noticiero Todelar de Risaralda, y participó en la redacción del periódico la Tarde, El Diario del Otún, El Crisol de Cali, además fue periodista de los noticieros de las emisoras de Caracol y Ecos de Risaralda y del entonces periódico El imparcial. Nace en marzo de 1929 en Pereira, una aldea con pujos de ciudad, como diría él mismo en su libro Rastros y Rostros del Periodismo pereirano[1].

Poco antes de la llegada del primer radio transistor a la ciudad y de las primeras emisiones por radio de los cautivantes discursos de Jorge Eliécer Gaitán. Hijo de Plinio Girón, hombre de negocios y relojero de profesión, gaitanista fervoroso, ilustrado por sus lecturas sobre los enciclopedistas franceses, Víctor Hugo, la historia de la revolución francesa de Lamartine, y por el legado de su padre, un liberal fusilado en el Cauca cuando la guerra bipartidista libraba sus más sangrientas batallas en 1899.

De su padre, el propio Silvio Girón dice: “De él heredamos lo poco o bueno que podamos tener: el amor por la música, por los libros, por la libertad, por las mujeres, la buena mesa y la verdad que tan caro nos ha costado”. (1996, p.74) En sus recorridos por Pereira, conoce a su madre, Evangelina Gaviria en la vereda El Chocho, con quien tuvo diez hijos, y se trasladó a la ciudad para vivir en una casona del parque La Libertad.

Infancia

Parte de su infancia la compartió con Pedro Cano y Uriel Londoño, entre peligrosas travesuras pegados clandestinamente del ferrocarril, robándose los mangos de la Plaza de Bolívar, y nadando en las cristalinas aguas que tenían los entonces despejados ríos Otún y Consotá, por las que alguna vez fueron recluidos en los patios de la cárcel ubicada donde hoy queda el Seguro Social.

Quizá su familia no fue adinerada, pero tuvo las comodidades y distinciones para tener cabida en la historia de la ciudad. Y más cuando su padre será reconocido siempre por haberle puesto orden a la veloz locomotora, al instalar el reloj de la estación del ferrocarril del parque Olaya Herrera, la que en la actualidad es de las pocas estructuras coloniales que se preservan en Pereira tras la avalancha de cemento y modernidad. Allí funcionó durante mucho tiempo la emisora Remigio Antonio Cañarte y la biblioteca pública.

Memoria

Silvio perdurará siempre como pieza importante para la memoria de la ciudad. Ejerció el periodismo y la literatura cuando ésta apenas era una comarca en transformación: tienda de arrieros y lugar de paso para las recuas de mulas que transportaban el café hacia otras ciudades. Imagen de ciudad mercantil con la que aún contamos gracias a nuestra ubicación geográfica, por la que sus ciudadanos siempre hemos llevado como atuendo el progreso – que se haya tergiversado y manoseado tan bella imagen por mentes sucias que traspusieron ideales particulares a los comunes, vendiendo y arruinando la ciudad, es otra cosa-.

Tiempo en que libres pensadores como él incubaban el liberalismo y los aires de revolución, y los zapateros y emboladores proliferaban ideales socialistas y liberales, pues tenían conocimiento sobre la revolución rusa y francesa.

Quienes le conocieron, coinciden en que fue un hombre de pensamiento liberal, marxista y leninista -algo verificable en el trasfondo ideológico de sus libros- pero que nunca hizo parte de un partido político en específico, más que el de su propia bandera: la carrera humanista.

También dicen que fue un melómano reconocido que grababa discos y los vendía por encargo. A él le atribuyen un conocimiento invaluable e inigualable sobre zarzuelas, tangos, boleros y música clásica. De sus últimos años logran reconstruir para la historia la bella y quijotesca imagen a unísono del hombre ya viejo y cansado, siempre crítico y malhumorado, que recorría su amada ciudad en bicicleta, siempre con un libro propio debajo del brazo, ya no para obsequiarlos como en sus mejores años, sino en busca de ganarse el día vendiéndolos.

Lo arrolló

Cuentan que un día infortunado se dio lo que nunca pudieron sus enemigos. Un automóvil lo arrolló mientras pedaleaba su monareta, dejándolo débil y vulnerable, con quebrantos de salud que empezaron a degradarle. Pero su acostumbrada e incansable lucha le dio para seguir viviendo. Y si nos preguntasen: ¿entonces de qué murió?

Reproduciríamos, quizás no con la misma añoranza, las palabras que el historiador Jaime Ochoa Ochoa nos dijo: Silvio murió de penas en el alma. Y luego de haber llevado su vida con lucidez, con su pluma y su voz incorruptibles, y sin haber cumplido su sueño de conocer el Sur de Puerto Wisky, lugar que no sabemos si existe, pero del que él hablaba con frecuencia.

Muerte

Muere el 30 de noviembre del 2008 a la edad de 79 años. Inmediatamente se elevaron voces al viento en su honor, repitiéndose matemáticamente la letanía de ocupaciones que tuvo, mencionándose su obra literaria y periodística con notable frivolidad.

Así lo registran las sentidas palabras de Ramón Echeverri Peláez: “Cuando Silvio Girón Gaviria murió, en medio de la pobreza, la soledad y el abandono de quienes en su época se decían sus amigos; los de siempre enviaron flores, sufragios y voces de profundo dolor; es triste pero hay que decirlo, esos son reconocimientos tardíos, de nada le sirven al fallecido; en vida hermano, en vida, como dice el poema de Ana María Rabatté; poetisa mejicana; el fallecido no come flores, ni puede leer las tarjetas, ni escucha los llantos, ni siquiera puede escuchar los chistes y chismes de quienes hacen presencia física, más no de corazón; ¡En vida hermano, en vida!”

Para estar informado

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