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miércoles, junio 29, 2022

El fuego de la vida

Es tendencia

El eje roto del alma

Todas las lágrimas

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Hugo López Martínez.

Uno se  sorprende día a día, cómo en Pereira aparecen nuevas  situaciones y personajes, oficios y razones inéditas  para sobrevivir en el tiempo difícil  de la  pandemia.

Cada oficio o personajes, cuentan con un lugar propio, sea en las esquinas, peatonales o a la entrada de los centros comerciales. Pocos comparten una historia en común. Si acaso una información sobre el  costo de la habitación en una residencia. De súbito establecen entre ellos, un pacto tácito, dejar que cada quien se gane la vida como sea, de manera correcta y respetuosa, qué mejor ejemplo de convivencia y tolerancia.

A muchos nos llama la atención encontrarse con  númerosos índígenas en el trayecto de la calle a un centro comercial. Son más las mujeres que los hombre, exponiendo en el andén sus artesanías, músicas, lamentos y pobrezas.

A pesar del estado de alarma del mundo por el tema del virus de vocación global, los indígenas del centro y de la cirvunvalar, mantienen una expresión de serenidad y de resignación. Quizás en la historia de sus cuerpos, existan suficientes suficiente acumulación de anticuerpos, producto de tantos incidentes con el imprevisible comportamiento de la Naturaleza: virus, bacterias, picaduras, mordeduras, fiebres y desafección de la flora intestinal.

El fuego fue ese elemento que el invento humano  permitió que de repente la Naturaleza fuese más familiar a las comunidades ancestrales. Podía extenderse la luz del día, abrirse camino entre la densidad de la selva emergente,descubrir nichos ecológicos y moradas de flora y fauna desconocidas.

En lo fundamental el fuego sirvió de protección contra cualquier organismos extraño de alta amenaza a la seguridad física de las comunidad.Con el tiempo fue concebido como una manifestación de la divinidad, por el poder de su luz y calor, porque de su contacto nacia el culto a la vida  a  la muerte, gratitud al sol y a la lluvia, a la tierra fértil y al hogar de armonía, pureza y sagrada.  

El fuego de la fogata en fincas y lugares de esparcimientos, conserva el aura de agente purificador, de mucha pertinencia al momento  en que vivimos. La hoguera, la llama, el candelabro, la chimenea en sus leñas quemadas y el velón encendido al pie de El Hacedor, son expresiones del pueblo primitivo que todavía  sobrevive en nosotros, hombres y animales, como si la medicina tradicional fuese una más, dentro de las variadas opciones para detener la expansión  de enfermedades infecciosas.

Las comunidades indígenas conocen mejor que nosotros, ciudadanos de la urbe, la relación entre el fuego y nuestra naturaleza física y espiritual.  Saben del poder especial de su iluminación, combustión y cenizas. Ahora que nos acercamos a las congregaciones de fieles en semana santa,¿ no sería bueno invitar a los indígenas de la calle, para que nos enseñen cómo orar en medio del fuego para exorcizar a la pandemia hasta nunca más?

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