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viernes, agosto 12, 2022

El eje roto del alma

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Víctor Zuluaga Gómez

Con este subtítulo, Pablo Granada nos presenta a Francine Descartes, una jovencita, para muchos, perdida en la historia. Digo perdida, porque por lo general, aquellos personajes que hicieron parte de la vida privada y se convirtieron en verdaderos íconos por sus investigaciones y realizaciones en el campo del arte y de la ciencia, todo lo que tiene que ver con la vida privada, permanece en la oscuridad.

Francine, hija de René Descartes, fue una realidad pasajera en la vida de Descartes, pero lo suficientemente impactante para su vida. Esa experiencia, de padre, lo llevó a expresar todo aquello que se podría expresar al margen de la racionalidad, como la emoción, el impulso y un sinfín de sentimientos, de alguna manera imposibles de controlar por la razón.

Podríamos decir que uno de los afanes de los grandes pensadores es el de reducir ese instinto animal que caracteriza al ser humano, que hace parte de esa “humanidad”, para convertirnos en seres racionales en donde no cabe el sentimiento.

FRANCINE, ¿MITO O REALIDAD?

“Desde el fondo del cofre se levantó la niña. Pero esta vez, cada uno de los presentes la pudo observar con mucho más detalle. La chiquilla miraba a su alrededor con unos inquietantes ojos de cristal que reflejaban los rayos agónicos del atardecer. A los corazones exaltados de los curiosos se unió el seco palpitar de aquella figura con rostro inmutable.

El pasajero, contenido por algunos marineros, pedía en vano que no la tocaran, pues juraba que era su hija, Francine. El capitán, que nunca había visto a un autómata, la tomó por la cintura en un último asomo de curiosidad. Horrorizado por la inexplicable movilidad  de esa niña artificial con rostro de biscuit, extremidades de madera y vísceras de metal, decidió lanzarla por la borda , sin piedad.

LA DURA REALIDAD

Vivió Descartes en un momento histórico en donde se estaba produciendo una separación entre un providencialismo religioso que hasta el momento había sido el elemento fundamental para explicar, no sólo el origen de la vida, sino el de la cultura, de la racionalidad.

Rayos y centellas cayeron sobre Descartes a partir del momento en que se editó el libro “El discurso del método”, tal como lo plantea Pablo en el libro: “La gran acogida del “discurso” despertó en mí, viejos y nuevos temores. Ya no sólo me inquietaba la suerte que pudieran correr mis obras y la integridad personal. También me preguntaba ¿Qué harían o dirían mis enemigos -y mis amigos- de conocer la unión de hecho con Helena y la existencia de una hija fuera del matrimonio?”

Y es Francini, esa hija de Descartes que muere de manera temprana, la que Pablo hace brillar al lado de la figura paterna, repito, mostrando un perfil bien desconocido del autor de “Pienso, luego existo”. Entonces bien podría uno pensar si pudiésemos decir también, “Siento, luego existo”.

El libro esté escrito con una enorme fluidez, y también, luego de una rigurosa investigación sobre este filósofo francés, que en su momento temió por su integridad, en la medida que la polémica por sus planteamientos estuvo mediada por cuestiones religiosas y teológicas, que explican la presencia de jesuitas, jansenistas y oratorianos.

Una invitación a los lectores para que adquieran y lean “Francine Descartes, el eje roto del alma”.

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