¿El dolor del alma vertido en versos?

José Miguel Alzate

La poesía tiene el inmenso poder de permitirle al alma expresar la tristeza que la embarga cuando la vida le asesta al ser humano un golpe como esos que llama César Vallejo en Los heraldos negros: “como del odio de Dios; como si ante ellos, la resaca de todo lo sufrido se empozara en el alma”. Este breve introito para decir que en el alma de Teresa González García, autora de Arden las venas de mujer, se empozó un dolor que le ha hecho verter en versos su tristeza interior. Ese dolor llevó a la poeta oriunda de Neira a ponerle a su último libro este título. ¿Cuál fue ese dolor? El abrupto fallecimiento de su amado. A esta mujer de sensibilidad exquisita la muerte le arrancó de sus brazos al compañero de su vida, dejándola sumida en una tristeza que aún sigue viva en su alma. Y eso fue lo que dejó en el alma de Teresa González García la muerte de su esposo: un dolor que se expresa sin ataduras en las páginas de este libro donde al tiempo que vibra una poesía desgarrada hay también preocupación social. El suyo es un dolor que se hizo fuente de inspiración, motivo para cantarle a la vida, excusa para expresar su desolación interior. Gran parte de los poemas de este libro tienen un recóndito sabor a despedida, un aire de desazón que conmueve al lector, un viento que sacude el alma por lo que tiene de expresión dolida de su soledad. Sin dejar de lado, desde luego, otras vertientes temáticas que muestran su interés por cantarle al paisaje, a las cosas que ve en la calle, a las ciudades que conoce, como lo hace en los poemas “La ira del viento”, “En la calle de mi casa” y “Nueva York”.

En “Arden las venas de mujer” está el sacudimiento que produce en nuestras vidas la muerte de un ser querido.  Se puede decir que la autora asume su dolor con tanta hondura, con tanta convicción de lo que siente, con tanta capacidad de resistencia, que la pena su alma no la ahoga porque tiene la fuerza cósmica para cantar en versos esa tristeza que lleva adherida a su existencia. Decir: “Tengo una espada clavada en mi corazón. ¿Puede alguien salvarme?”, es lanzar a los cuatro vientos un quejido de dolor, es querer encontrar consuelo a su angustia existencial, es contarle al mundo que tiene un desgarramiento interior. Cantar: “El viento tiene alas grises/ de cigarras y gaviotas/, el mar murmullo/ lastimero de río/ canto de ballenas/ serenata de cardúmenes“, es darle sentido poético a lo que los ojos ven.

Los versos desolados de Teresa González García enseñan el alma de una mujer que ante la pérdida del ser amado alza su voz para decirle al mundo cuán sola está, cuánto la hiere su ausencia, cómo recuerda sus besos y cuál es el sentido que él le daba a su existencia. Cuando dice: “Su risa se selló apretando entre sus labios perforados por la herida de la ausencia, mi último beso”, está transmitiéndole al lector ese instante en que los ojos del amado se cerraron para siempre, después de que ella lo viera caer al suelo víctima de un infarto. En estos poemas cortos, no sujetos a la métrica, está el corazón sensible de quien los escribe, una mujer que todavía tiene lágrimas en los ojos para llorar su ausencia. Lo reitera cuando dice: “Tengo un pedazo de muerte/ atorado en mi garganta/ que me ahoga”. En este libro Teresa González desnuda su alma para cantar su soledad. Pero, más que esto, en “Arden las venas de mujer”, versos escritos con el alma, hay una mujer que ama con fuerza huracanada, que siente correr por su sangre los caballos desbocados de la muerte, que entona poemas de amor para hacer más llevadera su congoja. No es esta, desde luego, una poesía teñida solo con el aroma de la tristeza. Hay en este libro poemas alegres, orquestales, que cantan las excelsitudes de la vida, que exaltan el trabajo humilde de una muchacha, que lanzan gritos en favor de la libertad, que explican la angustia de los migrantes. Así como dice sobre el amor ido “No más el relámpago de sus ojos iluminando mi camino”, puede decir sobre la guerra: “Las estrellas de la esperanza agonizan entre el gris del pavimento”. Se debe destacar en esta poesía que tiene la frescura del agua en el manantial su capacidad de llegarle al lector con un lenguaje elaborado con pulcritud artística, donde la palabra tiene rumor de caracola y, por supuesto, encanto literario. Sorprende la inspiración de Teresa González, esa manera tan suya de cantarle al amor, ese sentimiento que se descubre en sus versos, esa estética que adorna su expresión poética. Este verso: “Una llama arde desesperada en mi alma, quema mi piel. Solo tú puedes sofocar la catástrofe”, tiene corte moderno. Es un haikú. Muestra una voz madura, sentida, delicada, formada en la lectura de grandes poetas. La autora de este libro puede decir con Hanna Barco que tiene recuerdos para llenar la ausencia del amado, y motivos para cantar las excelsitudes de la vida.   

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