Por: John Jairo Posada – cronista
Era noviembre en Panamá, en la década de los ochenta. Siempre llueve para las fiestas patrias, pero ese día el sol intentó brillar; sin embargo, una pertinaz lluvia hizo más gris la bahía donde estaba ubicado el Centro de Convenciones Atlapa, escenario —entre otros eventos— del certamen “Miss Universo” y de cumbres iberoamericanas de presidentes.
Pero la cita era con José José. Boletería agotada.
Le había hecho, 48 horas antes, una sentida entrevista para la Cadena Caracol de Colombia. Fue parco, pero directo: “No estoy acabado, como dicen mis detractores, entre ellos algunos periodistas de farándula mexicana, a quienes no les pago para que digan mentiras”, me dijo en forma escueta.
Fui a verlo cantar con mi novia panameña, Isis Mayela Carvallo, quien, de paso, no solo era arquitecta sino también cantante; la misma que, de tanto escuchar sus canciones, ya no tenía más lágrimas de nostalgia.
Horas antes, al consagrado artista mexicano lo habían alojado en una lujosa suite en el Hotel Riande Continental, cerca del aeropuerto Omar Torrijos —hoy llamado Tocumen—. Un mesero, a quien abordé, me contó que se la pasaba en la piscina bebiendo repetidamente “Cuba Libre”, hidratándose al mismo tiempo bajo 30 grados de temperatura, en la cintura geográfica de América, preparándose para su presentación.
De la Asociación de Corresponsales de Prensa Extranjera, cinco nos dimos cita en el concierto. Además, quien escribe formaba parte del equipo de redactores acreditados por la ACAN-EFE, Agencia Centroamericana de Noticias, y la EFE de España. Mi editor, Antonio Martínez, me había solicitado una crónica-entrevista con José José. La verdad, no fue una odisea; más bien, me pareció el retrato de un hombre cansado y enfrentado a la crítica más despiadada que he visto dirigirse contra artista alguno.
Me sentenció dramáticamente: “Cuando te quieren acabar, con titulares amarillistas y sensacionalistas, nuestra gran prensa te destruye”. “El chisme cede lugar a la verdad”, agregó.
El concierto estaba previsto para las nueve de la noche, un viernes de noviembre. Comenzó puntual.
Cuarenta y veinte, La nave del olvido, El triste, He renunciado a ti. Y luego vino la anécdota musical que se convertiría en noticia internacional: una pausa, una extraña pausa. Un micrófono que ya no vibraba ni brillaba con su gran voz. El silencio hizo más pesada la atmósfera del recinto. Otro silencio… y otro largo silencio.
Entonces José Rómulo Sosa Ortiz, el ícono de la canción romántica, comenzó a derrumbarse anímicamente en el escenario.
Otro aterrador silencio. Ninguna explicación del animador de turno, las luces encendidas al máximo y mutis por el foro. Algunos aplausos de nada sirvieron.
Un señor robusto, de traje gris y tez morena, tomó el micrófono y anunció: “El maestro José José tiene un fuerte catarro y ya no podrá retornar con su repertorio a este escenario”.
Los panameños, en el intermedio, consumían cerveza, pero mucho más whisky, que inclusive no era tan costoso, aunque en ese escenario un trago valía unos diez dólares y una cerveza americana, cinco. Los aperitivos eran prácticamente impagables.
El costo de la entrada por persona rondaba los 60 dólares, y la boletería se había agotado tres semanas antes del concierto. Unos 300 espectadores quisimos escuchar en vivo al renombrado ídolo.
Sus biógrafos autorizados revelaban que había sufrido una severa neumonía en los años setenta, que su diafragma había quedado paralizado y que aquella enfermedad casi acabó no solo con su carrera, sino con su vida.
Pasaron los minutos, que se tornaron eternos, y el público, en un concierto de desesperación, comenzó a aplaudir, a gritar improperios y a reclamar de nuevo la presencia del artista en el escenario. Al fin y al cabo, habían pagado por dos horas de presentación y solo habían transcurrido unos 45 minutos, entre canciones y las anécdotas de vida que él mismo narraba desde el escenario.
Había pensado que nosotros éramos los que habíamos envejecido y que él no, pero en verdad era un hombre atormentado por la crítica y por la falta de contrataciones. No quería quedar mal con su público, pero al escenario esa noche no volvió.
No quiero relatar los detalles de la trifulca que se formó. Pocos nos fuimos sin agredir ni insultar a los promotores del “evento musical del año en Panamá City”, como habían anunciado ese concierto.
Cerca de la medianoche, la brisa marina en la bahía de Panamá fue testigo de una garganta que se apagó de pronto, en una noche de boleros.
Al día siguiente, frente al escritorio de redacción, confieso hoy que las palabras no querían salir en mi despacho internacional de prensa. Pero tenía que entregar el material periodístico. Fue una mañana de esas en que el traje de la nostalgia se impregna también de frialdad, palabra tras palabra, al escribir sobre la estrella internacional y su derrumbe en el escenario, tan cruel como su memorable canción: “El Triste”… del maestro José José.
Pero… también, nunca hubo en mí tanto silencio tembloroso en una oficina de prensa.


