Ante la muerte reciente, el pasado 29 de mayo, del gran pensador francés Edgar Morin, conocido como El Padre del Pensamiento Complejo, recuerdos de una simpática experiencia suya en Barranquilla.
Jorge Emilio Sierra Montoya
Ese día martes, a comienzos de septiembre de 2009, el terreno estaba abonado para dar rienda suelta a la imaginación, al sentimiento, al “desorden de todos los sentidos” que llamara Rimbaud, el poeta adolescente de Una temporada en el infierno y Las iluminaciones, las dos pequeñas grandes obras que sentaron los cimientos de la poética contemporánea, nacida también en Francia con autores como Baudelaire, Verlaine y Mallarmé.
Lo estaba, sí, porque el día previo, al concluir la primera jornada del congreso académico sobre la vida y obra de Edgar Morin, Padre del pensamiento complejo y uno de los más reconocidos pensadores del mundo contemporáneo, el grupo de danzas de la Universidad Simón Bolívar había deleitado al público asistente con una bella coreografía del Carnaval de Barranquilla, donde desfilaron el rey Momo y las marimondas, Joselito Carnaval y sus viudas, todos ellos entre ritmos frenéticos que invadieron al Teatro José Consuegra Higgins, sitio en el que poco antes se guardaba un respetuoso silencio frente a las lecciones de los conferencistas, entre quienes tuve el honor de contarme.
Rumbo a La Cueva
El terreno estaba listo, cabe insistir. Porque, con el corazón rebosante de alegría en tales circunstancias, esa noche, con otra actividad cultural en el programa para los invitados, resultaba una aventura fascinante irse al centro de la ciudad, cruzar por el famoso Paseo Bolívar, deslizarse por las calles de barrios populares y llegar finalmente a La Cueva, el bar-tertuliadero donde otrora el joven periodista y escritor Gabriel García Márquez, alejado de su natal Aracataca, departía con sus entrañables amigos de farra y aficiones intelectuales: Alejandro Obregón, Álvaro Cepeda Samudio, José Félix Fuenmayor, Germán Vargas…
Recorrimos las pocas salas de La Cueva, como cualquier turista que se respete; admiramos las fotografías históricas en las paredes, así como los cuadros de Figurita, el pintor del grupo que murió al caerse de una carroza durante el carnaval -¡para gloria y loor del realismo mágico!-, y fuimos a parar, con emoción, al salón donde se proyectaba un video, en inglés, sobre el recorrido vital del Nobel Gabo en su lejana juventud, cuando escribía crónicas de cine en el periódico El Heraldo, donde su director, Gustavo Bell, nos esperaba a la mañana siguiente para hablar sobre lo divino y lo humano.
El espíritu dionisíaco
Concluida la visita oficial, nos trasladamos al restaurante improvisado, con su mesa “en U” a lo largo del más amplio recinto de La Cueva, donde se apareció de inmediato un conjunto musical, igualmente de la Universidad Simón Bolívar, para golpear los tambores, abrazar el acordeón, soplar en la flauta típica de millo y cantar, cantar hasta el cansancio, típicos ritmos caribeños como la cumbia y el mapalé, mientras danzaban dos expertas bailarinas del grupo folclórico que después, a mucho honor, conquistaría un premio internacional en Nueva York.
Nadie se pudo quedar sentado, ni siquiera el profesor Morin, el primero en salir a la pista tan pronto le invitaron, siempre sonriente, con sus ojos muy pícaros y sus brazos que se agitaban arriba en un ritmo diferente al de sus pies, los cuales lograban moverse con dificultad, tratando de seguir la melodía.
Era el espíritu dionisíaco, con el dios Baco a la vista, que hacía acto de presencia para echar por tierra la visión acartonada, ceremoniosa y prepotente de los académicos. O el homo demens, opuesto y complementario al hombre racional, que Morin exaltaba en sus numerosos libros… y en su propia vida, en el baile y la música, en la literatura y el arte.
“¡Esto es maravilloso!”, dijo en algún momento, poco antes de despedirse.
Recuerdos imborrables
De esta visita de Morin a Colombia, nos quedamos con sus recuerdos que podemos reconstruir a pedazos, tejer como él lo hace en su método sobre el pensamiento complejo, y transformar al pasado en presente para vivir de nuevo aquellos gratos momentos que estuvimos a su lado o lo sentimos cerca, muy cerca, como simples espectadores de sus sabias enseñanzas.
Nos dejó su imagen informal, tanto que en alguna oportunidad se apareció en el escenario con el típico sombrero vueltiao y sandalias; su sonrisa permanente, que veíamos como el reflejo de su tranquilidad de espíritu, y su contacto familiar con el público, con todos aquellos que se acercaban para pedirle un autógrafo o tomarse una foto con él para sentirse, durante pocos segundos, parte de la historia.
Nos dejó su sencillez para exponer sus ideas, haciéndolas comprensibles hasta para los niños y jóvenes, a quienes trataba como un abuelo, así como la solidez de su pensamiento complejo, sustentado en la densa formación filosófica, intelectual y científica, en todos los campos del saber, como si ninguno de estos pudiera ser ajeno a su espíritu humanista.
Dejó, además, mensajes de optimismo a pesar de la incertidumbre que nos acosa, al igual que el llamado a desarrollar en América Latina un pensamiento propio pero universal, acaso por su confianza en que acá, en nuestros pueblos recién llegados a la cultura occidental, se encuentra la salvación del mundo.
Lo recordaremos, en fin, por su alegría contagiosa que se desbordó, al ritmo del mapalé y la cumbia, en La Cueva; que entonaba con orgullo La Marsellesa, el famoso himno nacional de su país, y que cantaba, mientras agitaba sus brazos para llevar el ritmo, el poema de Machado, en la voz de Serrat.
“Caminante: No hay camino. / Se hace camino al andar…”.



