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sábado, diciembre 3, 2022

El concepto de la historia en Eduardo López Jaramillo

Diego Firmiano

La primera cuestión de Glosas de ver pasar (2017) es ¿qué entendía Eduardo López Jaramillo por determinismo histórico en su ensayo «Unamuno, paisaje espiritual de España»? El asunto es problemático, no tanto porque haya sido un joven el que usó estas palabras como exordio, sino porque el concepto no es literario, ni siquiera sociológico, sino que pertenece al argot marxista, al dogma renacentista de Trotsky, de que, en el socialismo, el hombre medio será un Aristóteles, un Goethe, o un Marx, alcanzando cumbres mayores. Significado con el que se puede intuir que el autor, estaba completamente imbuido de un materialismo histórico en sus primeras reflexiones.

Ahora bien, este concepto inicial o dogma marxista no tendría importancia, ni lexical, ni gramaticalmente, si el ensayo escolar no fuera netamente literario, porque cuando el primer Eduardo López Jaramillo diserta sobre España como un pueblo que responde categóricamente a su destino espiritual, lo que hace es mezclar irónicamente historia con literatura, logrando una reflexión inteligente, aunque no necesariamente justa con el corpus argumental.

¿Cómo escapó un intertexto así a los estudiosos de la obra del autor pereirano?
Mejor pensemos que este término determinismo histórico puede ser, ora una construcción textual ecléctica (justificado en la edad del autor), ora un yerro en su idealización de España, ora un repaso histórico de la conformación de las españas que desemboca en la exaltación de un Don Miguel de Unamuno metafísico y epítome del sentimiento trágico de la vida. Como sea, al joven ensayista concebir el país de los cuatro reinos, y sus registros como eventos predeterminados y concatenados, o guiados por la mano de Hegel (o de Marx), ignora el misterio de la historia que reside, por un lado, en su temporalidad; y por el otro, en el progreso gradual de la misma, ya que esto no es algo enteramente dado.

Así entonces, no es viable afirmar que este ensayo puede estar concebido al revés, ya que el tema, en toda construcción textual, se entrega antes, y ese lugar asegura lo literario como resultado.  Es más factible pensar que este intertexto de Eduardo López Jaramillo, es una muestra de un estilo estrictamente irónico, que reduce la interpretación del término, a un desconocimiento de la realidad histórica y sistemática del mundo. ¿Existe un determinismo histórico para los pobres, los oprimidos, o los perdedores?

Porque al este asumir la posibilidad de un hecho histórico de tal calibre no hace más que huir de la precisión del significado, aunque queda claro su comprensión de la historia como un conjunto de hechos narrativos lineales y casuales, que, enmarcados en un contexto literario, afirman una visión cultural y monológica del mundo. ¿Es América producto de las letras ibéricas? ¿Cuánto le debe la novela latinoamericana a Cervantes? ¿Rubén Darío y el último Góngora en qué punto poético convergen?

Cuestión que nos induce a pensar si acaso el ensayista pereirano creía en una causalidad histórica, ya que el contexto de 1964, año en que Eduardo López Jaramillo elabora el mencionado ensayo, era un hervidero de hechos políticos, culturales y sociales que preveían un mundo en conflicto. El «determinismo histórico» del autor, sin duda, es una desdoblamiento cultural, es decir, está enmarcado en un cuadro literario y no social: España, Don Miguel de Unamuno, la herencia de la generación del 98, la tradición de las letras y la pureza del lenguaje.

Con todo, así como en política, en literatura nada surge previamente dado, antes bien, cada vanguardia obedece a una temporalidad lenta y azarosa y no necesariamente lineal. ¿Qué significa hoy para América Cervantes, Hornero o Lorca? Una cosa sería los textos configurantes de El Cantar de Mio Cid para las letras españolas, el Beowulf para la cultura anglosajona, o el Popol Vuh en los pueblos mesoamericanos, y otra, que cada formación literaria haya influido precisamente en la otra y así sucesivamente. No hay, ni puede haber, un determinismo histórico en la literatura, a lo sumo podemos concebir un «Determinismo experimental del ensayo» o un «darwinismo literario», y esto, bajo el riesgo que tal naturalismo cultural, ahogue la creación artística.

Este término solo puede ser comprendido como un intertexto desconectado de otra idea aún más compleja: «La conciencia de destino». Un presupuesto que faculta el hado para transformar la historia por medio de los hechos y que constituye un error sociológico, porque el fatum, tal como lo concebían los escolásticos, no daba pie a ningún ángulo de libertad humana, sino que este lo conducía irremediablemente al mecanicismo, es decir, a la eliminación de toda subjetividad y singularidad específica. Por lo tanto, es problemático aunar «determinismo» con la noción de que cada grupo forja su destino o tiene algún tipo de conciencia rectora, tal como el pueblo judío y el «Destino manifiesto», los griegos y el «panhelenismo», o la misteriosa herencia de la etnia «Kalash».

El párrafo original del libro reza:
«Las naciones, como los hombres, parecen obedecer a un extraño determinismo histórico. Una singular conciencia de destino les define de antemano una mentalidad particular, les señala una probabilidad de brillante futuro o, por el contrario, secas sus raíces y destruye su savia espiritual»
Eduardo López Jaramillo, en el concepto «Conciencia de destino», no encuentra eco en la idea del hombre como legislador, medida de todas las cosas, o el que interviene el destino para transformarlo,  ya que en su ensayo hay perdedores: «Son los hombres olvidados e ignorados, los que no alcanzaron a entrar en la leyenda»; y ganadores: «Otras naciones, por el contrario, han sido las favoritas de la historia y otros hombres han sentido siempre sobre sus hombros el peso de la gloria», una dualidad antagónica que plantea sin ton, ni son, y que prescinde de la volición, el libre-albedrío, arrullando al ser en la hamaca del «determinismo histórico».

¿Está la sociedad, o las sociedades condenadas a vivir en uno u otro ángulo de la historia? ¿Es el hombre la suma de todos los hombres como proponía Bernardo de Chartres?  La reflexión de Eduardo López Jaramillo no lo supone, sino que, en un extraño juego socio-literario, disocia intencionalmente el hombre en construcción, el que es conducido hacia adelante por el Zeitgeist, empujado por la mano invisible del destino, con el hombre devenir, o el homo-faber constructor y destructor de civilizaciones.

Con una extraña y esquiva maestría, el autor logra invertir los procesos acumulables del mundo para configurar una historia literaria de España en las figuras de Don Miguel de Unamuno, Rodrigo de Vivar, El Greco, Baltasar Gracián, Miguel Cervantes de Saavedra y otros, con el fin de afirmar que no es la conciencia del hombre la que determina su destino, sino los hechos concatenados, predeterminados, creando así un intertexto taxativo, que bien podría desembocar en equívocos sociológicos como avalar los totalitarismos, o dar crédito a ese extraño determinismo expuesto por Émile Zola.

En el ensayo «Unamuno, paisaje espiritual de España» en Glosas de ver pasar (2017), hay pues, un indeterminismo literario, es decir, una confusión sobre la linealidad de las vanguardias, o la tradición de las letras de España, aunque más allá, existe un intento sistemático por ahondar en una arqueología literaria. Por ello, no hay que exculpar la edad de Eduardo López Jaramillo al componer este texto, sino que se vale el intento prístino de conformar un argumento histórico, en este caso: España como nación conquistadora y letrada, imperio de las letras, y cuna del lenguaje castellano, que al igual que el panhelenismo, que al igual que Francia, Alemania o Italia, configuró literariamente a hispanoamérica.
¿Cómo se escapó este intertexto a los estudiosos de la obra del escritor pereirano?

“Toda civilización se transforma…y si el estancamiento equivale para ella a la nada, la marcha hacia adelante la encamina implacablemente hacia la muerte”
Lucien Duplessy
La muerte de las formas

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