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jueves, agosto 18, 2022

El cartógrafo del infierno y de la vida misma

Alberto Rivera

A Pedrito Ospina le cambia la vida por completo entre sus 10 y 15 años. Siendo ya un hombre, decide contar esa sucesión de eventos sombríos que marcaron el destino de su familia de manera irremediable. Estos secretos familiares comienzan a revelarse a medida que el niño crece, pero los más tremendos solo los consigue conocer en la adultez, cuando ya ha sido trazado el mapa de su tristeza.

En esta novela de Harold Kremer que ocurre en Buga, en plena época de la violencia, los pájaros, la policía conservadora,van por las veredas asesinando familias enteras de campesinos para después, en notarías y juzgados cómplices, trasladas la propiedad de sus tierras a despojadores más grandes. Uno de ellos es Pedro Ospina, el papá de Pedrito, el narrador de esta novela.

El autor del libro, Harold Kremer, es autor de los libros de cuentos Rumor de mar, El enano más fuerte del mundo, El combate, El prisionero de papá, La cajita cuadrada y Patíbulo. Además ha escrito El color de la cera en su rostro y el texto infantil La casa mágica, además Doce pequeñas muertes.

El cuento, las frases cortas y la negación de los adjetivos para tratar de sugerir formas y ambientes, han sido constantes en su literatura…

-El cuento, como tú lo dices, debe sugerir más que decir o explicar. Esto permite que el lector se vincule con sus emociones, con sus recuerdos y vivencias a la historia narrada. Desde Hemingway ha sido una constante este tipo de relatos. Se trata de no exagerar con los adjetivos porque estos definen y no le permitirían al lector producir interpretaciones. ¿Para qué, por ejemplo, describir en exceso una gripa, si todos conocemos por experiencia propia, lo que significa? Además, un cuento debe limitarse a un solo asunto o tema. En él no cabe más porque perdería su esencia. Es muy limitado. Un buen cuento debe mostrar movimientos, los cambios en la vida de un personaje, lo que lo cuestiona y lo lleva a transformar su ideología, su vida. Un buen cuento debe permitir, desde el nivel del relato, levantar una historia coherente, sin vacíos inexplicables. La novela, a diferencia del cuento, puede tener varios asuntos o temas. En ella sí caben historias de diferentes personajes que se van mezclando hasta formar una totalidad. Faulkner decía que lo más difícil en literatura era escribir poesía; en segundo lugar, escribir cuentos, y en un tercer lugar colocaba la novela.

Harold, usted es más conocido como cuentista, quizá este libro sea un cuento largo y no una novela…

– El cartógrafo del infierno es una novela y fue pensada y escrita como tal desde el principio. Es cierto que he escrito y publicado muchos cuentos y minicuentos, pero eso no me hace solo cuentista. Antes, hará unos cinco años, la UdeA publicó mi primera novela (El color de la cera en su rostro). También he escrito poesía y cuentos infantiles. La poesía me ha permitido mirar la realidad con otros ojos, enriquecer mi lenguaje, acercarme a la sensibilidad del ser humano.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Está algo de su infancia en este libro?

– Claro que sí. La primera imagen que tengo de la novela es a mi abuela que ocultaba en su casa a dos indígenas que les habían arrebatado la tierra y asesinado a sus familiares. Estaban escondidos en el patio y nunca salían de día, ni se dejaban ver de nadie por orden de mi abuela, porque los estaban buscando para matarlos. Casi un año los ocultó. Otra imagen es la que me contó un tío que manejaba una volqueta del municipio. A él le tocaba recorrer las veredas recogiendo muertos que luego llevaba al cementerio para ser enterrados en fosas comunes. Años después me enteré de que muchas familias bugueñas hicieron lo mismo que mi abuela. Esas imágenes siempre estuvieron en mi cabeza y finalmente las desarrollé en El cartógrafo del infierno.

Es una obra de mujeres, ellas están en todas partes, con sus poderes, sus tristezas, su amor oculto…

– Siempre en mis cuentos y novelas las mujeres tienen un papel fundamental: tal vez sea el del raciocinio, y en los hombres está la emoción. Estas dos visiones colisionan permanentemente, y más en la temporalidad en que El cartógrafo del infierno fue concebido. La mujer tiene la capacidad innata de ser cruel y, al tiempo, tener compasión. La mujer es juzgada por su intimidad, por sus anhelos y proyectos, y tienen que esconder esos deseos al mundo masculino, y al de las mismas mujeres, para llevarlos a cabo. De allí viene su crueldad. Esas mujeres, en mi novela, son Leonelia, Mélida, Paulina y la señorita Ruth. Cuando la abuela va a insultar a Ruth por su embarazo descubre que es un ser humano lleno de amor, y decide ir al parque Cabal a llorar por ella. Ahí tiene un gesto de compasión, parecido al que le sucedió cuando decidió ocultar a los dos indígenas en el patio de su casa. Pero antes, recordemos, fue cruel con su propia hija al pensar que ella iba a ser el soporte de su vejez, sin pensar en que ella, Mélida, podía construir su propia vida. La abuela es Antígona en Buga, una mujer que desobedece las leyes civiles de su época porque tiene otras creencias que la acercan a la “misericordia”, casi sus propias palabras. 

Los hombres, en cambio, son objeto de la vida, de circunstancias adversas que no encajan con sus realidades. ¿Qué son para Harold Kremer?

– Detrás de las creencias religiosas y patrióticas de los hombres siempre está el poder. El poder de la tierra, del dinero, de continuar con lo patriarcal. Son hombres premodernos que se negaron a aceptar la modernidad, hombres que creen que la base de la riqueza es la tierra, y se niegan a aceptar cambios. Cuando uno de ellos muere, el que lo sustituye continúa con su legado. Es la historia de siempre en Colombia, desde la conquista española. Y cuando alguien intentó cambiar esa ideología fueron asesinados (Uribe Uribe, Gaitán, Galán) o fueron difamados y perseguidos por sus opositores como Alfonso López Pumarejo.

A Pedrito Ospina, el protagonista, los secretos familiares le pesan demasiado, y en la adultez los conoce en medio de su tristeza. ¿Qué pasa con él después de esto?

– En la novela no se habla del mundo ulterior de Pedrito Ospina, el narrador ya adulto. Pero se presagia: su vida queda destruida, sumida en recuerdos que son reales o inventados. Recuerda que en las Notas complementarias la abuela le dice que no trate de entender su pasado, que lo olvide, que ya no puede hacer nada por cambiarlo, que si insiste de pronto descubrirá algo más terrible que lo llevará a la perdición.

¿Por qué esa presencia del placer como un elemento que puede reafirmar la condición humana?

– El placer es una de las mejores formas de vivir, de acercarse a la vida. No siempre se logra o se logra solo por momentos.

¿Cuánto le llevó escribir e investigar la obra?

– Un año en el que escribí El cartógrafo del infierno y otra novela, titulada El bar del muerto (inédita), hermana esta última de la primera.

La historia ocurre en su pueblo, en época de la violencia. ¿Cómo es hablar de la Buga del pasado?

– Bueno, yo soy bugueño y conozco gente mayor y familia que me han hablado de la época. Definitivamente mi mundo literario es Buga, mi Yoknapatawpha, mi Santa María, mi Comala, mi Macondo. En la mayoría de mis cuentos siempre está la ciudad presente, es una fuerza interior contra la que luché al principio de mi vida literaria, pero fue imposible porque siempre aparecían ambientes e historias que podían ser bugueñas, lo que mejor conozco púes viví dieciséis años allí. Un día dejé de pelear y Buga se impuso.

Qué está trabajando en estos momentos, qué sorpresa le tiene a sus lectores?

– Estoy trabajando una nueva novela (aun sin título), hermana de las dos anteriores. Esta novela trascurre a finales del siglo XIX y comienzos del XX. La idea es hacer una trilogía que abarque gran parte del siglo XX.

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