El bautismo de Jesús

En la novela Viaje al Oriente, el escritor alemán Herman Hesse narra el viaje de un grupo de personas al Oriente, símbolo de la casa de la luz. “Nuestra meta era no sólo el Oriente, más bien el Oriente era no sólo un país y algo geográfico, era la casa y la juventud del alma, era cualquier sitio y ningún sitio, era la unión de todos los tiempos”. Leo, el personaje central de la historia, acompaña a este grupo de viajeros como su servidor, el que hace las tareas serviles, pero al mismo tiempo los sostiene con su espíritu y sus cancines. Todo va bien hasta que Leo desaparece y el grupo se deshace y se dispersa, cada uno sigue su camino.

El narrador de la historia, uno de los viajeros, vagabundea durante años, hasta que un buen día es conducido a la orden que patrocinaba el viaje. Allí, para su sorpresa, descubre que Leo, al que conoció como servidor, es el jefe de la orden, su espíritu y su líder.

Nosotros, los viajeros en busca de la casa de la luz, casa sin puertas, sin sol y sin luna, porque Dios y el Cordero serán nuestra plena luz, nosotros en este tiempo de Navidad celebramos a nuestro líder y Salvador en un niño y lo celebramos a lo largo de todo el año y de toda nuestra vida, ya adulto, como el hombre bautizado, el hombre lleno del Espíritu y el servidor de este grupo de viajeros que somos todos los hombres.

Jesús desaparece, pero la historia no termina, nosotros sabemos dónde encontrarlo porque somos el pueblo del Espíritu, el mismo Espíritu que levantó a los profetas, el mismo Espíritu que llenó a Jesús el día de su bautismo, día de su despertar vocacional, día de su envío misionero, día del Padre y del Espíritu, del cielo abierto y de la voz escuchada. Jesús nos llena con su mismo Espíritu, nos reúne en asamblea de fe con poder para continuar su misión como servidores y animadores de los viajeros en busca de sentido. Jesús, antes de comenzar su ministerio, su vida pública, como cualquier otro israelita se sumergió en las aguas bautismales del Jordán y supo aquel día que Él era el perdón, el Amado, y lo siguió aprendiendo sirviendo a los pobres y a los encadenados por el mal y entregado a la implantación del nuevo orden, el Reino de Dios.

El bautismo de los cristianos es un gran acontecimiento en nuestra vida como lo fue en la vida de Jesús. No oímos la voz del Padre, pero nos dice también: “Tú eres mi hijo, yo te quiero”. No vemos bajar al Espíritu, pero llena nuestro corazón. El bautismo nos señala la dirección del camino hacia Dios, primer paso hacia la meta, una relación cada día más estrecha con nuestro nuevo Padre, sacramento renovado diariamente y cada vez que hacemos la señal de la cruz.

Bautizar, en estos tiempos de increencia y de alejamiento de la Iglesia, es un ministerio más inquietante que alegre. Problema que la Iglesia no se atreve a enfrentar. Gracia a Dios algunos padres nos solucionan el problema al no bautizar ya a sus hijos, les basta con darles de alta en el registro civil. Muchos padres que nunca pisan la iglesia siguen pidiendo para sus hijos la tarjeta de socios del club de Jesús al que nunca invocarán, piden un seguro que les libre del infierno, un lavado inicial o un rito cultural sin contenido religioso.

El bautismo de Jesús que hoy celebramos más que una mirada al pasado es una invitación a renovar diariamente el bautismo en el Espíritu, alegría y libertad, y a la Iglesia la invita a plantearse y revisar la tarea pastoral de bautizar.

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