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miércoles, agosto 10, 2022

Duelo de domingo

Es tendencia

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Jorge Emilio Sierra Montoya (*)

Claro que estábamos en plena violencia. Por aquella época se mataba con la misma facilidad que hoy compramos periódicos y revistas en las calles. Aunque ahora también, no hay duda, es mucha la gente que a diario cae asesinada en Colombia. Pero las razones son otras, al parecer.

Primero fueron motivos políticos, recuerdan los viejos. Todo empezó -cuentan- por el asesinato de Gaitán, en 1948, cuando los liberales vieron con dolor, entre lágrimas, cómo su caudillo popular, enfrentado a las oligarquías de ambos partidos, era víctima indefensa de un crimen atroz, sanguinario, en el centro de Bogotá, poco después del mediodía de ese infausto y ya célebre 9 de abril, cuando se desató, en todo el país, el llamado Bogotazo.

Los conservadores, por su parte, habían tenido que organizarse, durante la República Liberal de 1930 a 1946, para enfrentar a las pandillas de cachiporros, quienes llegaron a prohibir su presencia en las urnas durante el día de elecciones, dos horas después de iniciados los comicios, naturalmente para asegurar su triunfo continuo, ininterrumpido, durante casi dos décadas.

“Godo que esté en la calle después de las diez de la mañana es porque sale a preparar su funeral”, comentaban en son de burla y con amenazas de muerte que no dudaban en cumplir a la hora señalada.

Unos y otros, pues, se acusaron mutuamente de haber desatado la violencia, según la filiación partidista de cada persona. De ahí que estas versiones encontradas, opuestas, persistan hasta ahora, al menos entre quienes sobrevivieron a tales masacres, que en verdad las hubo y por montones.

 

 

 

Cementerio  de Marsella. (Plumillas del pintor Julio Villada).

 

 

 

 

Un personaje del oeste

Pero, al lado de la política, del sectarismo, de las ansias de poder fomentadas desde arriba con sórdidos intereses, no faltaron los hombres simplemente guapos, verracos, dispuestos a dar la vida por el mero afán de poner a prueba su valor y la superioridad física sobre los demás, cualesquiera fuesen.

Eran personajes dignos del oeste americano, como los pintaban en las películas que también fueron muy concurridas allí, en el teatro del pueblo, hasta mucho después de los años que comentamos.

Y entre ellos se destacó uno en Marsella, venido de quién sabe dónde, siempre con su acento paisa, muy marcado, que lo hacía oriundo de algún municipio vecino, de los tantos que nacieron en la colonización, o de la misma Antioquia, vasta región que comprende desde Urabá hasta Medellín y desde los límites con Chocó hasta el Viejo Caldas (los actuales departamentos de Caldas, Risaralda y Quindío), hacia donde se volcaron los antiguos arrieros.

Al poco tiempo, el tipo en cuestión era la figura central de la vida local, por encima del alcalde, de monseñor Jesús María Estrada y Genovevita Álvarez, la santa para mostrar cuando llegaba el señor obispo. Encarnaba algo así como el imperio de la violencia, nada menos.

Nadie supo su nombre. O nadie, entre los vivos, lo recuerda. Si mucho, le habrán puesto un apodo, el cual le caería como anillo al dedo, pero ningún parroquiano se atrevía a decírselo, ni siquiera de lejos o a escondidas. Todos le temían al verlo.

Pánico en el pueblo

No era para menos: alto, de casi dos metros de estatura, se destacaba aún más entre pequeños mestizos que reflejaban, en los rostros, sus marcados ancestros indígenas; fornido, sobre todo al hacer gala de los músculos que mostraba entre su camisa abierta en todo el pecho, y no hay duda que era un excelente chalán, hábil para que su caballo, por desbocado que fuese, quedara sometido a su voluntad, ya con un grito (que se escuchaba de un extremo a otro de Marsella) o con un tirón fuerte de la brida, lo que causaba admiración entre los humildes parroquianos que apenas alcanzaban a agachar la cabeza por miedo a su ira.

 

 

Calle de Marsella. Foto: (Plumillas del pintor Julio Villada).

 

 

 

Era más bien pánico lo que provocaba. Influía al respecto su apariencia física, suficiente para deducir la fuerza hercúlea que tenía y cómo al descargarla sobre alguien podía volverlo polvo, harina, cosa que él se preciaba de haber hecho innumerables veces en sus múltiples recorridos alrededor del mundo.

Porque por doquier, particularmente con las mujeres y, en especial, con las putas de El Morro, se enorgullecía de haber atravesado las fronteras nacionales, de salir bien librado en peleas a muerte con pistoleros mexicanos, de salvar su vida en una docena de emboscadas, de haber derrotado a una banda entera de contrabandistas por defender un cargamento que era suyo, y de pasearse por los mares como Barba Roja, el pirata de los cuentos infantiles.

Bebía trago como si ya se fuera a acabar, como nadie hasta entonces lo había hecho, y proclamaba a cuatro vientos que podía vencer a Sansón, a Goliat y a todos los gladiadores juntos, con revólver, machete, cuchillo o simplemente a mano, a puro pulso, “que es lo que más me gusta”.

El reto al mono Alvarán

Por fortuna, nunca había matado a nadie en Marsella. La causa era obvia: tampoco nadie se atrevía a aceptar sus continuos desafíos, los mismos que acostumbraba proferir a avanzadas horas de la noche cuando casi todo el mundo estaba dormido y de aquello no daban constancia sino las pobres solteronas que miraban por entre las rendijas de las ventanas, temerosas de ser acribilladas por una bala perdida.

Sin embargo, el reto al mono Alvarán fue de día, un domingo, en la Calle Real, cuando en ésta no cabían los montañeros, perros y caballos, culebreros y vendedores de pócimas milagrosas para curar todas las enfermedades, desde la caída del cabello hasta la sífilis.

Nadie tampoco sabe cuál fue el motivo. Sólo se cuenta que el singular personaje de nuestra historia apareció de pronto allí, parado al frente de la carnicería del mono, alzando su voz de trueno contra él, contra su madre, contra toda su familia, y que si era tan varón saliera a enfrentársele, como fuera.

El mono era una persona tranquila. Carnicero, pero no por ello violento o amigo de las rencillas callejeras, menos cuando se trataba de jugarse la vida. No obstante, el tipo debió haberlo cogido de malas pulgas porque le contestó, para sorpresa de todos, que lo esperara a su salida del negocio, para irse a matar en el potrero de La Aurora, y que a las tres de la tarde sería el duelo, recordando la hora en que murió Cristo.

Y siguió atendiendo a su clientela, como si nada.

La noticia se regó como pólvora. Pasadas las dos, hora en que el mono cerraba su carnicería, la consternación era total, con la Calle Real repleta, como nunca antes se había visto, y una multitud de curiosos llegaba hasta El Morro, sitio cercano al potrero de La Aurora, donde tendría lugar la disputa.

Rumbo a El Morro

Nadie sabe qué se hizo el forastero desde el momento del insulto hasta la hora señalada para el duelo. Pero, no importa. Importa, en cambio, que el mono vendió su última libra de carne, guardó la silla donde se sentaba para hablar con sus amigos parados en la calle, y metió debajo de su ruana un enorme cuchillo, del que no se cuidó en ocultar la punta que brillaba, con la luz del sol, debajo de su gruesa correa de cuero.

Los dos contendores partieron juntos, sin mirarse siquiera. Detrás, la multitud avanzaba en medio de murmullos, de apuestas secretas, de especulaciones acerca de quién ganaría en la contienda a juzgar por sus habilidades, realmente desconocidas.

En un bar del Morro se detuvieron. El mono, que allí se sentía como en su propia casa, invitó a su rival para tomarse un trago, frente a la mirada sorprendida, expectante, del público.

“Una botella de aguardiente, por favor”, dijo sin gritar, como si no estuviera a un paso de enfrentar lo que el pueblo entero sabía. El otro, por su lado, no soltaba los labios, actitud explicable, según comentaban sus seguidores, por la concentración debida para no gastar fuerzas antes de la pelea.

El mono destapó la botella. Y con solemnidad pasmosa, como la de alguien que participa en un rito, sirvió dos tragos dobles, que se bebieron con rostros petrificados, quietos, sin hacer brindis.

De inmediato sirvió otros dos. “Los últimos”, observó. Y agregó a continuación, para que todos le oyeran, especialmente el dueño de la cantina: “Aquí dejo la botella de aguardiente. Quien quede vivo, regresará a tomársela y la paga. No pasarán más de veinte minutos…”.

Pies en polvorosa

No había terminado de hablar El mono, cuando el temido forastero, en un abrir y cerrar de ojos, desapareció entre la multitud, sin darle tiempo a su rival de detenerle y ponerlo en su sitio.

Nadie volvió a saber de él, ni mucho menos se supo que hubiera ido a otro pueblo, nacido de la colonización paisa, para hablar de sus fechorías, de su fuerza descomunal y de su capacidad para vencer a cualquiera, “donde sea y como sea”.

No dejó rastro, mejor dicho.

(*) Miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua.

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