¿Dudas o indiferencia?

Siempre es saludable, en una época de crisis como la actual, ir clarificando todo aquello que nos impide adoptar una postura lúcida y honesta. Concretamente y por lo que se refiere a la crisis religiosa del hombre contemporáneo, es imprescindible distinguir bien lo que es duda religiosa y lo que es indiferencia.

El hombre que duda desde una actitud sincera no rechaza nada. Tampoco se mantiene indiferente. Sencillamente busca, indaga, trata de encontrar razones para creer de manera responsable. Esta duda es noble y digna de todo respeto. Jean Lacroix llega a decir que «si muchos de nuestros contemporáneos guardan una actitud de duda parcial o total ante ciertos dogmas es porque, muchas veces, no pueden en conciencia hacer otra cosa».

No hemos de olvidar que la teología siempre ha afirmado que el acto de fe, como cualquier otro acto humano, para ser responsable, ha de estar justificado en la propia conciencia. Una persona no debe confesar lo que la Iglesia confiesa, si en conciencia cree que no lo debe hacer. Santo Tomás de Aquino, el teólogo más eximio de Occidente, no tiene reparo en afirmar que «creer en Cristo es algo bueno en sí mismo, pero es inmoral si la razón estima que es malo, pues cada uno debe obedecer a su conciencia, incluso cuando es errónea».

Naturalmente, estamos hablando de aquellos que dudan porque quieren ser honestos y no se contentan con adoptar ciegamente una postura ligera e irresponsable.

La indiferencia es otra cosa muy distinta. El que adopta una postura indiferente ante las cuestiones fundamentales de la religión está eludiendo en definitiva la cuestión del sentido último de la vida y, en la medida en que vive de manera indiferente, está deshumanizando su existencia.

La razón es simple. El escepticismo no deja de ser una enfermedad de la inteligencia pues impide a la persona buscar la verdad con decisión, y una enfermedad de la voluntad pues lleva al hombre a refugiarse en un mundo de desconfianza y sospechas teóricas para no verse obligado a tomar una postura más comprometida y responsable.

En el fondo de la crisis religiosa del hombre contemporáneo hay probablemente mucho más de indiferencia interesada y escepticismo cobarde que de duda honesta y responsable. Por eso es saludable escuchar las preguntas de Jesús: «¿Por qué sois tan cobardes? ¿Por qué no tenéis fe?».

Yo invitaría al que se dice increyente y agnóstico a reducir todas las cuestiones a algunas pocas preguntas esenciales:

¿qué es exactamente lo que no crees?, ¿qué es lo que te resistes a creer? Esa postura de indiferencia, ¿es resultado de una búsqueda sincera o la coartada de quien no se atreve a vivir de manera más profunda y comprometida?

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