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viernes, agosto 12, 2022

Dos textos de Pirry en Las Artes

“Colombia Bizarra” (Planeta) es el nuevo libro de este cronista con los capítulos más terribles, hilarantes y sorprendentes de la historia.

Guillermo Prieto La Rotta

(Boyacá, 1970), más conocido como Pirry, es un periodista, documentalista, fotógrafo, escritor e influenciador en sus redes sociales, con énfasis en temas del medio ambiente. Es director y presentador del programa Efecto Pirry en el canal Red +. Trabajó durante dieciséis años haciendo crónicas y reportajes en más de noventa y tres países de los cinco continentes. Ha sido corresponsal de guerra en lugares como la Franja de Gaza, Congo, Ruanda, Líbano y su propio país. Ha ganado cuatro veces el Premio Simón Bolívar, el galardón periodístico más importante de Colombia, y ha estado nominado al premio Emmy Internacional en la categoría de mejor documental. Es autor de los libros Viaje por el mundo sin censura (Planeta, 2013) y Sexo (Planeta, 2015).

LOS NIÑOS DULCES DE

MANIZALES

Manizales, a diferencia de Cali, es pura loma. A golpe de hacha y machete, colonos antioqueños, acompañados de yeguas, mulas y caballos, despejaron un terreno escarpado cerca del nevado del Ruiz y fundaron la ciudad en 1849.

Por su ubicación estratégica en una ruta importante para el comercio, se pobló con rapidez y creció gracias al café y todos los puestos de trabajo que ofrecía su cadena de producción.

Por cuenta de esto contó con líneas de ferrocarril y un cable aéreo, de 72 kilómetros de largo, que la comunicaba con el municipio tolimense de Mariquita. Estos medios de comunicación dejaron de existir hace rato, pero del último quedan en pie dos torres que le dan el nombre de El Cable a este sector, al que se llega por la avenida Santander, una de las vías principales de la capital caldense.

Al subir más por esta vía se llega a Milán, una zona de restaurantes, y más arriba se encuentra Cerro de Oro, uno de los puntos más altos de la ciudad. La vista desde allá no tiene comparación, y el lugar es un imán para ciclistas que quieren una subida exigente y parejas de enamorados que quieren ver atardeceres.

En las noches despejadas, los aventureros suben a contemplar el firmamento y los más audaces llegan a la medianoche en carro para atraer a los Niños Dulces.

La leyenda urbana dice que hace muchos años, nadie sabe cuántos con exactitud —la vaguedad es importante en este tipo de historias—, un grupo de niños murió de manera trágica en este sitio. Unas versiones cuentan que perecieron en el incendio de un orfanato (esto les suena creíble a muchos porque lo relacionan con los tres incendios importantes que hubo en Manizales en 1922, 1925 y 1926); otras, que iban en un bus escolar que se accidentó, y las menos, que un asesino mató a los pequeños y dejó sus cadáveres regados en los potreros aledaños a esta planicie única en medio de tanta falla y loma.

De los incendios y la actividad sísmica que hay en la ciudad, por su cercanía con el volcán nevado del Ruiz, que se puede ver en días despejados, hay testimonios y registros fidedignos. A lo largo de la historia, los temblores han afectado viviendas de la ciudad y hasta la basílica de Nuestra Señora del Rosario de Manizales, la catedral más alta de Colombia.

Sobre los crímenes o muertes accidentales de los niños no hay ninguna mención. Es un cuento, pero sigue atrayendo a curiosos que van hasta Cerro de Oro para dejarles una ofrenda de dulces y tener una experiencia sobrenatural.

El ritual para vivirla es siempre el mismo. Los grupos llegan en el carro cerca de la medianoche. Estacionan, apagan el vehículo, riegan en el techo un puñado de dulces y algunos ahí mismo un poco de harina. Luego gritan: «¡Niños Dulces! ¡Niños Dulces! ¡Vengan por sus dulces!». Y se encierran en el carro. Dicen los que han hecho la prueba que, cuando se empañan las ventanas, aparecen huellas de manos y pies pequeños, y algunos aseguran que se escuchan voces, cantos y risas. Siempre hay un valiente de turno que se encarga de abrir la puerta y salir a mirar qué pasó. Los testigos dicen que los dulces desaparecen y el patrón de huellas de infantes se repite sobre la harina.

El plan de espanto termina con el grupo comiendo en Milán y tomando cerveza en El Cable. Los que más lo hacen son jóvenes y hasta hace algunos años era un ritual de iniciación. Ahora, después de una pandemia que tuvo tantos horrores y debió curarnos de espantos, es curioso que esta historia siga vigente. Pero así es.

Los escépticos insisten en que es un cuento infantil para ingenuos, aunque en redes hay varios videos de quienes se han medido a hacer la prueba y están convencidos de que en Cerro de Oro sí pasó algo terrible y que los fantasmas de los niños rondan el sector y solo encuentran paz cuando endulzan su pena.

EL DIABLO BAILÓ EN JUANCHITO

Cuentan quienes aseguran haberlo visto que era apuesto, alto, de mirada firme, manos gruesas, varonil y despedía un olor sensual. Nadie lo conocía ni supo cómo llamarlo, pero eso no importó porque hasta la aparición de ese extraño no se había visto tanta guapura reunida en un solo hombre.

Hacía pocos minutos que había llegado a Changó, una de las discotecas de Juanchito, el corregimiento del municipio de Candelaria, que queda del puente para allá en Valle del Cauca, cuando esa zona era un imán para los rumberos.

Cuentan los testigos de los hechos, que tuvieron lugar en algún momento de la década de los noventa, que una mujer se quedó mirándolo desde el otro lado de la pista. El recién llegado la atravesó con el tumbao que tienen los guapos al caminar y la invitó a bailar. Se sincronizaron y tiraron paso como si toda la vida hubieran sido pareja.

En medio del baile, narran los que saben la historia, el hombre le susurró a la bailarina al oído: «No me mires los pies». Como la curiosidad mató al gato, ella hizo justo lo contrario de lo que le habían pedido y miró mientras sentía que subía la temperatura del lugar, las manos de su pareja ardían y de las baldosas se elevaban volutas de humo con olor a azufre.

Vio, según dicen los entendidos, que su compañero de baile tenía pezuñas en vez de pies.

Sobre lo que pasó luego no hay precisión. Algunos dicen que el bailarín se transformó en el diablo que era mientras la mujer gritaba con los ojos desorbitados antes de desmayarse de la impresión. Todos los presentes vieron quién era el extraño en realidad. Al parecer dos hombres recogieron a la bailarina antes de salir disparados del lugar, literalmente como alma que lleva el diablo. En cuestión de segundos huyeron pidiéndole clemencia a Dios. «Eso pasó por haberse ido de rumba en un día de Semana Santa. Los días de Dios se respetan», dijo un rumbero de Juanchito.

En efecto, esta historia se desarrolló en un Jueves Santo y el diablo apareció para asustar a los incautos que habían decidido no guardar este día tan importante para los católicos. La bailarina se llevó la peor parte porque, dicen en Valle del Cauca, después de esta traumática experiencia terminó sus días en un hospital psiquiátrico.

El cuento de la aparición del diablo bailarín en Changó es lo único que queda de Juanchito, porque a esa zona de rumba se la llevó el putas. Las discotecas cerraron, las pistas se vaciaron de bailarines y los discos quedaron arrumados en las repisas. La historia apareció registrada en la prensa entonces y con el paso del tiempo se convirtió en una leyenda urbana repetida, con ligeras variaciones, en otras discotecas de Bucaramanga, Medellín y Pereira.

Es una de esas historias aleccionadoras y atemorizantes que se repiten de generación en generación —tal y como la de las parejas que se quedan pegadas si tienen relaciones sexuales en las fechas santas— para que los creyentes sigan respetando, por miedo al castigo, esos días tan importantes para la religión católica.

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