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jueves, octubre 6, 2022

Domingo XIX del Tiempo Ordinario (Ciclo C), Lectura del santo evangelio según San Lucas (12,32-48)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino.

Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos bolsas que no se estropeen, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.

Tened ceñida vuestra cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame.

Bienaventurados aquellos criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; en verdad os digo que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y, acercándose, les irá sirviendo.

Y, si llega a la segunda vigilia o a la tercera y los encuentra así, bienaventurados ellos.

Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, velaría y no le dejaría abrir un boquete en casa.

Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre».

Pedro le dijo:

«Señor, ¿dices esta parábola por nosotros o por todos?».

Y el Señor dijo:

«¿Quién es el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para que reparta la ración de alimento a sus horas?

Bienaventurado aquel criado a quien su señor, al llegar, lo encuentre portándose así. En verdad os digo que lo pondrá al frente de todos sus bienes.

Pero si aquel criado dijere para sus adentros: “Mi señor tarda en llegar”, y empieza a pegarles a los criados y criadas, a comer y beber y emborracharse, vendrá el señor de ese criado el día que no espera y a la hora que no sabe y lo castigará con rigor, y le hará compartir la suerte de los que no son fieles.

El criado que, conociendo la voluntad de su señor, no se prepara ni obra de acuerdo con su voluntad, recibirá muchos azotes; pero el que, sin conocerla, ha hecho algo digno de azotes, recibirá menos.

Al que mucho se le dio, mucho se le reclamará; al que mucho se le confió, más aún se le pedirá».

Palabra del Señor

 

Reflexionemos juntos

El tema central de este pasaje del Evangelio consiste en la exhortación de Jesús a sus discípulos a que estén preparados para cuando llegue el momento del encuentro definitivo con Dios en la eternidad. Esta exhortación, que es también para nosotros, la hace Jesús empleando varias comparaciones. Reflexionemos sobre ella, para que aquel momento que en el Evangelio es designado “la venida del Hijo del Hombre” no nos sorprenda descuidados. Y hagámoslo sin miedo, animados por la esperanza. Porque también hoy Jesús nos dice a nosotros, como en aquel tiempo al pequeño grupo de sus primeros discípulos: “No tengan miedo…”

1. Donde está tu tesoro, allí también

estará tu corazón

Jesús les había dicho en otra ocasión a sus discípulos que el Reino de Dios es semejante a un tesoro escondido en un campo que, quien lo encuentra, lo esconde de nuevo, vende todo cuanto tiene y compra el campo (Mateo 13, 44). Y al emplear la imagen del tesoro está refiriéndose precisamente a la diferencia entre el Reino de Dios, que tiene un valor infinito, y las riquezas materiales, que son pasajeras.

Si lo más valioso para nosotros es lo material, allí estarán nuestros afectos, hasta sacrificar los demás valores -familiares, sociales y espirituales- en función de aquello que consideramos más importante. En cambio, si reconocemos que los bienes materiales son sólo medios en función de lograr el fin para el que fuimos creados, el cual consiste en ser plena y eternamente felices, y que este fin sólo lo alcanzamos disponiéndonos en todo amar y servir a Dios amando y sirviendo a nuestros hermanos, en especial a los más necesitados, habremos hallado el tesoro que verdaderamente vale más que todas las riquezas terrenas.

2. ¡Felices los servidores a quienes el dueño encuentre velando a su llegada!

La imagen del servidor es muy significativa. En el mismo Evangelio según san Lucas, Jesús les diría a sus discípulos al compartir con ellos la última cena antes de su pasión y muerte en la cruz: “Yo estoy en medio de ustedes como el que sirve” (Lucas 22, 27). Y esto ocurre precisamente cuando sus discípulos se ponen a discutir sobre quién de ellos es más importante. En este mismo contexto podemos entender lo que Jesús nos dice hoy en la parábola de los servidores vigilantes: ¡Felices los servidores a quienes el dueño encuentre velando a su llegada! Les aseguro que él mismo se pondrá el delantal, los hará sentar a la mesa y les servirá uno por uno.

Y al volver sobre el tema en su respuesta a la pregunta de Pedro (Señor, ¿dijiste esta parábola para nosotros, o para todos?), el Señor toma como figura la relación entre los empleados y el dueño de una hacienda. Si nos fijamos en la parte final de la respuesta de Jesús a Pedro en el Evangelio, podríamos considerar bastante cruel el comportamiento de un patrón que castiga a sus servidores que se han portado mal dándoles azotes. Pero Jesús simplemente está empleando una figura, en el contexto de la parábola. Lo que importa es la enseñanza de fondo, que aparece en la frase final de Jesús: “Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá”.

3. Si el dueño de la casa supiera a qué hora va a llegar el ladrón (…)

Teniendo en cuenta que ya estamos advertidos, como lo estuvieron al salir de la esclavitud de Egipto los israelitas a los que se refiere la primera lectura, (lo que habría de suceder se les anunció de antemano:// Sabiduría 18, 6-9), renovando a ejemplo de Abraham nuestra fe y nuestra esperanza en el futuro de felicidad que Dios nos promete, como se nos dice en la segunda lectura (la fe es seguridad de lo que se espera: Hebreos 11, 1-2.8-19), y confiando en la misericordia de Dios como nos invita a hacerlo el Salmo 33 (32), examinemos nuestra conciencia cada día, para estar debidamente dispuestos al encuentro con Dios en el momento definitivo de nuestro paso de esta vida a la eternidad, que es lo que en el lenguaje bíblico del Nuevo Testamento se denomina la “venida de Hijo del Hombre”, el mismo a quien le decimos en la Eucaristía al adorar su Cuerpo y su Sangre: ¡Ven, señor Jesús!, y de quien esperamos a nuestra vez escuchar aquella frase que Él mismo anunció que les diría a quienes estén debidamente preparados: ¡Vengan benditos de mi Padre!

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