Salvemos la educación pública entre la profesión y la vocación

Hernán Mallama Roux

Desde esta ventana, donde contemplo el panorama educativo colombiano, todos sus quiebres, todas sus insatisfacciones, todos sus anhelos, el incierto porvenir que se vislumbra después de una pandemia y una sociedad pasiva que va y viene según la marea de la farándula o el deporte, o su cercano afecto, cual síndrome de Estocolmo, a quién lo subyuga, lo asfixia, a quién lo desconoce y lo lleva al límite de la sobrevivencia.

Escribo, para gritar a través de esa ventana a los Maestros. Esos seres que buscan con fruición ser habitados por la sabiduría, así, sencilla, sin abolengos ni distinciones para compartirla a diario con el bien más preciado de una sociedad: sus niños, niñas y jóvenes.

Tienen una enorme responsabilidad al trabajar artesanalmente con estos seres llenos de vida, de alegría y sueños, pulirlos hasta llevarlos al máximo punto de su propia belleza y hacer brillar todas sus aristas a pesar de venir -muchos de ellos-  de las profundas cavidades del dolor y la angustia.

Tal vez, sea esta la oportunidad para confrontarlos con la realidad queridos Maestros, se hace imprescindible medir la distancia entre la profesión y la vocación para determinar el rumbo que han de seguir en adelante. Digamos pues que el reto hoy se hace más grande porque deben dar un paso al frente ante la eventualidad y señalar con decisión los valores que cimienten una nueva nación esta vez más equitativa y digna.

Para ello, será necesario defender a ultranza el bien público, pues hoy más que nunca, está sometido al interés particular, a la ávida voracidad del capital, que, bajo el pretexto arrogante de la crisis, hoy desconoce las descomunales gestas del magisterio ante un Estado sordo, en contravía de las mayorías, que hoy se confunden entre el lodazal informativo ausente de toda verdad y cordura.

El despropósito de una educación privada que a través de un producto audiovisual  -que ha circulado en redes sociales-  atenta contra el camino intelectual de la educación pública recorrida por años deja entrever una grieta: somos “la escuela de las sillas rotas” -dice el escritor Wilmar Ospina- donde abunda la escasez, el abandono, la indiferencia, pero también abunda la empatía, la pasión, la solidaridad, el talento.

Estamos en la cuerda floja, hoy sacudida por una élite voraz que ve y piensa sólo por el dinero. Autoseñalarse en crisis cuando siguen corriendo las pensiones y las matrículas acumulando esta vez más ganancias pues sus instalaciones impolutas requieren menos personal. Así está el mundo: “lupus est homo homini” diría Plauto en su obra Asinaria, lobo es el hombre para el hombre.

No será sencillo entender esta afrenta, pero será menester, bajo el manto de la razón, asumir con altura el desafío planteado: ¡Salvemos la educación pública! La misma de donde provienen la gran mayoría de los Maestros mal remunerados al servicio de la educación privada, esa educación pública que llena las aulas de hijos de trabajadores informales, independientes, o mal contratados, esa que acumula desidia, inequidad y olvido.

Salvémosla de las fauces del capital que hoy arremete contra la Libertad misma insinuando que será más libre si se ingresa a la educación privada -esto sí que es una insolencia- claro, financiada por el Estado como antaño se hizo y que tuvo que contenerse ante la ferocidad de la corrupción.

Nos queda entonces arreciar el paso, comprometernos mucho más, acercarnos más a nuestras comunidades para protegerlas de ese monstruo mediático llamado “desinformación” que embestirá con fuerza las débiles conciencias de los desproveídos. Freire nos lo advirtió cuando dijo: “La educación es un acto de amor, por lo tanto, un acto de valor”.

Valor para reconocer el fracaso de las metodologías, la rutina adiestrante, el conocimiento en tanto visión bancaria. Valor para empezar a reconstruirnos, a transformarnos en nuevos Maestros, más arriesgados, innovadores, nobles de espíritu, de enorme bondad y belleza ética y claro, estética.

Valor para corcusir este país que se muere a pedazos y mostrar a los ojos de todos, el costo de un pueblo sometido por el capital salvaje. ¿podemos soñarnos unidos bajo el mismo propósito? Hoy es un imperativo ineludible. Valentía es lo que necesitamos para afianzar la educación en el conocimiento de la esencia humana desde una nueva perspectiva que valore la diferencia, la equidad, la justicia como ejes gestantes de un mundo mejor y para todos.

En esta nueva concepción el Maestro asume una humilde postura ante la inmensidad humana, no valdrán los títulos  -materialidad que reafirma el ego- si no asumir la vocación de mostrar a otro las posibilidades de su propia libertad.

Y en este camino, descubrir las infinitas posibilidades de una pedagogía auténtica y contagiosa que va mucho más allá de la simple inteligencia, que trasciende e integra valores culturales, nuevos o en desuso, y rehace el tejido social y nos prepara para una verdadera y duradera democracia.

Habrá que ir muy lejos, recorrer muchos libros y llenarnos de sus frutos porque ¿quién puede acompañar a otro en su proceso de aprendizaje si está vacío de historia, de dialéctica, de experiencia? Esa es nuestra vocación, llevarnos al límite, ser ejemplo de entereza, pulcritud moral, y servicio.

Quién no vaya en esta dirección debe preguntarle a su conciencia cómo cargar con el peso de destruir la única posibilidad de abandonar esta pesadilla que hoy vivimos y por la cual se nos juzga a todos por igual.

Desde esta ventana alcanzo a vislumbrar que aún hay tiempo de retomar el camino, todavía podemos hacer de esta distopía, imprevista por los más avezados profetas, la oportunidad para salvar la educación pública, más allá de los sesgos políticos y las diferencias sindicales, podemos darle una nueva esperanza, hacerla cimiento de un país próspero e incluyente, tolerante pero no ingenua, democrática pero preparada para defenderse en caso de un absolutismo criminal como el que hoy nos gobierna.

Cierro esta ventana y abro la puerta para salir al lado suyo, Maestro colombiano, a construir esa Colombia digna que todos soñamos.

https://ojoaleje.wordpress.com/

 

El autor

Hernán Mallama Roux. Roldanillo-Valle. (1973). Licenciado en Español y Comunicación Audiovisual de la Universidad Tecnológica de Pereira. Ha publicado los libros “Hoguera en Eclipsiris” (1999); “Extasis” Poesía al desamor (2003). El Libro – Arte: Enfisemas. “Poemas para sobrevivir despacio” y “No hubo tiempo para la inmortalidad” 2017. Recibió el reconocimiento del Instituto de Cultura de Pereira y del Ministerio de Educación Nacional por su proyecto “AULA12. Una escuela feliz para la Paz y la Libertad”