Microrrelatos de fútbol

AUTOGOL

El estadio estaba lleno de espectadores que sudaban copiosamente con el sol inmisericorde que alumbraba aquella tarde. Faltando un minuto para acabarse el encuentro, yo, Tomasito González, puntero veloz, estaba en la banca, castigado porque el entrenador me pilló ayer tomando cerveza. Mi equipo perdía por un gol a cero. En ese momento, le hicieron falta a nuestro centro delantero, y el árbitro pitó tiro penalti. La tribuna se volvió loca, todos gritaban “que entre González, que entre González”. El profe les cogió la caña y me metió al campo con la misión de cobrar el tiro desde los doce pasos.

Lleno de nervios por el guayabo de cerveza, acomodé la esférica, y con toda la fuerza de mi alma pateé el balón descolocando al arquero. Pero, el fuerte viento hizo que el balón se estrellara en el horizontal, regresara con una velocidad inesperada hasta nuestra portería y se metiera, sin poder nuestro guardameta evitarlo, dado que se había adelantado para ayudar a empatar el juego.

Desde ese momento, colgué los guayos en el profesionalismo. Ahora, mis amigos del barrio me permiten jugar futbolito, con la condición de que jamás vuelva a patear un tiro penal.

 

OUTSIDE

A la vetusta y polvorienta oficina de correos llegó aquel domingo un telegrama desde el país vecino, en el que informaban que el equipo de futbol de Puerto Perla había ganado a su similar. El telegrafista que era muy distraído y cometía muchos errores de ortografía por no haber aprendido el código Morse, transcribió que el seleccionado porteño había ganado con gol de Otcides, y de esa manera informó a toda la comunidad que esperaba de manera ansiosa el resultado del partido. Todos en el puerto se alegraron, pero quedó la duda sobre el autor del gol. Los moralistas dijeron que el triunfo no comulgaba con las reglas del Fair Play porque el mensaje quería decir Outsides, pero, algunos pragmáticos manifestaron que triunfo era triunfo, así se hubiese obtenido con fuera de lugar. Las expectativas por saber quién había anotado el gol del gane se despejaron al otro día por la tarde, cuando arribó la canoa que trajo por mar a los deportistas, quienes al desembarcar en el muelle gritaron: “Viva Alcides nuestro goleador”. Una vez más, la ortografía le había jugado una mala pasada al telegrafista.

 

DESBORDE POR LA PUNTA

No había cumplido los dieciocho años cuando quiso ser futbolista para dejar el vicio del billar.

Con el dinero ganado como “turro” en el muelle, compró el uniforme y los guayos para jugar en el equipo “Rompemallas”, en donde practicaban los mejores futbolistas del puerto. En el primer entrenamiento, se puso el uniforme pero no calzó los guayos. Decidió jugar a pie limpio. En la primera pelota que le pasaron por la punta derecha, Pedro Pablo voló como un alcatraz sin mirar al suelo, con tan mala fortuna que había en la cancha una piedra oculta en la gramilla, y al rozarla le abrió tres dedos…

Al ver la sangre que emanaba del pie, todos acudieron a auxiliarlo. Pedro Pablo, con la frescura del caso, los tranquilizó con la perla literaria: “muchachos, que tal que me hubiese puesto los guayos…se habían desbocado”.

 

EMPATE

El árbitro dio el pitazo inicial y se acabó el partido. Todos los espectadores quedaron asombrados por esa decisión. Era la primera vez que sucedía un fenómeno arbitral de esa naturaleza, pero nada se podía hacer. Iván, el dueño del balón, que no fue alineado en la titular, había ido hasta el centro de la cancha, tomó la esférica, le metió sendas cuchilladas hasta desinflarla, se las devolvió, y dijo: “jueguen su jugado”.

 

GOL OLÍMPICO

El arquero rival era tan gordo que ni el viento penetraba en su portería. Estábamos desesperados por abrir el marcador, el reloj corría, hasta que llegó ese bendito tiro de esquina a nuestro favor. Lo disparé de chanfle, con tan mala fortuna que fue preciso al pecho del arquero.

Pero los dioses estaban con nosotros. El obeso cancerbero resbaló en una cáscara de banano que habían tirado desde la tribuna sur, metiéndose dentro del arco con toda su humanidad y sin soltar el balón. El árbitro no dudó en pitar el gol y señalar hacia el centro de la cancha, a pesar de los reclamos de los adversarios por la inoportuna cáscara que les hizo perder el partido.