Manual para vivir en Pereira

n Diego Firmiano

“En Pereira todos somos forasteros, nadie es pereirano”. (Hernán Mallama Roux)

Pereira es una ciudad como cualquier otra. Está llena de gente, cemento, palomas, dinero, vicios, electricidad, y millares de artilugios más que hacen de este un espacio útil para vivir. Acá no se ven vacas pastear, ni cerdos husmear en algún pantano. Si eso sucediera, las personas no se pondrían corbata si no botas y andarían con una gorra y un palito por un sendero (¿por el Alto del Nudo, quizá?).  Los pollos en esta gran ciudad no caminan, dan vueltas. ¿no me creen? Pues solo es pasar por los asaderos reconocidos donde el pollo se sirve apanado, asado, o en sopa. Este no es un buen lugar para los plumíferos o cuadrúpedos. Acá nadie puede vestirse de gallina para ir a un safari.

Es Pereira una ciudad de peculiaridades. Como la de aquel grupo religioso que desistió de hacer una reunión evangélica en el parque de Bolívar por la desfachatez del Libertador; o el reconocido escritor nacional que vino a un evento literario y se perdió entre los brazos de las mujeres bonitas y las brumas de las noches de enero. Esto es un hecho confirmado. Aunque existen dudas, como por ejemplo, si tal narrador fue seducido por alguna mujer, o por la ciudad, o disfrutó de toda aquella bohemia otunense con la intención de escribir un relato oscuro que luego publicaron en una revista famosa de Bogotá.

En fin, peculiaridades como digo.

Aunque para vivir acá hay que observar no solo detalles: hay que leer el periódico para saber que no es Pereira, para conocer lo que no somos. No somos violencia. Eso se da en todas partes. No somos prostitución. Eso es más universal que la democracia. No somos la cuna de la música guasca, acá la gente toma para ahogar las penas, pero, como decía mi abuelo Anibal, estas saben nadar. Nadie asfixia una traición, ni le tuerce el cuello a un desamor. Las personas existen, solo eso, y esto de por sí ya es un dolor genuino.

El pereirano, como dijo el poeta Gustavo Acosta, es mirón por naturaleza, es fisgón, para no usar una palabra en desuso: es reparador. Acá se observa de arriba abajo a las personas. Es más, si uno sube al último piso de un edificio como Torre Central, o el Diario del Otún, puede ver la gente en la perspectiva de arriba abajo. Un simple mirar cómo ese paquete tibio se mueve igual que un hormiguero alborotado, sin rey y sin colonia.

Un remolino de giros, una caravana de ropas coloridas. Personas con penas y desdichas, que van hacia algún lugar, como buscando algo, un no sé qué, un no sé dónde. Y eso pasa a menudo. Especialmente al caminar por la calle de la Fundación y ver esas placas conmemorativas del centenario de Pereira. Uno se pierde en esa historia local, si es que esta puede interesar después de la tecnología y las redes sociales. Cambio de gustos normales adquiridos pasado el milenio. Aunque eso es mucho. Porque al mirar atrás a uno puede caerle algo encima, convertirse en una estatua de sal,  o trastornar la ciudad.

¿A qué me refiero con esto último? pues a las dos damas que desafiaron la ley del caos cuando dejaron caer un artilugio al frente de la Lucerna ¿Les conté? ¿No? Bueno, pues resumiré.  Dos mujeres, una joven y una adulta caminan por la ancha calle del Alcides Arévalo y dejan caer algo que parece un labial. Un hombre corre a tomar el artefacto y se da cuenta que es un lubricante anal. Levanta la vista y duda al pensar a cuál de ellas pertenece el accesorio.  Cavila. Luego lo entrega a la mujer adulta, que sin ruborizarse agrega: “gracias joven, me ha salvado el año, lo necesito para esta noche.”

Así es la ciudad. Una trama de complejidades y curiosidades que llevan que el despistado necesite un manual para vivir en este lugar.  O que lo diga Jennifer, la muchacha en la biblioteca municipal que discutía por teléfono con alguien:

―Usted debe pagarme ese dinero o le mando los de la moto.

Por supuesto, “los de la moto” es un chiste trillado, un cacho de telenovela. Luego cuelga el celular con tranquilidad y sigue leyendo un libro de Pablo Coelho. Nimiedades que suceden como para escribir un relato. Eso pasa acá. Hay ciudad para rato. Todo depende de la mirada. Todo está allí, en la retina de los mirones que detalló el poeta Gustavo Acosta. Es decir, de los pereiranos.

Sin embargo, hay que salir de lo común, y afirmar, que Pereira, una ciudad que poco a poco emerge del mercantilismo a la vida lectora. Este panorama es alentador porque nos indica un camino al cual le debemos una promesa literaria. ¿Hay intelectuales en la ciudad? Sí, por supuesto que los hay.  Pero hay que responder otras preguntas ¿quiénes son ellos?, ¿son personas que acumulan saber? ¿ciudadanos con extensas bibliotecas en griego y latín?, ¿profesores, magistrados, o abogados jubilados? ¿políticos? ¿autodidactos? indagando sobre esto daremos con un buen destino.

Aclaro, dije destino, no desatino, y esto porque recuerdo que un reconocido pensador se me acercó en la Plaza de Bolívar afirmando que la clave del enigma del gato de Schrödinger se resuelve contándole los pelos a un espécimen de techo. No me lo creí. Otro en un café me interpeló alegando que el dilema de si primero fue el huevo o la gallina se resuelve según el hambre que se tenga. ¡Bah! Es mejor dejar el asunto ahí sino quiero salir golpeado con algún argumento contundente. Pero que los tenemos, los tenemos (y uso esta frase en vez de: “de que los hay, los hay” porque esta se le atribuye a los brujos).

Por el momento solo agregaré que estos asuntos no son fáciles porque esta ciudad aún es un lugar en construcción, y como tal, la historia también se enmarca en ese lento progreso. Solo podríamos, a lo sumo, hacer una arqueología del saber literario contando en retroceso desde el año 1967, y hablar de la ciudad partiendo de sus elementos mas representativos: esculturas, personajes, lugares, etcétera. En esa tarea estamos. Con todo, leemos, charlamos; comemos helado de la Lucerna; chorizo del parque el Lago; compramos ropa en el Éxito; somos fanáticos del “Todo a mil.”; cerveciamos en el Pavo; y leemos novelas y ensayos risaraldenses.

Me retiro lentamente y en puntillas afirmando que en mi ciudad se necesita un manual para vivir, pues la verdad es que uno mismo se pierde en el mapa que tiene dentro del propio cráneo. Para la muestra de un botón, este texto.

(Texto y fotos tomados de https://diegofirmiano.wordpress.com/2019/06/15/manual-para-vivir-en-pereira/)