Los consejos del abuelo

Gonzalo Hugo Vallejo Arcila

Vivimos en un mundo sórdido y extraño. Algunas cosas son las mismas de siempre, es verdad, pero otras han cambiado y son hoy muy diferentes. Venimos de un tiempo donde la confianza era la norma y no la excepción; los tratos más importantes se concretaban en un apretón de manos y la palabra empeñada era la ley. Muchos tenían como única referencia de límites entre las propiedades (mojones), líneas de piedras que se habían acordado desde la época de los abuelos. ¿A quién se le hubiera ocurrido tocar una sola piedra del lindero? Nadie desconfiaba de la cuenta del “fiado” que llevaba el tendero…

 

Pero, a su vez, ningún tendero dudaba de que, a fin de mes, cuando llegara la mesada o el sueldo, se cancelaría la cuenta que estaba apuntada en su libreta raída. Muchos policías eran serviciales y amables y hacían gala de su lema: “Libertad y orden”.  Los médicos tenían un buen tiempo para su paciente y todos los políticos estaban consagrados a la tarea de servir a la comunidad… “Era fácil confiar en esa época”, comentaba un lugareño. Confiar en los demás se convertía en un imperativo categórico y esa confianza provenía de esa fe puesta en nosotros mismos, quizás hija de la madurez y la experiencia.

 

Esta es una sociedad fundamentada en sus relaciones de poder. Lo único que importa es lo que tú quieres. De esa manera, el otro no existe. Si el otro hace lo que siente que debe hacer, lo consideramos un rebelde que debe ser sofocado. Crecimos pensando que los demás debían satisfacer nuestras necesidades y cuando comprobamos que no era así, entramos en pánico porque siempre creímos que los demás habían nacido en el deber ser. Al final del camino, después de un estéril sufrimiento, comprendimos que para descubrir que todos somos uno, debíamos aprender a reconocer y a respetar nuestras diferencias.

 

Por estos días queremos volver “la mirada que escucha” sobre la herencia sapiencial y telúrica de nuestros abuelos plasmada en expresiones alegóricas que sintetizan el gravoso trajín, el duro bregar de nuestra condición humana. Aquí están, esquivas y extrañas, claras y duras, breves y eternas, las palabras sabias de nuestros abuelos que forman parte de ese bello patrimonio lingüístico que se muere en los hospicios o en algún rincón apartado de nuestras casas, más cercanos a la muerte y al olvido que al amor y la ternura. Hablamos del abuelo ese ser que es “viejo por fuera y joven por dentro”, según Joy Hargrove.

 

Muchos de nuestros abuelos, esos viejos taciturnos y confundidos para algunos, nacieron antes de que surgiera la televisión, el aire acondicionado, la comida chatarra, los hipermercados, los desfiles de pasarela y las tarjetas de crédito. Creían que la comida rápida era lo que la gente comía cuando estaba apurada. Sus vidas estaban gobernadas por el buen juicio y el sentido común, el menos común de todos. Si en algún artefacto decía “Made in Japan (China)” se lo consideraba una porquería. No se hablaba de Pizza Hut, Mc Donald´s, KFC, Burger o un Starbucks como determinantes en nuestros hábitos de vida.

 

“Nadie puede hacer por los niños lo que hacen los abuelos: salpican una especie de polvo de estrellas sobre sus vidas”, dice Alex Haley, un escritor norteamericano. “Yo no sé quién fe mi abuelo, pero me importa saber más que soy su nieto”, se le escuchó decir cierta vez a Abraham Lincoln. Un abuelo navajo le decía a su nieto: “Comparte todas tus historias, así como lo hago yo contigo. Esto embellece a la madre tierra, en especial cuando vienen de diferentes voces… Es malo que todas las historias se conviertan en una, porque ya no habrá más esos relatos que son parte esencial de nuestro existir…  Ya no habrá más vida”.

 

Este es un bello recuerdo de Indira Gandhi: “Un día mi abuelo me dijo que hay dos tipos de personas: la que trabajan, y las que buscan el mérito. Me dijo que tratara de estar en el primer grupo: hay menos competencia ahí”. Parafraseando a Shakespeare diríamos que un abuelo es un niño dos veces. Alguien dijo cierta vez que las abuelas son madres con un montón de cobertura dulce y que sostienen nuestras manos por un rato, pero nuestros corazones para siempre. Dijo, además, que los nietos son la recompensa de Dios por haber llegado a viejos. “El amor perfecto a veces no viene hasta el primer nieto” reza el aforismo.

 

La adultez mayor debe ser consideraba como un acontecimiento en nuestra vida personal y social, una alternativa de vida llena de gozo y esperanza, un escenario lleno de actuaciones y posibilidades donde se teje la compleja trama de la existencia, se disfrutan y enfrentan las contingencias del diario vivir desde esa serena postura que brinda la sabiduría y la experiencia. Cierta vez escuchamos las rimas sueltas de alguien: “Si alguien trata al abuelo como viejo decrépito y un anciano inservible, dile que dirija su mirada hacia su corazón… Se sorprenderá al verlo libre de canas, sin una arruga y con más de una ilusión”.

 

Hay momentos en los que podemos sentir “con los alvéolos del espíritu llenos”, que somos hombres y mujeres hechos y derechos gracias a esa memoria colectiva y ancestral que guarda las voces de nuestros abuelos (“Somos nuestra memoria”, se llama el libro de Emilio García G.). Cada generación, por norma consuetudinaria, acostumbra poner en tela de juicio las verdades de sus padres, protagoniza un acto de rebeldía y llega a complotar contra ellos, pero medrosa y pusilánime, termina siempre guarecida bajo el abrazo protector del abuelo… Alguien sostenía que los padres no debían tener hijos sino nietos.

 

Cuantas veces los vimos apoyados en las chambranas o sentados en las sillas mecedoras de la casa solariega. Muchos, reunidos en la cocina, al calor del fogón y después de la faena cotidiana, nos aprestábamos a escuchar los sabios consejos de nuestros abuelos. Ellos orientaban el trasegar de nuestros días con su porte sereno, su mirada cetrina y sus palabras hechas de tierra labrantía. Conocimos y degustamos a través de ellos ese manjar ético hecho a base de frutos telúricos que produce la sabiduría montañera y centenaria. No entendemos realmente algo hasta que ha sido explicado por el abuelo, reza un proverbio galés.

 

Es grato recorrer el imaginario ético y pedagógico todavía vivo en las fincas y veredas de nuestras ecorregiones: Carbón que ha sido brasa con poca chispa se prende… Después de pájaro ido, para qué rebujar el nido… Qué culpa tiene el afrecho si está roto el cedazo… A gallo cantor no lo reemplaza ningún ruiseñor… Perro velón come de lo que hay en el zurrón… A trapiche viejo, cañita tierna… Mula parada no gana flete…Es mejor arriar que atajar… Capacho no es mazorca… El que habla siembra, el que escucha recoge… Una gota de miel caza más moscas que un galón de hiel… La miel no se hizo para los asnos.

 

El tratamiento de las diferencias generacionales en medio del respeto y la tolerancia, ha de ser un imperativo de todos los tiempos. No podemos desconocer el enfoque problémico y la complejidad de las relaciones generacionales en el marco dinámico de una comunidad de hombres y mujeres que no sólo se expresan al interior de la familia, sino también en el amplio espectro de la sociedad. Debemos indagar en torno a las particularidades de ese enfoque complejo: la responsabilidad, por ejemplo, de la sociedad en la pedagogía dialógica e intergeneracional y las tendencias de cambio que todo ello trae consigo.

 

A través de los abuelos aprendimos a valorar la adultez mayor; a considerarla todo un acontecimiento en nuestra vida personal, social y familiar; a verla como una alternativa de vida llena de esperanza, sapiencia y felicidad; observarla como todo un escenario lleno de dilemas, toma de decisiones y actuaciones donde se teje, día a día, la compleja trama y urdimbre de nuestra existencia y se disfruta el hecho singular de enfrentar ese sinnúmero de contingencias y desafíos cotidianos que brinda una sana y franca postura ante el mundo, toda una vida llena de sabiduría y experencialidad.

 

“El que desprecia lo útil, carece de lo necesario… Bienaventurados los mansos porque los castran parados… Sólo el que viene de afuera sabe a qué huele el enfermo… Unos se visten de santos para que los demás los recen… Sólo quien está en el trapiche sabe la caña que muele… El que menos corre, vuela y el que no, se va gateando… Al que no sabe de ganado, hasta la boñiga lo embiste… Cuando el pobre saca su cobija al sol, ese día llueve… Al que nació pa´ tamal del cielo le caen las hojas… El que espera desespera y esperando se queda… Unos visten el altar para que otros digan la misa… Maña vieja no es resabio.