Las políticas culturales, deseos ciudadanos

Lisandro López

Enfrentarse a la pregunta por el diseño y la puesta en marcha de políticas culturales, en un territorio diverso y complejo, desigual y sobre todo desequilibrado, en el caso de Pereira, implica revisar la consistencia de los circuitos culturales activos y la forma como los diversos actores comprendemos nuestro qué hacer dentro de las dinámicas culturales de la ciudad. Una de las problemáticas más complejas que afrontan las ciudades intermedias, en relación con las dinámicas culturales ,es la del mantenimiento de los circuitos culturales existentes, la revitalización de aquellos lugares de tránsito de dinámicas culturales y artística que han caído en desuso o que han sido  opacados con el tiempo, así como la construcción de espacios que posibiliten como mínimo que la creación y la producción, encuentren después de los procesos de difusión y distribución, canales asertivos para el consumo por parte de audiencias y públicos.

 

Decir, como mínimo, tiene una implicación seria, porque nada en políticas culturales debería tratarse de audiencias o públicos, como si fuéramos medios de comunicación tradicionales que desaparecemos los sujetos y los convertimos en números. No podemos hablar de derechos culturales y responder que son para nuestros “públicos”, porque cuando hablamos de derechos, estamos obligados a hablar de ciudadanos.

 

Tradicionalmente los circuitos culturales han sido trabajados a partir de cuatro ejes: creación, producción, difusión/distribución y consumo. Sin embargo, esta perspectiva acota el campo de lo cultural y no permite visualizar el reconocimiento, la apropiación y la transformación que estructuran dinámicas culturales en la construcción de ciudad y ciudadanía. Desde la creación hasta la puesta en común de la dinámica artística, independiente de cómo esté objetualizada, es necesario colocar en el centro del circuito cultural a los ciudadanos; ciudadanos que crean,  gestan,  promueven,  comunican, y que se transforman.

 

Hay que darle una vuelta al proceso, si la responsabilidad de las políticas culturales es garantizar los derechos que son propios: memorias, identidades, diferencias, comunicación, etc., entonces su eje no son las expresiones artísticas, ni la conservación del pasado ni el mantenimiento de infraestructuras o la ampliación de la capacidad instalada, son parte de la tarea, pero lo son porque sin ellas es imposible garantizar el ejercicio de los derechos culturales por parte de los ciudadanos.

 

La mayoría de los promotores y gestores, aluden permanentemente a la falta de recursos y consideran que el dinero es el eje central de esos recursos. No es que no sea importante, pero cada proyecto tiene una serie de recursos distintos al dinero:simbólicos,estéticos,territoriales,comunitarios,infraestructura,técnicos,comunicativos,que son los que  verdaderamente le aportan valor a las dinámicas culturales. Dentro de tales recursos, el más importante es la creatividad y parece que lo olvidamos, iteramos una y otra vez, eventos, miradas del pasado, artes que más que bellas están apagadas y queremos   en la reiteración conseguir que la ciudad se transforme.

 

Es tiempo de plantearnos asuntos serios alrededor de este tema, ya lo decía Einstein: no podemos seguir haciendo las mismas cosas y esperar resultados diferentes. Si el promotor es el experto en el territorio y la comunidad, y el gestor es el que genera mediaciones para construir mecanismos que permitan mejorar la vida de las comunidades, por qué seguimos hablando de cultura y tiempo de ocio. Hay que cambiar la idea de que la cultura pasa cuando no hay nada que hacer, que somos un accesorio o un relleno no sólo dentro de las dinámicas gubernamentales sino también en las ciudadanas.

Construimos, forjamos tiempos creativos y territorios donde la expresividad puede emerger, conectamos artistas (esos seres no iluminados porque no estamos en el siglo XVII, pero si capacitados para estructurar nuevas formas de ver, comprender y expresar la realidad), con ciudadanos a quienes les reconocemos su creatividad pero que no la han conocido.

 

La forma idónea de ir estructurando circuitos culturales democráticos y productivos, implica que trabajemos juntos y que busquemos modelos intermedios. Cuando me refiero a modelos intermedios, hablo de la infraestructura cultural cesante en la ciudad, son varias las casas de cultura enseñando macramé, origami o convertidas en salones de belleza, iterando lo innecesario y desperdiciando territorios y tiempos para la creatividad de los ciudadanos. Por su parte, es tiempo de dejar de pensar en el gobierno como un papá que tiene la obligación de sostener todas las ocurrencias que tengamos, debemos profesionalizarnos con más ahinco,buscar y conseguir vinculación con marcas y entidades privadas en nuestros proyectos, garantizando la integridad de nuestras ideas.

 

No podemos estar en pleno siglo XXI pensando que el dinero para el desarrollo cultural y artístico debe correr por cuanta de los gobiernos. Pero también tenemos que ser exigentes con la institucionalidad vigente de la cultura, en términos de sus políticas, orientaciones, el cumplimiento de la Ley de Cultura, la transparencia en el gasto público y la consecución de resultados.

 

Finalmente, no hay circuito cultural sin intercambio económico o simbólico, se requieren los dos para que funcione y todos los actores somos responsables no sólo de su funcionamiento sino de la vitalidad con que se estructuran en los territorios. Por ello, diría  que dejemos de pensar en la procuración de fondos o las donaciones, podemos y ya hay suficientes casos en la ciudad, de jóvenes menores de 30 años generando circuitos emergentes; se trata de construir una economía solidaria articulada entre el bienestar de los habitantes de la ciudad, los promotores y los gestores, los sectores públicos, social y privado para mejorar  no sólo las condiciones de los sectores artísticos y culturales, sino transformar las formas de narrarnos, de habitar, de expresar, desear y estar, de constituirnos y estructurarnos como ciudadanos.