La pandemia en retrospectiva

Germán Ocampo Correa*

Cuando era niño solíamos jugar en la escuela una versión del conocido juego de la “lleva”, al que llamábamos la “Chucha ciega”, consistía en que un participante lo iniciaba intentando pegársela a otro, luego esta pareja perseguían a otros y estos a su vez la replicaban en aquellos a los que pudiesen alcanzar. Lo cierto del caso es que al final el juego se convertía en una carrera permanente porque uno no sabía quién la tenía y los más listos optaban por colocar distancia lo más lejos posible de los demás. Al final se paraba el juego y se declaraban ganadores a los que no habían sido tocados por sus compañeros, otra variante consistía en que se declaraban vencedores a quienes habían logrado contagiar al mayor número posible de los participantes en el juego, generalmente los más veloces.

Entre el juego de mi niñez y la actual pandemia existen claras y notorias similitudes, aunque esta vez no es un divertimento sino una realidad escalofriante que tiene unas connotaciones dramáticas diferentes como el caso de una cuarentena obligada por las autoridades con el fin de contener la epidemia, esto es bueno porque se coloca un dique de contención procurando que los infectados sean el menor número posible de personas. Uno esperaría que casi al final de la cuarentena las autoridades hubiesen ya dispuesto medidas que permitieran asegurar que hay procedimientos finamente planificados para contenerla o al menos hacerla menos grave, como el equipamiento de los centros hospitalarios dotados con suficientes protocolos para tratar la enfermedad, comenzando por la toma de muestras en pacientes que presenten síntomas alarmantes. Dotación para el personal médico que atenderá a los enfermos, donde se incluyan implementos que vayan desde su protección personal hasta el reciclamiento y tratamiento adecuado de los desechos contaminados y un protocolo eficiente sobre cómo tratar cada caso y a dónde remitirlo.

Uno pensaría que se establecería un protocolo para el tratamiento de pacientes que presenten síntomas y puedan ser atendidos desde las casas con normas de bioseguridad claramente definidas y requeridas para cada caso y la visita permanente de personal médico que realice seguimientos a la evolución de la enfermedad, proporcionando a las familias del contaminado confinado, información clara y precisa sobre la forma de atender y aislar al enfermo durante esos primeros días en las cuales se manifiesta la mortal enfermedad, procurando en lo posible que el caso no se convierta en un vector de contagio para los demás miembros del grupo familiar y vecinos, luego que dado el avance de la enfermedad, en caso de requerirlo, pueda ser recluido en un centro de salud donde existen medios más avanzados, especialmente respiradores para atenderlos.

Uno en medio de su credulidad, pensaría que las autoridades han avanzado en todos estos temas y que conociendo los desastres que la pandemia ha ocasionados en otros países, donde el sistema de salud no es tan frágil como el nuestro, aquí se estuviese aprovechando esa experiencia terrible que han sufrido otros para no replicarla en nuestra sociedad. Los ciudadanos del común creemos que durante todo este lapso de tiempo se han planificado muchas estrategias para contener la pandemia, como también estamos convencidos, algunos, que no resultará una cura milagrosa de la noche a la mañana que ponga fin al desastre más grande que ha padecido la humanidad durante los últimos años y de resultar, estamos seguros que nuestro país no será uno de los primeros en ser inundado por la “cura”, seguramente primaran los intereses de los países desarrollados, aquellos donde tienen laboratorios especializados y muy avanzados para replicar las vacunas, sin contar con los beneficios económicos que seguramente exigirán a los países menos desarrollados para entregar la cura.

Uno se imagina que en este momento todos los hospitales del país ya disponen de materiales suficientes para realizar las pruebas lo más rápido posible y poder aislar a los pacientes cuando el análisis que verifique la presencia del virus sea positivo. Pero sabemos que eso no ha ocurrido ni va a pasar, por decir algo en un municipio pequeño que apenas cuenta con nueve mil habitantes, como el mío, desde el momento en que estalló esta crisis solo se han aplicado dos pruebas, las cuales afortunadamente salieron negativas.

Pero ahora que se termina la cuarentena y donde el gobierno ha decidido que cada quien es responsable, así denomine esta nueva etapa con los nombres más rimbombantes y eufemísticamente posible “cuarentena inteligente”, no pasará de ser lo mismo, al final la realidad termina venciendo la ficción y está claro que las únicas herramientas seguras con las que contamos es la conservación de algunas normas mínimas que hemos aprendido a fuerza de repetirlas como estribillos de una canción sobre el lavado de manos, el alejamiento social, la distancia con los demás, los no contactos físicos y otras perlas que indudablemente señalan un norte inseguro a lo que va a pasar después del 27 de abril, según el día cero que han decretado las autoridades y en el cual cada quien decidirá si quiere ser responsable o no. Hasta ahora, muchas cosas que se hubiesen podido implementar no se han hecho, pese a que en reiteradas ocasiones se han propuesto, por ejemplo en los supermercados, entidades bancarias, servicios obligatorios y sitios de pago, han laborado con horarios restringidos, cuando lo normal para esta circunstancia totalmente anormal, hubiese sido que cada una de esas empresas hubiese extendido los horarios, incluso días festivos con el fin de evitar aglomeraciones, esta sola política ha demostrado su ineficacia porque la realidad ha demostrado que la gente acude en masa para aprovechar y realizar sus diligencias en los recortados horarios establecidos y permitidos.

Otro ejemplo que se me ocurre así de rapidez, es que la policía encargada de los retenes a la salida y entrada de ciudades y centros poblados, con la medida del “pico y cédula”, en otras la del “pico por género” y otros engendros que seguramente resultarán en el camino, que actúan como controles, no dudan en pedir la cédula de los ciudadanos que se desplazan para suplir alguna necesidad, para ello toman el documento de identidad y lo confrontan para darse cuenta si le corresponde efectivamente. Yo me pregunto, cuántas cédulas revisan al día y si de estas una está contaminada, ellos se convierten en vectores transmisores de primer orden, por qué no mirar el documento en manos de su portador y verificar lo correspondiente sin necesidad de tomarlo. Hice esta sugerencia, de la manera más educada y diplomática posible y por poco casi me hago acreedor a un comparendo.

Tengo muchas dudas sobre la manera como la decisión de terminar la cuarentena va a incidir en el futuro. Primero, no hay nada preparado ni veo medidas prácticas que nos permitan tener alguna certidumbre para evitar que la pandemia no se desborde hasta límites insospechados, como ya ocurrió donde no se le prestó la atención requerida desde el principio y ya conocemos de sus devastadores efectos. Hasta ahora lo único que hemos hecho es contenerla con medidas que medianamente han funcionado. Pero qué sucederá cuando se le entregue esta responsabilidad al ciudadano del común. Cuando se permita que las empresas llamen de nuevo a sus trabajadores para laborar, buscando incentivar la economía. También es verdad que contener por más tiempo a la gente encerrada en sus casas cuyo sustento depende de sus manos y en la mayoría de los casos de la economía informal, es una verdadera bomba a punto de estallar.

Pero hay necesidad que se tomen medidas por parte del Estado, por ejemplo que se regule y determine qué empresas van a laborar y estas permitan que sus empleados lleven siempre el carné a la vista de las autoridades que van a controlar. Es perentorio que los centros de salud abran nuevamente sus puertas, priorizando casos excepcionales, para tratar a pacientes que tienen afecciones que requieren de tratamiento inmediato, sin excusarse para negar citas y procedimientos en el estado “excepcional” actual, porque también es cierto que durante la cuarentena lo único que han hecho es posponer, en el caso de estos pacientes si no los mata la pandemia lo hace la enfermedad que soportan y aplaza la medicina especializada. Y como es obvio y natural continuar con las recomendaciones que han dado resultado hasta ahora como el distanciamiento y aislamiento social, las buenas normas de higiene y prevención.

Todo debe obedecer a un proceso cíclico y planificado desde toda perspectiva anteponiendo primero la vida y bienestar de los ciudadanos antes que otros intereses, aunque tengo serias dudas y no es para menos que con actos tan irresponsables como el de trasladar internos de la cárcel de Villavicencio donde se evidenció un foco de la enfermedad, al centro de reclusión de la Picota, donde no se había registrado, uno no entiende con qué mentalidad se toman este tipo de decisiones en tiempos de extrema calamidad, excepto que hayan intereses más oscuros de los que ni siquiera me atrevo a elucubrar.

Seguiremos entonces con el juego de la “Chucha Ciega”, es una pandemia que tarde que temprano llegará a su pico, a la que será prácticamente imposible evadirnos más, pero sería muy prudente proponer que antes del inevitable final del juego macabro, hagamos un alto y planifiquemos para que las medidas de contención efectivamente funcionen, para que no se colapse el sistema de salud, porque es claro que también una pregunta tiene que surgir del ciudadano del común y es la siguiente: ¿realmente en todos los municipios y ciudades de Colombia ya están identificados, organizados y dotados los sitios a donde vamos a trasladar a las personas que resulten contaminadas mortalmente con el virus?.